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Así me entreno a veces...

Cuando no llega el impulso creativo, pero crecen las ganas como hormigas interiores, y hay comezón poética, suelo hacer un ejercicio de ritmo dejándome llevar por la música interior y escribo cosas como ésta:   No lúmela solga, no alún ni merova siquiera, no glame duloso que adile la bluga, no dier, no mesila, no culna moleva.   Si murna la prona se aluma el moebo como las galunas, como el mul deteso, como ruma ampala, como siel ureno.   No culna moleva, que el sico fereno mestiba la humna y ayema el poemo.   Sé fiume acosalo, sé fiume y tusedo que lo fiume ausda…   Ausda en doleno.   … Y me quedo con ese ritmo enganchado en la cabeza hasta que, sin más, todo se torne lúcido y acabe apareciendo algo con sentido, con ritmo y con indicio. Entonces todo fluye.   Pues eso, que así me entreno.  
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Carrera literaria

Hace un montón de años me empeñé en hacer carrera literaria, como si eso fuera como pronunciarlo con la boca llena, y aprendí enseguida que esa carrera se hace más por el ‘favor’ que por el ‘valor’, y ya sabéis cómo funciona la cadena de favores, destruyendo la autenticidad y malogrando lo que puedas tener de bueno en tu interior. Pasé aquello como un prurito o una suerte de acné juvenil raro y volví a mi ser yo, un hombre normal en un espacio bellísimo preñadito de seres anodinos. Entonces escribí de verdad, no de lo que molaba, sino de lo que me molaba, sin pensar en editores, ni en premios, ni en críticos, sin pensar en agradar a una o a otra cuadra literaria. ¡Joder!, dejé de existir para el poperío y pasé a ser un lemur raro y endémico de esta Bijarra alejada de cualquier sitio. Eso sí, veía a mis amigos literarios/tos/les subir escalafones a base de humillar en su escritura, intercambiando cromos en saraos culturales y mendigando palabras impresas con esas caritas de ‘lonecesitom

Pajarito

  Pajarito tocaba las castañuelas como los ángeles en aquella corrobla trujillana llena de señoritos mientras corría la comida y la bebida por las mesas. No puedo negar que se estaba bien entre aquella gente y en aquel ambiente, pero afuera eran legión los niños intentado vender cualquier cosita pequeña para sacar unos soles que sumar a los escuálidos ingresos familiares, las caseritas sentadas en las aceras con cestitas de verduras, los que pedían directamente con la mano extendida y la mirada perdida en el infinito. En aquella corrobla trujillana, Pajarito era el bufón, un bufón al que le servían comida y bebida sin parar y al que de vez en cuando le caían unos soles al finalizar sus hermosos castañeteos. Confieso que me sentí mal pensando en el papel de Pajarito, pero ya el calle me di cuenta de que era un privilegiado, porque cada día hacía lo que le gustaba, que no era otra cosa que tocar canciones con sus castañuelas, y a cambio recibía comida, bebida y algunas monedas. Ya quisie

La camarera de Gorfan y el chagga

La camarera del hoteli de Gorfan era etíope y no tenía nada que ver con el chagga del hoteli de Mangola Chini. Era de una belleza extraordinaria y llevaba su negocio con alegría y dedicación, atendiendo a los clientes con tal agrado, que era difícil encontrar mesa a cualquier hora del día. El chagga, por el contrario, era ladino. Ablandaba la voz y el gesto ante los clientes y trataba a voces y con dureza a sus empleados, todo al mismo tiempo. Paseando por los alrededores del lago Eyasi no hacía más que darle vueltas a esas dos actitudes tan diferentes en unos negocios primarios del tercer mundo. El de la camarera de Gorfan era una cabañita de cañas con multitud de mesas rudas y taburetes hechos a mano sin detalle alguno delante de una cocina de leña con estantes llenos de alimentos bien ordenados, y el del chagga era un mostrador viejo, atorado de productos alimenticios rodeados de moscas y un corralón enorme de palos donde los empleados apilaban cajas, botellas, telas y basura sin un

Diez meses sin mi madre

Hoy hace ya diez meses que me falta mi madre y aún no soy capaz de armar el olvido del final para quedarme con el recuerdo dulce y limpio en mi memoria. Lo somatizo en dolores pequeños y múltiples, en sueños cabrones de vez en cuando y en una tremenda sensación de no haber hecho lo correcto, que no hubiera sido otra cosa que ahorrarle los siete meses últimos de sufrimiento constante y acabamiento, de no haber decidido quitarle aquella vida que ya no era vida (¿cobardía quizás?, ¿peso moral?, ¿miedo?… No lo sé). En los últimos días llegué a dejarla durante una hora sin el apoyo del oxígeno que la mantenía viva mientras agrarraba firmemente su mano, pero ella persistió en seguir respirando y yo me ofusqué mientras le hablaba dulcemente a sabiendas de que solo hablaba conmigo mismo. Hoy la sigo echando de menos mientras busco su sonrisa eterna, su constante positividad ante todo y su amor incondicional; sigo recordando aquel ‘canalla’ tan hermoso que me llamó un día cuando, mientras la l

¡Despertad!

Ayer, mientras veía un documental de Greenpace sobre la Antártida, una de las personas que participaban, refiriéndose a una alta reunión de ministros de los países del primer mundo, dijo algo así como: ‘…mientras hablaron de cambio climático y de la necesidad de hacer algo, parecía que todos estaban de acuerdo, hasta que se hizo un silencio y comenzó la política. Entonces el acuerdo se rompió sin más, sin explicaciones de cada voto negativo’. ‘Hasta que comenzó la política…’. Y es que padecemos una casta de políticos infames a nivel global que está sostenida por las grandes compañías, por la banca, por las farmacéuticas, por los sátrapas del petróleo y la pesca a gran escala… Los votamos en un acto de pretendida democracia y jamás sirven a los intereses generales, que siempre debieran ser intereses humanistas, pues tan solo lo hacen en favor de quienes mueven los hilos económicos mientras ‘descartan’ a más de medio mundo y explotan al otro medio. Me parece insultante su desprecio a la

Soy un hedonista feliz

Cada día soy más de la fórmula hedonista de moral que enunció Nicolás de Chamfort y que reza: “Goza y haz gozar, sin hacer daño ni a ti ni a nadie, he aquí toda moral”, y lo soy porque cada día entiendo menos el ‘sacrificio’ personal anudado a los perfiles de sufrimiento, eso del ‘sufro para salvar’ me parece un absurdo propio de quienes pretenden confirmarse –afirmarse– como ‘héroes’. Gozar salvando sería mucho más adecuado, pero, claro, si gozas en el proceso de salvación, lo de ‘héroe’ lo llevas bastante complicado, dado que la heroicidad precisa indefectiblemente del sufrimiento para el gozo. La vida nos pone ante el mundo y nos reclama actitud en el paso. Desde este punto, puedes plantearte se un ‘triste’ y armar tus estrategias como tal, llenándolo todo de seriedad y esfuerzo trabajado (sufrido), intentando así ‘ser’ sin gozo del paso o solo con el gozo del posible reconocimiento a futuro. Por otra parte, puedes plantearte gozar de todo lo que se pone ante tus ojos y hacerlo con