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Raúl Vacas


El otoño está siendo insultantemente bello este año en Béjar. Los tonos de la xantófila se mezclan con el verde oscuro y con los ocres de los árboles sin hojas y el conjunto me produce sensaciones que sólo sé sentir en este tiempo y bajo esta gama cromática... y si le sumamos la humedad, ya es todo pura lujuria.
Tal circunstancia me pide escritura, pero soy una mierda y no me llega ni una palabra. Sólo sobrevivo en mis ejercicios de mantenimiento: sonetos malos para entrenar el ritmo, este diario que ya se ha hecho necesidad y algunos aforismos que llegan más del apretones al ingenio que de vómito creativo.
La verdad es que ya me anda preocupando este silencio largo, este enorme paréntesis sin poder explicarme en pura incontinencia. Otras veces he sufrido este mal, pero con tanta extensión ni con tanta ansiedad.

(17:15 horas) Comida familiar hecha de risas para celebrar el cumpleaños de mi padre, con los niños radiantes como nunca, con mi hermana feliz en escapadita urgente desde Sevilla, con mi madre pletórica y risueña y con mi padre hermosamente abuelo... pero jovencito de atar. He disfrutado mucho y he realizado un porrón de fotos para mi cuadernito de recuerdos impropios. Me encanta ver a mi gente nítida y feliz. Es un buen presagio.
(18:34 horas) Alguien que seguro que me aprecia y conoce mis debilidades me ha enviado el «Tangolibre» de Yo-Yo Ma a mi correo electrónico en un enlace a You Tube –«http://www.youtube.com/watch?v=uJC2bOmAEn8&mode=related&search=»–... y ya voy por la sexta audición embelesada. Erizado, siento la derrota del verdadero placer en el estómago, se me doblan las rodillas y me concilio por un ratito con mi mejor forma de estar.

Es la hostia este tango, con su cosa decadente, con su tristeza tibia, con su lánguida desgana, con su hermosa sensación de encuentro/desencuentro // espera/desesperación. Es como un continuo encabalgamiento de melancólico placer, un tango para tipos como yo, que estoy empezando a terminarlo todo con cada lumbre del día y ya no siento más esperanza que la que me traiga un recuerdo hermoso... ¡Ah!, la memoria y sus usos... soy hedonista hasta para lo triste.
Gracias, «Alguien», muchas, muchas gracias.

(22:23 horas) El mejor legado que me han dejado mis padres es la palabra, y es por encima de todo el legado que yo quisiera dejar a mis hijos: Palabras para hacerse comprender, para explicarse, para buscar respuestas, para defenderse y atacar, para dar rienda suelta a su poso imaginativo, para exhibirse con ellas y para callarlas. Palabras que contengan el método de hacerles vivir por encima de todo y de todos.
Esta noche, cuando salía de mi casa para venir hasta el estudio, vi a una pareja de jóvenes besándose bajo la lluvia. Pasé junto a ellos con cierta envidia por ser capaces de convocar al amor en la lluvia, y recordé de pronto la primera escena cinematográfica de amor que me impacto vivamente: fue en Salamanca, en mis primeros días de estudiante, justo en el cine Taramona. Ponían «Delicias turcas»: Olga y Eric haciendo el amor tirados sobre la calle y bajo la lluvia... fue una visión intensísima que aún me llega nítida a los ojos. Y todo ello con una magnífica sensación/intención de acabamiento. Tengo que buscar esa película para volverla a ver... o no, que quizás se pierda la magia de mi recuerdo inventado.

Comentarios

  1. No tienes que darlas, este tango lleva tu nombre. Si aprendo a tocarlo te lo dedicaré, si no, siempre nos quedará el recuerdo.

    pam-pam, pampamparabán...

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  2. "Capaces de convocar al amor en la lluvia"...

    Bellísimo, Luis... Llevo días dándole vueltas a esas 8 palabras...

    Un abrazo

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