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Transgrede...

Transgrede lo que puedas, que por más que te empeñes no hay alfombras para ti, viejo… poetiza el campanario de las piernas, la pasión de los trazos marcados en la espalda, lo que anula y convoca a la vez… lanza el dado de humo cada mañana y reparte por tus ramas los versos como pájaros negros recién posados.
Tú no eres de aquí, no perteneces a esta furia de tendones y lóbulos, no tienes la estatura ni sabes trajinar este equilibrio… déjate de ti y suelta el vómito blanco, viejo, que se enteren, que anoten en sus libretas forradas que no eres uno de ellos y que ni siquiera te dignas en combatirlos… busca el mar y orina en él, viejo, busca lo torcido y ríete del surco…

Estuve toda la noche a flote, Felipe, no se oía ni siquiera el zas de las rompientes de la costa. Pensé que me estaba alejando más que nunca y me dolió la garganta como un fuego. Me dejaba llevar, no braceaba. Los ahogados pasaban a mi lado como tristes naufragios y pensé en la cuchilla.
Al despertar, ya era tarde. Seguía en la orilla de acá.

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Yayo

Mario siempre me llama ‘yayo’ y, cuando lo hace, lo dice como mínimo tres veces seguidas (‘yayo, yayo, yayo’) y yo me deshago y hasta me estremezco. Ser consciente de que, en una mente que se está haciendo, floreces como imagen y hecho, como definición y capacidad, como sujeto activo e identificable, como signo y familia… Ser consciente de que te has conformado como pieza indiscutible en esa cabecita tierna y que, además, te reconoce y te nombra ya no solo por tu presencia, sino por tus cosas (esas cosas cercanas a ti que le han llegado por los sentidos) y es capaz de recordarte en la distancia solo por un color o por un objeto… Es la ostia sin hache. Y en respuesta a esa mente haciéndose, la mía (mi mente) se llena de emociones indescriptibles, de sensaciones de satisfacción, de temor, de amor intensísimo, de gozo completo. Mario ha llegado para quedarse y ocuparlo todo con ansiedad, para enseñarme a diferenciar lo que tiene importancia de la que no la tiene, para descubrime capacidades…

Me late el codo izquierdo...

Hoy me levanté con el codo izquierdo dolorido e hinchado, todo por un golpetazo que me arreé la semana pasada con una puerta [se conoce que ayer me apoyé en alguna de las barreras de la plaza de toros bejarana, mientras asistía al blues, y se me ha infectado]… y es que últimamente parezco un quecomari lleno de cuitas y quejicoserías… el cabrón está ardiendo y focaliza toda mi atención en su latido, hasta el punto de hacerme perder concentración en lo que hago.
En fin, que sigo en el asunto de vivir y eso me gusta mucho… hasta el latido este que me reclama atención constante.
Hoy le pegué la última corrección al nuevo libro de Belencita, “Orden de alejamiento”, y vuelvo a dejar escrito que me gusta muchísimo su forma y su contenido. Espero que en un par de semanas esté listo para hacerlo llegar a sus manos…. y que me ha gustado leerlo con ese latidito de dolor, pues el poemario es de dolor entero… y muy intenso.
Luego, me dejé de mí [y del trabajo] y le busqué contenido a ese pum-pum… y m…