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Rompo los libros que leo para que no contaminen a otros.


Mientras espero con ansia la llegada de Abraham Gragera –me llamó el lunes para decirme que vendría a pasar el sábado conmigo– siento cómo empieza a caminar de forma inexorable toda la movida de las elecciones municipales. Es muy probable que a esta hora ya haya sido nombrado Cipriano González Secretario General de la Agrupación Socialista Bejarana y, por tanto, candidato a optar a la alcaldía de Béjar.
Sé a ciencia cierta que ya se están velando armas, que es como decir que ya hay movimientos subterráneos para llevarse cada uno de los gatos a las aguas limpias o cenagosas, según cuadre.
Puede ser divertido pasar estos meses escuchando los «yo hice» y los «yo haré», anotando los argumentos que pongan la cara de bondad a la maldad o a la simple ineficacia, haciendo un rol de «la culpa es de otros... de ellos» y enfangando a gente que no quiere ni tiene ganas de rozarse con los malos rollos políticos de pueblo.
Ya puestos en faena, pues que a mí me gustaría que saliese un grupo de gobierno con ideas muy claras sobre cómo desarrollar nuestra ciudad en los campos más diversos, con un proyecto realizable racional y de plazos justos, sin populismo, con buen rollo y abierto a la comunicación constante con los ciudadanos, sin inquina hacia el que pierda –es más, procurando integrarle en las labores de gobierno... a pesar de las malas experiencias que esa actitud trajo en legislaturas pasadas–. Me apetece un gobierno municipal que democratice el ayuntamiento para que vuelva a ser la casa de todos y para el uso de todos. Sinceramente, no sé cómo puede lograrse lo que mis deseos gritan, pero sé que si hay voluntad positiva se podrá avanzar.
Y de la prensa... me encantará cómo humillan y callan o cómo humillan y ladran. Si fuera por ellos ganaría el PP por diecisiete a cero [incluso para los que están por llegar].
(19:10 horas) Ya se fue Abraham para Helmántica, pero se dejó en el camino –para mi suerte– «Banderas detrás de la niebla» de José Watanabe y «Fábula del escriba» de Eugenio Montejo, además de diez bellísimos dibujos de flores realizados con café soluble. El colega estuvo entrañable, delicioso –porque lo es– y sonriente. Me encanta verle ilusionado con sacar adelante un sueldo al mes, pero sin pensar más que en vivir como él quiere, que es como yo también quisiera vivir. Sigue en la poesía como una niebla que es a la vez luz y percibo que tiene las ideas tan claras que es fácil que no necesite escribirlas ni llevarlas a la palabra poética, porque con tenerlas claras basta.

A los postres de nuestra comida «Piel de toro» llegó Ramón Hernández Garrido para tomar café con nosotros y para intentar ser el catalizador de algún encuentro intercultural con Portugal –yo le agradezco la buena voluntad y procuraré estar a la altura de lo que me proponga–. Nos contó que está feliz en Lisboa y que lo que más le agrada es que la familia se ha integrado rápidamente en aquel ambiente –yo creo que lo tenían fácil–. También charlamos de la política del pueblo, de las ganas de ganar que hay en la Agrupación Socialista y del ambiente positivo que se respira al respecto entre los bejaranos. Ramón es otra persona ahora, y se percibe netamente su felicidad y el buen rollo que le fataba en Béjar. Haremos algo juntos y será bueno, lo presiento.
(23:17 horas) «¿Me dejará la muerte / gritar / como ahora?»... dice el «Orgasmo» de Watanabe y yo veo los dedos de Abraham indicándome la página... «Está tan cerca de lo tuyo, Felipe...» –me dice Abraham bajito mientras me invita a leer–... «esta poesía te ayudará a escribir, amigo, estoy seguro.». Y mis aforismos son como sus dibujos, los que me ha regalado, unos dibujos muy parecidos a los bocetos de aguadas que hace tiempo me confió Alberto Hernández y que conservo como un tesoro, unos bocetos que miro y remiro hasta agotarme... Estamos en lo mismo... vibramos en la misma finísima cuerda que anda siempre a punto de romper por puro estiramiento... y eso es bueno, porque nos une y nos hace voz y trazo en la misma perversión y en el mismo sueño: flores espirales que sentencian a seguir viviendo, a seguir latiendo como individualidades con algo trágico y con algo luminoso, con una interpretación mínima del mundo con la que poder sobrevivir hasta mañana.
¡Zas! Mañana puede ser el día de la muerte y no debe importarnos, porque estamos haciendo uso de la vida en cada palabra y en cada gesto, estamos haciendo un uso decente de la vida, tan decente como inútil.
Alberto y Abraham tienen la misma tristeza alegre en la mirada, la misma consideración al silencio, el mismo ardor que no les deja reposar y sin embargo les hace parecer tranquilos. Eso me falta a mí, pero no pasa nada, no me importa, porque también en el contrapunto está el camino. Son tan parecidos a Aníbal Núñez en la mirada a los espejos que me espanta como un Norte al que debo llegar tarde o temprano.
Cuando apague la voz... ¿habrá silencio?

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