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Enrique Comendador... una huella indeleble


El tío Enrique, el hermano mayor de mi padre, era el tipo que mejor decía los tacos más enormes en los momentos precisos, y siempre le admiré por eso, por cómo era capaz de explicar en dos palabras gruesas su sentimiento, del tipo que fuera... y en su boca jamás sonaron mal, sino todo lo contrario, hasta el punto de que es muy probable que mi afición a la expresión gruesa proceda de él, así como el sesgo irónico/icónico que siempre le he dado a ese tipo de expresiones en mi vocabulario... pero el tío Enrique no se podía resumir solo en eso (que para mí ya es bastante por el universo que me ha aportado), pues fue siempre un luchador de carácter, un bellísimo empecinado en la defensa de su forma de ver la vida, un trabajador infatigable y un hombre bueno sobre todas cosas (no en vano fue siempre portador de la envidiable genética del abuelo Saturnino).
Los malos tiempos, siempre cabrones con los pobres, desperdigaron a la familia durante aquel postfranquismo ingrato, y mi tío Enrique recaló en Hernani para dejarse el cuerpo y el espíritu en la fundición de altos hornos (otros hermanos suyos acabaron cerquita de él, entre Lasarte y San Sebastián, y el resto de la familia, mi padre y sus dos hermanas, prosperaron en Béjar a fuerza de demasiadas privaciones.
Hoy, mi tío Enrique se dejó la vida en Sabadell, fuera de su tierra natal... y yo estoy muy triste.

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Yayo

Mario siempre me llama ‘yayo’ y, cuando lo hace, lo dice como mínimo tres veces seguidas (‘yayo, yayo, yayo’) y yo me deshago y hasta me estremezco. Ser consciente de que, en una mente que se está haciendo, floreces como imagen y hecho, como definición y capacidad, como sujeto activo e identificable, como signo y familia… Ser consciente de que te has conformado como pieza indiscutible en esa cabecita tierna y que, además, te reconoce y te nombra ya no solo por tu presencia, sino por tus cosas (esas cosas cercanas a ti que le han llegado por los sentidos) y es capaz de recordarte en la distancia solo por un color o por un objeto… Es la ostia sin hache. Y en respuesta a esa mente haciéndose, la mía (mi mente) se llena de emociones indescriptibles, de sensaciones de satisfacción, de temor, de amor intensísimo, de gozo completo. Mario ha llegado para quedarse y ocuparlo todo con ansiedad, para enseñarme a diferenciar lo que tiene importancia de la que no la tiene, para descubrime capacidades…

Me late el codo izquierdo...

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En fin, que sigo en el asunto de vivir y eso me gusta mucho… hasta el latido este que me reclama atención constante.
Hoy le pegué la última corrección al nuevo libro de Belencita, “Orden de alejamiento”, y vuelvo a dejar escrito que me gusta muchísimo su forma y su contenido. Espero que en un par de semanas esté listo para hacerlo llegar a sus manos…. y que me ha gustado leerlo con ese latidito de dolor, pues el poemario es de dolor entero… y muy intenso.
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