29 de febrero de 2009 Cuando viajo y me invitan a comer, aunque solo sea por educación, acabo todos los platos que me ponen. El caso es que el viaje a Almendralejo llevó adherida una comida opípara y deliciosa [detallazo de Antonio y Mar]. La disfruté como el glotoncete que soy y, tristezas de la edad, ayer pasé el día charlando con mi estómago en voz alta, potando y boqueando como los peces recién sacados del agua y visitando el baño como si fuera un santuario en el que hacer ofrendas a los dioses de las fosas sépticas... el caso es que a las diez y poco de la noche ya no podía con mi cuerpo y lo empujé a la cama. Me encajé entre mi almohada y un cojín, puse la tele y me tapé hasta la nariz. Zapeando –pues soy inquieto hasta para ver la tele–, me encontré de pronto con una entrevista a Mario Conde y me quedé ahí... el tipo tiene una puesta en escena interesante, una labia magnífica y una visión de la jugada con mucho que masticar. Me sorprendió que explicase que la situación de crisis...
Bitácora de Luis Felipe Comendador