Ir al contenido principal

Os juro que es mucha vida...

– ¿Sesenta y uno, Felipe?
– Sí.
– Mi padre murió con sesenta.

Pues que no está nada mal llegar a esto para un paria como yo, nacido en el mesofranquismo, educado en el integrismo ultracatólico salesiano y conformado en el resquemor de un abuelo asesinado y de una abuela valiente y decidida a no soportar humillación alguna, ni siquiera las que llegaban por el hambre física. Eso, además de gozar de unos padres modelo hechos a sí mismos desde una nada infinita y siempre con la carga de no poder llegar ni a un uno por ciento de lo que ellos son y fueron.
En la vida he sido excesivamente mimado siempre por quienes se acercaron a mí, y debo confesar que me encantan los mimos vengan de donde vengan, pero sé que eso modeló en mí un carácter abierto que siempre dio facilidad al engaño y al abuso (soy fácil para ambos), un carácter que no puedo negar que gusta, pero que a veces me hizo y me hace mucho daño.
Durante mucho tiempo fui YO, un YO excesivo e indiscreto, un YO pagado de mí mismo que tan solo albergaba cierta esperanza en un NOSOTROS que me fue metido suavemente en las neuronas por todos aquellos que me educaron mal o bien (de los primeros lo aprendí a la contra y de los segundos lo aprendí con fruición y hambre, pero siempre en silencio) hasta que llegó el tiempo de los DEMÁS, un tiempo que aparace de pronto cuando alumbran los primeros fracasos y las primeras insolvencias.
De todo el tiempo vivido, ahora que puedo llamarme ‘viejo’ a mí mismo, sé a ciencia cierta que mi mejor decisión en la vida fue empeñarme en relatar mi tiempo y mi paso en viejos cuadernitos que caían en mis manos, conformándome así en un pequeño notario de mis días (que probablemente coincidan mucho con los vuestros) capaz de mover las páginas y verme como un pequeño Dorian Grey en el espejo de mi tiempo.
De esas relecturas de mí aprendí a saber lo que quería, porque también aprendí a verme con distancia, desde un complejo plano cenital que empezó a capacitarme para emprender ‘mi camino’. Así empecé a saber cómo equivocarme mejor.
En ese empeño de mí, comprendí de pronto que sin igularme con el otro, con cada uno de los otros, no sería capaz de alumbrar la capicidad de completarme como hombre. Aprendí que el error mayor consiste en pelear por ser ‘competitivo’ (intentar ser mejor que el otro en cualquier campo, intentar ganar siempre, estar por encima, tener más y mejor, resulta nefasto para el humanismo y conforma la peor individualidad que puede habitar en un hombre). Aprendí que tan solo con que un hombre sufra, ya es un fracaso de la humanidad. Aprendí que hay que pelear por ‘ser’ un hombre entre los hombres y no por ‘estar’.
En los últimos años de mi vida intenté conocer el estado del mundo con todos mis sentidos, y ese intento de conocimiento resutó (resulta) muy contradictorio, porque de indagar en la ‘diferencia’ (la que elimina) y en la ‘suerte’ (mala) que supone la pobreza, comprendí que vivimos en un mundo miserable –en un mundo de miserables– incapaz de compartir hasta igualar. Confieso ahora que estoy muy agotado de este intentar ser ‘un nosotros digno’, porque sé a ciencia cierta que no hay solución posible para el pobre, ninguna solución, y eso me agota y me atormenta.
En fin, que con seis de diez más uno, soy un tipo feliz porque tengo amigos grandes que me quieren y a los que adoro, soy un tipo relativamente feliz porque hago exactamente lo que quiero hacer a pesar de cada una de las jodidas trabas del sistema, soy bastante feliz porque me siento vivo al percibir en la piel que me buscan y me aprecian quienes me necesitan, soy muy feliz porque vivo con intensidad cada uno de mis días –aunque sean días jodidos muchas veces–, soy feliz por comparación con tantos y tantos hombres tristes y anodinos que centran la vida en ‘sus’ cosas. Amo y me aman, quiero y me quieren, sonrío y me devuelven cada día mil sonrisas. ¿Qué más puedo pedir?
¡Ah!, y conservo mis potencias, absolutamente todas, aunque algún día me flojeen las rodillas.

Sesenta y uno y estás hermosas ganas de seguir hasta donde el corazón mande. No son muchos años, pero os juro que es mucha vida.

Gracias.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Jugando con Instagram.

Toma un libro viejo y hazle fotos con Instagram... mira lo que sucede.


















Me late el codo izquierdo...

Hoy me levanté con el codo izquierdo dolorido e hinchado, todo por un golpetazo que me arreé la semana pasada con una puerta [se conoce que ayer me apoyé en alguna de las barreras de la plaza de toros bejarana, mientras asistía al blues, y se me ha infectado]… y es que últimamente parezco un quecomari lleno de cuitas y quejicoserías… el cabrón está ardiendo y focaliza toda mi atención en su latido, hasta el punto de hacerme perder concentración en lo que hago.
En fin, que sigo en el asunto de vivir y eso me gusta mucho… hasta el latido este que me reclama atención constante.
Hoy le pegué la última corrección al nuevo libro de Belencita, “Orden de alejamiento”, y vuelvo a dejar escrito que me gusta muchísimo su forma y su contenido. Espero que en un par de semanas esté listo para hacerlo llegar a sus manos…. y que me ha gustado leerlo con ese latidito de dolor, pues el poemario es de dolor entero… y muy intenso.
Luego, me dejé de mí [y del trabajo] y le busqué contenido a ese pum-pum… y m…

Dudo de lo que soy...

Dudo de lo que soy por lo que fui y, por tanto, dudo de lo que es por lo que fue. Hubo un tiempo de higos y castañas en el que todo se arbitró en mí como futuro, donde el luego, el mañana, el pronto, el ya verás…, eran marbete constante y meta, hasta que caí en la cuenta de que el futuro es muerte (bien que lo explicó el profesor García Calvo en múltiples ocasiones –‘el futuro es un vacío que no nos deja vivir’–), una muerte total que siempre ha manipulado el poder con maestría y sin moral alguna –y ahora más–, ingeniándoselas para que lo entendiéramos como bienestar y posibilidad de crecimiento, cuando era –es– siempre trampa, una trampa terrible de la que no puedes salir hasta que desapareces, una trampa en la que la araña pérfida del capital te sorbe todos tus jugos hasta dejarte absolutamente seco. Por eso dudo de lo que soy y de lo que fui, y dudo hasta con emoción intensa de lo que es y de lo que fue. Con el tiempo, ya condenado inexorablemente a esa muerte total y sistémica escri…