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Wang Guowei


Día de contacto breve y telefónico con algunos amigos: a primera hora me llamó Belén Artuñedo para indicarme que había recibido el material del Centro Cultural Chino y para sonreír por las imágenes de lectoras que le había adjuntado con el paquete oficial –echo yo de menos la sonrisa fresca y deliciosa de esta niña, que hace ya un porrón de tiempo que no nos vemos–. Otra de las llamadas fue de Ramón Hernández Garrido desde Lisboa para pedirme el teléfono de Luis Pastor y para confirmar lo que yo imaginaba, que está muy feliz y ha sido aceptado de maravilla en esa ciudad –lo celebro con sinceridad–. Y por fin mi Morante, al que atraqué para lo del teléfono de Luis, pues yo era incapaz de encontrarlo en mi directorio –charlamos de la visita pendiente, la que me debe después de todas las que yo le debo–. Todo esto me ha hecho llevar mejor este día terrible de calor sofocante en el que me siento minusválido.

(23:15 horas) Esta tarde, después del curro, me he dedicado a hacer fotos a mis hijos, a mi sobrinilla Julia y a las mujeres de la casa, unas fotos postpiscineras que me han relajado, porque buscaba la paz de esos rostros tan míos como mi propia piel. Estaban todos relajados y me he hecho con una colección de unas ochenta imágenes con magia.
Y sumado al placer estético, corría por mi sonrisa una cosita Felipón, pues mi retoño mediano ha aprobado las asignaturas que le quedaron en junio y pasa limpio de curso –terror me daba que esto no sucediera–. El chaval se ha portado al final y habrá que tomarse unos helados con croquetas de queso para celebrarlo.
Ya por la noche me he dedicado a leer un ratito –una hora aproximadamente– el «Teselas» de Belencita con esa cosa de recuperarla en versos. Delicioso otra vez ese poemario... triste, rabioso, lúbrico, bello, con una soledad como una herida que me llega especialmente en estos momentos. ¡¡¡Gracias nena!!!

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Yayo

Mario siempre me llama ‘yayo’ y, cuando lo hace, lo dice como mínimo tres veces seguidas (‘yayo, yayo, yayo’) y yo me deshago y hasta me estremezco. Ser consciente de que, en una mente que se está haciendo, floreces como imagen y hecho, como definición y capacidad, como sujeto activo e identificable, como signo y familia… Ser consciente de que te has conformado como pieza indiscutible en esa cabecita tierna y que, además, te reconoce y te nombra ya no solo por tu presencia, sino por tus cosas (esas cosas cercanas a ti que le han llegado por los sentidos) y es capaz de recordarte en la distancia solo por un color o por un objeto… Es la ostia sin hache. Y en respuesta a esa mente haciéndose, la mía (mi mente) se llena de emociones indescriptibles, de sensaciones de satisfacción, de temor, de amor intensísimo, de gozo completo. Mario ha llegado para quedarse y ocuparlo todo con ansiedad, para enseñarme a diferenciar lo que tiene importancia de la que no la tiene, para descubrime capacidades…

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En fin, que sigo en el asunto de vivir y eso me gusta mucho… hasta el latido este que me reclama atención constante.
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Luego, me dejé de mí [y del trabajo] y le busqué contenido a ese pum-pum… y m…