Es difícil sobrevivir sin ubicarte en el mundo, sin conformar cierta noción de tu propia importancia entre la gente con la que convives, singularizarte para quebrar la línea recta –por arriba o por abajo– que supone la media de todos. Y en esa singularización es donde sientes tu capacidad o tu incapacidad y, con ellas, te sientes lanzado a la vida, a su aventura; te sientes lanzado a continuar y continuarte, lo que supone el necesario no adjurar de la vida y de su azar. Desde este punto de vista, la singularización por la individualidad termina siendo latido, un latido que nos aparta de esa cosa de genética social que tienen las comunidades marcadas biológicamente para un destino exacto [véase, por ejemplo, el comportamiento genético/social de las hormigas, individuos marcados desde su nacimiento para una misión concreta]. El hombre necesita indicio y posibilidad para seguir, distinción del otro y conciencia de ser diferente y capaz de plantearse metas personales e intentar llegar a el...
Bitácora de Luis Felipe Comendador