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Shingo Ogata


Ya en casa, después del rápido periplo portugués, persiste aún el dolor de riñones con el que partí de Béjar, pero con felicidad por un viaje estupendo con Juanito lleno de buenos ratos.
En la ida, como siempre, el olfato de Juanito nos llevó a coincidir en un bar de frontera con la expedición de estudiantes salmantinos encabezada por el bueno de Manuel Ambrosio, a la sazón director del curso de verano al que íbamos a asistir. Café con charla y a continuar viaje hasta Guarda.
Ya en Guarda, quedé vivamente impresionado por el crecimiento que ha tenido la ciudad desde mi última visita –puede hacer la friolera de 17 años–. Yo la esperaba en la línea de Béjar y me llevé una grata sorpresa –triste por lo que a Béjar se refiere–. Una brillante recuperación del casco antiguo, apuesta por la modernidad en sus polígonos industriales, mejoras muy bien adaptadas en sus calles, un comercio recoleto y pujante... vamos, que han sabido aprovechar muy bien el empujón europeo, cosa que en Béjar ha sucedido al contrario, con un urbanismo feroz, sin cuidar la imagen del casco antiguo de una forma decidida, con un comercio en franca decadencia y con la infraestructura industrial poco menos que destruida –a ver si aprendemos un poquito de los portugueses–. En la puerta del Ayuntamiento de Guarda me encontré con Jesús Málaga y su esposa. Nos saludamos y nos congratulamos por vernos igual que siempre, con las mismas ganas de hacer y deshacer y con muchos proyectos por delante... Saludos y presentaciones de rigor con la gente de Guarda y de la Universidad de Coimbra y derechos al tema central, el curso de verano organizado por la Universidad de Salamanca y el Centro de Estudios Ibéricos portugués... Acto de apertura del curso, presentaciones y conferencias con cierto trasunto tedioso –entre otras cosas porque eran en portugués y yo no entendía de la media la mitad–. Pasé el rato en un entresueño hasta que llegó la intervención de Jesús Málaga, que me gustó, entre otras cosas, porque Jesús resulta un magnífico orador. Jesús habló de su proyecto como alcalde de Salamanca –absolutamente brillante–, y me dejó un pensamiento que aún hoy ronda en mi cabeza, que no es otro que al proyectar una ciudad con brillantez, como lo hizo en su día Jesús, no tuvo en cuenta la resta que ello le supondría al resto de la provincia, creando así una capital de provincia muy pujante con un resto del territorio abandonado por el centralismo capitalino. Me hubiera gustado abrir un debate sobre este tema, pero la hora y mi cansancio me indicaron que no debía mover ni un pelo para que el final se precipitase en la comida necesaria.
La comida estuvo estupenda –siempre valorando que en esto de las comidas aún le queda mucho por hacer a los amigos portugueses– y la conversación entre platos, muy interesante. Logramos sacar temas de importancia que nos interesaban, como el asunto legal de nuestros negritos, la próxima visita a Morille, nuestras actividades con jóvenes... y de propina, Manuel Ambrosio sacó para nuestro gozo el asunto del centro logístico de Castilla y León.
Aparte de esas conversaciones tan importantes para nosotros, la comida dio para conocer un poco mejor a Jesús Málaga y a su esposa –dos cielos– y para sentir su proyecto político e ideológico como un proyecto de vida.
Los postres.... de chuparse los dedos.

Sin tiempo para descansar, pues las sesiones comenzaban –¡¡¡por Dios!!!– a las 2,30 p.m., aproveché para darme una ducha rápida en el hotel y unirme luego al sarao sin hacer mucho ruido. Llegué con algo de retraso, como se puede imaginar, y la conferencia de uno de los profesores de la Universidad de Coimbra ya había comenzado –mi lugar en la mesa estaba vacío y me dio algo de corte. Ruego que me perdonen por ello los organizadores, pero este bejarano necesita por norma hacer sus abluciones después de cada comida–. Esperé a que terminase la intervención del colega y me incorporé a la mesa justo cuando llegó mi turno de palabra. Comencé leyendo mi ponencia, pero enseguida me percaté de que aquello necesitaba cierta actividad –un tipo que se había dormido comenzó a roncar ante las sonrisas de los presentes– y me decidí por guardar los papeles e improvisar con un lenguaje cercano y con varios guiños a la grada. El cambio funcionó y me dio la agradable impresión de que el público agradeció mi decisión. Hablé, creo que divertí y no sé si fui capaz de enseñar algo –lo que puedo afirmar es que no fui tedioso.

Terminada la jornada de tarde, hicimos un par de amigos portugueses y nos tomamos unas cervecitas junto a Manuel Ambrosio. Charleta distendida, algunas llamadas telefónicas y un paseote con Juanito por el casco antiguo de Guarda. Durante el paseo compré algunas antiguedades –todas modernistas– a muy buen precio: un llamador de puertas en bronce con una cabeza adolescente enmarcado en una orla de vegetal, un juego de pluma y secante en plata de los años 20, un catálogo delicioso de fotos de los mismos años que bajo el título de «Camposanto di Genova» presenta en con una conservación sobresaliente una serie de imágenes y textos muy destacables, y un libro de estilo poético de 1884 escrito en portugués... Otras cañas con queso y huevos rebozados, una Coca-cola con hamburguesa y reencuentro con Manuel Ambrosio.

Manuel es un tipo extraordinario, generoso, creativo, lleno de amabilidad. Pasamos con él la tardenoche y cayeron vinos, copas y mucha conversación, lo que nos unió hasta el punto de las risas y la gratitud compartidas.
Dormida, amencida, desayuno, despedida del personal y para casa por las carreteras serranas llenas de nuevos ricos que han sabido encontrar bienestar en el remanso natural de la Sierra de Francia (envidia me dan).

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