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Aún no he llorado

Cuando llegas a cierta edad –mi edad ya me parece incierta–, la relación con la muerte se empieza a hacer infame y hasta vulgar, perdiendo esa calidad mítica que le otorgaba la juventud y tomando un cariz que se acerca más a la carnicería y al supermercado que al sentimiento profundo de lo inexorable.En los últimos meses me han tocado varias muertes cercanas –casí podría decir que muchas, porque han sido muchas– y algunas de ellas capaces de llevarme al sentimiento de lo perplejo –fundamentalmente por la cercanía de edad y por la afinidad vital y cultural–, y entre ellas, la de mi madre, en la que he sido un actor secundario de carácter y a la vez un espectador absorto de una sordidez final que no debiera estar permitida ni por ley ni por moral. Mientras mi madre acababa, yo observaba a mi hermana y a mis hijos, notaba su dolor y admiraba sus lágrimas –lágrimas verdaderas– mientras sentía estupor por mi entereza de ánimo –que a veces confundía con frialdad y sentía remordimiento por e…
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Mi cabezota preciosa

Yo insistía en su oído: ‘Vámonos ya, que es tarde, que ya está todo hecho y te ha quedado bien, que te noto cansada y solo es un instante decir basta’, pero no me hizo caso. Seguía en su pum pum, pum pum, pum pum, como esa cabezota que fue siempre y me ha dejado como estigma o herencia, que aún no lo tengo claro. La besé en lo que alguna vez fueron mofletes y decidí cortar el oxígeno de esa máquina absurda y ruidosísima experta en aplazar lo inaplazable (confieso que temblé por un instante al hacerlo, que me sentí culpable de decidir por ella). Fue algo menos de una hora. Ella y yo solos, sin nadie con capacidad de testificar, pero siguió con más fuerza que antes, con mejor ritmo. Y volví a conectarla a ese pulmón de náufrago. ‘Ya veo que no estás por la labor, mi rebonita’. Y no hizo gesto alguno y siguió en el pum pum de ese “todo corazón” que fue siempre. En el tramo brutal del abandono (que han sido siete días de toma pan y moja) pasaron por su cama caricias y sonrisas, apretones …

Mi precioso juguetito roto

Mi precioso juguetito roto me aprieta un poquito la mano si le digo ‘te quiero’, hace ruiditos con la boca si le hablo de las antiguas historias de familia y gira un poquitito la cabeza si le pongo algunas de las canciones que cantaba en su juventud. Todo con tal levedad, que he tenido que aguzar mi percepción para ir comprendiendo sus respuestas. Yo soy faltón con mi precioso juguetito roto. Le digo picardías al oído y, cada vez que debo molestarle por esa obligación constante de limpieza y sanidad, le soplo en el oído que son mis pequeñas venganzas por aquellas veces que me levantaba de la cama amenazándome con el spray de insecticida, por todas aquellas veces en que me enseñaba con antelación los juguetes de los Reyes Magos y los volvía a esconder –dejándome lleno de ganas– y por tantas otras cosas pequeñitas que gestó para irme educando. Entonces mi precioso juguetito roto intenta articular alguna palabra, pero ya no puede, y yo juego a imaginar lo que quiere decirme. Hace unos di…

Dudo de lo que soy...

Dudo de lo que soy por lo que fui y, por tanto, dudo de lo que es por lo que fue. Hubo un tiempo de higos y castañas en el que todo se arbitró en mí como futuro, donde el luego, el mañana, el pronto, el ya verás…, eran marbete constante y meta, hasta que caí en la cuenta de que el futuro es muerte (bien que lo explicó el profesor García Calvo en múltiples ocasiones –‘el futuro es un vacío que no nos deja vivir’–), una muerte total que siempre ha manipulado el poder con maestría y sin moral alguna –y ahora más–, ingeniándoselas para que lo entendiéramos como bienestar y posibilidad de crecimiento, cuando era –es– siempre trampa, una trampa terrible de la que no puedes salir hasta que desapareces, una trampa en la que la araña pérfida del capital te sorbe todos tus jugos hasta dejarte absolutamente seco. Por eso dudo de lo que soy y de lo que fui, y dudo hasta con emoción intensa de lo que es y de lo que fue. Con el tiempo, ya condenado inexorablemente a esa muerte total y sistémica escri…

Yayo

Mario siempre me llama ‘yayo’ y, cuando lo hace, lo dice como mínimo tres veces seguidas (‘yayo, yayo, yayo’) y yo me deshago y hasta me estremezco. Ser consciente de que, en una mente que se está haciendo, floreces como imagen y hecho, como definición y capacidad, como sujeto activo e identificable, como signo y familia… Ser consciente de que te has conformado como pieza indiscutible en esa cabecita tierna y que, además, te reconoce y te nombra ya no solo por tu presencia, sino por tus cosas (esas cosas cercanas a ti que le han llegado por los sentidos) y es capaz de recordarte en la distancia solo por un color o por un objeto… Es la ostia sin hache. Y en respuesta a esa mente haciéndose, la mía (mi mente) se llena de emociones indescriptibles, de sensaciones de satisfacción, de temor, de amor intensísimo, de gozo completo. Mario ha llegado para quedarse y ocuparlo todo con ansiedad, para enseñarme a diferenciar lo que tiene importancia de la que no la tiene, para descubrime capacidades…

¿Quién propicia la voluntad?

La voluntad te elige y luego te ata en un azar de vida del que puedes sacar partido como hombre. Yo puedo jurar que jamás fui un tipo de voluntad sólida, más al contrario, pierdo aire enseguida con todo lo que hago, pues cualquier proyecto que inicio debe ser breve en el tiempo para que sea posible (un dibujo, dos horas máximo; un poema, no más de media hora). Sin embargo, con el tiempo llegué a encontrar un espacio en el que crecer con voluntad, que no es otro que el de la cooperación, y todo porque está lleno de acicates diarios y distintos que van renovando con una frecuencia óptima las ganas de seguir. También, como incentivo, casi todos los días me miro en el espejo de la gente a la que admiro y quiero. En ellos encuentro alimento constante para mi voluntad. Como ejemplo, uno entre los mil que podría describir, están mis amigos Nacho y Montserrat, constantes siempre en su puesta en valor de los aspectos más positivos de la vida. Implicados con constancia en cualquier causa justa, d…

Os juro que es mucha vida...

– ¿Sesenta y uno, Felipe? – Sí. – Mi padre murió con sesenta.
Pues que no está nada mal llegar a esto para un paria como yo, nacido en el mesofranquismo, educado en el integrismo ultracatólico salesiano y conformado en el resquemor de un abuelo asesinado y de una abuela valiente y decidida a no soportar humillación alguna, ni siquiera las que llegaban por el hambre física. Eso, además de gozar de unos padres modelo hechos a sí mismos desde una nada infinita y siempre con la carga de no poder llegar ni a un uno por ciento de lo que ellos son y fueron. En la vida he sido excesivamente mimado siempre por quienes se acercaron a mí, y debo confesar que me encantan los mimos vengan de donde vengan, pero sé que eso modeló en mí un carácter abierto que siempre dio facilidad al engaño y al abuso (soy fácil para ambos), un carácter que no puedo negar que gusta, pero que a veces me hizo y me hace mucho daño. Durante mucho tiempo fui YO, un YO excesivo e indiscreto, un YO pagado de mí mismo que tan so…