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Entradas

La falta de uno es la falta de todo.

“Cuando en la blanca habitación del hospital de la Charité desperté hacia el amanecer y escuché a un mirlo, lo supe aún mejor. Ya desde hacía tiempo había dejado de temer a la muerte, pues nada podría faltarme nunca en el supuesto de que yo mismo faltase. Ahora, para alegrarme, me basta también todo canto de mirlo que suene cuando yo no esté.” ••• Es chula esta valoración de la vida que hace Bertolt Brecht en su libro “Más de cien poemas”, que no releía desde mayo 2005 [tengo datada en él la fecha de última lectura] y del que ya apenas recordaba un par de versos que apunté para trabajar sobre ellos. La falta de uno es la falta de todo, y entenderlo en clave práctica es muy difícil, a pesar de que el concepto es trivial por sí mismo. B. Brecht tenía una hermosa capacidad de encontrar conceptos magníficos y profundos en proposiciones llenas de simplicidad, circunstancia que le hizo y le hace grande, ya que fue capaz de mostrarnos sin enredos ni dificultades [recuerdo ahora mi lectura de ...

La Tsvétaïeva de Henri Deluy.

Jo, el amigo Henri Deluy me está sobrealimentando le libros rechulos: ayer recibí su “Pronom personnel” y hoy me llega una auténtica maravilla que, bajo el hermoso título de “Sans lui”, recoge poemas de Marina Tsvétaïeva y de Sophia Parnok [prometo –me prometo a mí mismo– traducción adaptada de este libro]… y luego el inevitable paquete mensual del querido Antonio Piedra [Fundación Jorge Guillén] con un libro curiosísimo del desconocido [para mí] Luis Artigue: “Tres, dos, uno… Jazz”, ganador del premio de la Academia Castellano-Leonesa de Poesía… y un magro y precioso volumen conteniendo la obra de Francisco Soto del Carmen [“Poesía”] prologado por el colega Antonio Colinas [al que no veo desde hace ya tres años… y le tengo ganas]. Gracias a Henri y a Antonio Piedra por el alimento. ••• Ma journée sur la terre touche à sa fin. J’attends le soir, sans effroi. et le passé devant moi dejá me jette plus son ombre. Cette ombre, longue, qu’à la différence de toutes les ombres, les autres, da...

Savonarola in route

Hoy viajé solo hasta Helmántica para rematar el trámite de un permiso de residencia y trabajo de uno de mis inmigrantes [el primero que conseguimos, después de mil gestiones tediosísimas y un ingente papeleo, que pueda andar tranquilo por nuestro país]. La ida fue de auténtico bostezo, y ya no cuento la hermosa cola que debí esperar en la oficina de inmigración [me encantó encontrarme entre hermanos de múltiples razas y aguanté con gusto hasta que me tocó, que fue tarde]. A la vuelta a Béjar decidí retomar una de mis antiguas costumbres viajeras, que consiste en posar la cámara de fotos sobre el salpicadero del coche y estimular al obturador cada dos o tres kilómetros. Me dicertí y el viaje se me hizo cortito, cortito. Aquí dejo algunas de las 126 tomas que capté [con su toque Ph., por supuesto].

Campopardo

Cuando Campopardo era un peñascal de obreros y rabizas, yo aún no había nacido, que yo llegué allí con lo del rascacielos. Entonces había un montón de peñascos y algunas pequeñas acacias alineadas que servían como parapeto a las batallas de piedras entre los chavalines de los barrios distintos. Y tenía algo mágico, porque convocaba un miedo infantil y ese clic de aventura que los críos buscábamos en un tiempo sin tele. Recuerdo ahora una de aquellas batallas [nosotros las llamábamos baterías] en las que salimos derrotados de forma vergonzosa por la panda del rascacielos. Yo caí prisionero y me ataron a una de aquellas acacias mientras me dolía de una rozadura en la rodilla derecha y se me caían los mocos y las lágrimas. Todos mis colegas huyeron despavoridos y a mí me tuvo que soltar una señora del barrio mientras decía: ‘pobre hijo… estos sinvergüenzas…’. Volví sollozando y con miedo hasta el cuartel/altillo que estaba en la casa de Vicente Manso. Allí estaban todos comentando la derr...

Un deconstructivo día Derrida

Leo mis últimos poemas en fase rem [los poemas, claro, no yo] y les aplico, como siempre, esa estragia deconstructiva que aprendí hace unos años de la lectura de Jacques Derrida, buscando las diferencias que existen entre el significado de las palabras que he utilizado y lo que en la realidad representan. Es un trabajo que me encanta y con el que disfruto mucho, pues descubro en mi proceso expresivo un montón de situaciones metafóricas que yo había anotado en primera instancia como justa realidad. De la deconstrucción obtengo riqueza de significados y suelo encontrarme con gratísimas sorpresas. En este proceso es donde empiezo a tomar consciencia del valor de mis poemas y, sobre todo, de la dosis de indicio y de potencialidad que contienen. Muchos parecen radicalmente distintos a mi mirada después de haber pasado el cedazo deconstructivo, ello a pesar de que apenas hago cambios sobre la idea inicial. Es ahí donde aparecen las lecturas estratificadas de un poema que a primera vista trat...