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Allen Ginsberg


Día de absurdas marcas superadas: entre Ríchar y yo nos hemos cepillado el mateado de doce enormes lunas de templado cristal con un vinilo de puta madre. El saldo, un dolor de riñones espectacular y una sensación hermosísima de obrero radical y pirindolo.
(22:28 horas) «He visto a los mejores cerebros de mi generación...»... caer como aves con las alas rotas entre los juncos, ébrios por el dinero y locos por un ascenso en su miserable trabajo o destruidos por una mujer o por un hombre... Ah!, Ginsberg, las nuevas jodidas drogas los hacen aparecer humillados, vencidos hasta en su máscara, líquidos por dentro... y no los he visto aún morir y ya están muertos... Sería mejor verlos destruirse en alcohol y anfetaminas que encontrarlos así, esclavos de una producción que no pertenece a su mundo. Ellos también «atravesaron las universidades con radiantes ojos tranquilos», «se acurrucaban en ropa interior en habitaciones sin afeitar» o «hablaban sin interrupción durante setenta horas»... pero se dieron al infierno de sobrevivir sin acertar a convocar un final digno, se vistieron al modo de la época y encontraron todos los justos gestos de lo falso.
Los veo a diario, Ginsberg, y recuerdo que eran los mejores cerebros de mi generación.
Y yo intentando atender a mi musa.
¡¡¡Mierda de aullido!!!

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