Tenía una estrella en el desván de casa y otra en cada uno de sus ojos, pero no era feliz, porque ser feliz es un estado pasajero... tenía un clavel rojo en el pecho que a veces, cuando el sol apretaba, se lo ponía en la cabeza, pero no era bella, porque la belleza es un estado pasajero... tenía un dije de oro puro que solía ponerlo colgando en su muñeca, pero un dije no tiene más valor que el de su peso y su estructura, así que no era mejor por llevar su dije, ni tampoco peor... tenía una escolopendra disecada y algunas tardes la miraba con verdadera admiración, pero la escolopendra no era ya escolopendra, porque era un muerto, y eso no le proporcionaba satisfacción... tenía un florerito de cristal de Murano y plata, pero nunca le ponía flores, aunque le cambiaba el agua todos los días. Era un florerito fresco y radiante, pero solo era un objeto... Tenía una pluma antigua con el plumín de oro, pero no sabía escribir con ella y no le importaba, pues lo realmente importante era lo que se gestaba en su cabeza... tenía una bolita de cristal llena de agua con una imagen chiquita de la Virgen de Covadonga, una bolita que se llenaba de nieve si la agitaba, pero sabía en lo más profundo que las vírgenes son materia de mercado, como casi todo lo que había a su alrededor, y eso la dejaba triste... y a ratitos sentían unas ganas irrefrenables de cambiar de vida... entonces se echaba en su cama, cerraba los ojos y procuraba dormir un ratito mientras pensaba... ‘no puedo, no puedo, no puedo...’.
MAMA SANTA Carrera 46, Av. Las Vegas, Sabaneta, Colombia, 04 Llegar a Medellín y quedarte anonadado con el paisaje que envuelve la ciudad… Y cegado de belleza, descubrir que el paisanaje suma y se engrana con una acogida indescriptible que se hace patente en cualquier conversación de calle… Y disfrutarlo con hambre de comunicarse con todo el que se cruce en tu camino. Descubrir una tardenoche el encanto de Sabaneta, su ambiente de barrio feliz, el animado movimiento de la gente que lo vive alrededor del parquecito que hace de centro neurálgico de la vecindad cosmopilita… Y, ya el culmen, entrar en MAMA SANTA con intención de comer algo y descubrir a Eduard y a su mamá sentados en la mesita más cercana a la cocina, saludarlos y, sin más, sentirte uno más de la familia invitados a su mesa para degustar los platos más deliciosos que he gozado en mi viaje a Colombia mientras me alimentaba también de una conversación tan molona como los platos que me servían. Allí descubrí ense...

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