Anoche caminaba agotado hacia mi casa cuando me sorprendió una luna enorme, igual que la que vi en Mangola durante las noches de mi viaje africano. Era de nuevo el gato de Cheshire, con esa inquietante costumbre de dejar su sonrisa flotando en el espacio, haciéndome partícipe de la magia de su boca lunática [y hasta diría que lasciva]. Recordé entonces algunos párrafos de la obra del gran Enrique Anderson Imbert intentando revelarme desde su muerte lo que sucede al otro lado del espejo, junto a esa gran sonrisa absolutamente perturbadora que es la purísima intuición en la que me gustaría vivir por los siglos de los siglos y amén… y así transgredir la realidad con toda la irreverencia que me queda. Decidí alargar mi camino para sentirme acompañado de esa luna/gato que me mataba de puro placer y vi en ella unos labios distantes que sugerían el desnudo invisible más bello que pueda imaginarse, y me sentí mordisqueado levemente por sus dientes blanquísimos, y note que me abducía como a un ...
Bitácora de Luis Felipe Comendador