Tan solo siento como mío lo que me late: el corazón que entre medio trota y galopa [según la hora] y todos los latidos que refleja en mi cuerpo, latidos clandestinos que hay que buscar en las muñecas o en el cuello para saberlos reloj o anacronismo; el cerebro, animal desatado que corre por su cuenta con excesiva frecuencia y me tiene viajando constantemente a mundos en los que soy mejor y peor, pero nunca igual al que ves; el sexo, que golpea o se esconde [según las condiciones del deseo o los cambios extremos de temperatura] y no tiene pudor en armarse en cualquier lugar y a la hora menos oportuna; los ojos, que se quieren comer todo el mundo visible a cada instante, y lo hacen con memoria y desenfreno; las manos, que apresan o acarician, que confinan dibujos y perpetran palabras, que saben penetrar y aprendieron hace tiempo a tocarme justo como me gusta… eso es todo lo mío, y no los objetos que poseo ni los que que quiero poseer, y no tu cuerpo, ni tu mirada, ni tu lengua repasándom...