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No se puede hacer nada.


Hoy escribo al amor de un comentario en mi entrada de ayer, un comentario que ponía en mayúsculas diversos nombres de bejaranos con la utópica ilusión de hacerlos revulsivo de no sé qué.
No se puede hacer nada –ni ellos, ni otros– por un cambio social severo y con futuro en este momento, y menos en la categoría puntual que se propone: un solo pueblo. La política marca un decurso de las cosas de tal forma que apenas puede hacerse nada sin destruir antes todas y cada una de las categorías sociales y administrativas en las que estamos metidos, y eso es trabajo duro y largo [además de precisarse para él hombres con ganas y valores tangibles en múltiples niveles]. Desde mi punto de vista, a corto plazo solo nos queda la palabra para usarla contra el sistema feroz y buscarse un buen escondite para que nadie sea capaz de silenciarla.
Sé que mi afirmación es tremenda, que sugiere rendición y quizás apatía, pero estoy convencido de que cualquier esfuerzo se topará de lleno con el jodido stablismen tan bien edificado por los señores de la economía bien apoyaditos por los políticos en masa.
Mi opinión particular, y muy pensada, consiste en dejar que la sociedad se corrompa hasta el justo punto de ruptura –que lo hará sin remedio más pronto o más tarde, pues no en vano llevamos ya bastante tiempo en una fase potente de corrupción de los sistemas sociales modernos, que han entrado en caída]. Será entonces, cuando la ruptura sea patente, cuando serán necesarios los hombres precisos para liderar las nuevas formas de ser y hacer [me parece absurdo quemar ahora las naves ante la completa seguridad de fracaso que se averigua con facilidad].
Por cierto… recibí hoy tres ejemplares del disco ‘Soledad sonora’, que contiene obras para piano de Pedro Aizpurua interpretadas por mi amigote Diego Fernández Magdaleno [sorprendentemente lo puse y me encantó… je, je]. Le pasé un ejemplar a Antonio Garrido.
Mil gracias, Diego, y muchos éxitos.

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