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Entre la mediocridad y el consentimiento

Vivir entre la mediocridad y el consentimiento viene siendo tan endémico como el virus corona y sus peores variables de nombres griegos, y eso nos hace miserables por mirada corta y víctimas absurdas por dejación social. Ahora que la ‘verdad’ es la mentira con más ‘follogüers’, resulta que es cuando empezamos a vivir en el estado crítico que anuncia el comienzo de un final, un final seguro y cabrón que pasamos por alto sin más, porque no hay wifi o porque no hay cobertura o porque lo irreal –lo virtual­– se torna realidad sin más en el peor proceso alienatorio que ha sufrido la especie bípeda desde el primer sapiens, dejando pequeña a la propaganda del peor comunismo y al lavacerebros asesino del peor fascismo. Hoy, mientras el hombre es el peor enemigo del hombre, aún cabría una pequeña posibilidad de respuesta contra la degradación sistemática en la que nos han metido –por mediocridad y consentimiento propios, no lo olvidemos– quienes tienen como poder de supervillanos el uso efectiv...

SIN TÍTULO

Intentar ser buena gente a veces pasa duras facturas.   Llevo varios años guardándome entre dientes una mierda infame que supuso para mí el principio de una caída en picado que llega hasta estos días. Confieso que intento olvidarlo, pero un fondo buitre se encarga cada día de recordármela con insistentes llamadas telefónicas. El caso es que ya estoy harto y, a mi hartazgo, se suma que el tipo que propició este daño sale ahora ufano en prensa junto a concejales jactándose de una bondad que no le corresponde. Y me voy a explicar contando la historia entera, que hoy tengo ganas. Llegaban las fiestas bejaranas y, como era costumbre y lo sigue siendo, en la imprenta editábamos un colorido libro de fiestas y ferias que luego sería repartido por toda la ciudad. Estábamos trabajando ya con anunciantes cuando se presentó Chema –voy a llamarle Chema, porque no me parece bonito nombrarle por su apodo– y nos contó a mí y a mi socio su triste situación. Le escuchamos con atención y entendimos q...

UN 6 Y UN 4, LA CARA DE MI RETRATO

Llueve y no soy mejor, el mundo cercano se va barriendo solo y no soy mejor, el individualismo se exacerba a mi alrededor y no soy mejor, la revolución del odio está ahí y no soy mejor… No soy mejor porque no hago nada para que el mundo cercano, el individualismo y la revolución del odio deriven a mejor o a nada, que con la lluvia nunca se sabe… Pero tampoco soy peor si me miro en los otros. Sesenta y cuatro para que me importe menos todo, para que me preocupe solo por lo que considero verdaderamente valorable, para alumbrar un final que está ahí, al fondo, sonriéndome… Un final de las potencias, de las absurdas responsabilidades de lela imposición social, de la verdad a medias –que la verdad entera es la muerte–, de las apariencias, de ese ‘no ser’ que implica el ’ser’ aceptado… En fin, el final de una vida perdida en la búsqueda de ‘la comodidad’, cuando empiezo a entender que una buena vida debe ser incómoda. Ser un viejo canillas blancas incómodo es lo que me mola… Decirle al sober...

Carta a la mamina.

Mi querida mamina, ya más de un año sin tus besos, sin tu preciosa mirada y sin tu sonrisa, que eso duele, mi chica, no imaginas cómo duele. Hoy te escribo para ponerte al día de cómo van las cosas, las nuestras y las de todos. Lo más importante es que sepas que tienes una bisnieta nueva que se llama como tú y que ha heredado muchos de tus gestos. Sé lo que te gustaría tenerla en tus brazos y lo imagino con rabia cuando la tengo en los míos, aunque sé que es parte del hermoso tesoro que nos has dejado, y eso me consuela. Mario ya está grandote y muchas veces se acuerda de ti y pregunta, aunque no entiende muy bien que alguien al que quieres y que te quiere desaparezca de pronto. Es muy vivo mi niño, y no es pasión de abuelo, te lo prometo, y siente una atracción especial por los fenómenos naturales y por los barcos. Los demás estamos bien, mi niña. Papá quedó bastante tocado cuando te fuiste, pero luego recuperó y ahora es mi compañero de trabajo, como siempre lo fue. Viene todos los d...

Así me entreno a veces...

Cuando no llega el impulso creativo, pero crecen las ganas como hormigas interiores, y hay comezón poética, suelo hacer un ejercicio de ritmo dejándome llevar por la música interior y escribo cosas como ésta:   No lúmela solga, no alún ni merova siquiera, no glame duloso que adile la bluga, no dier, no mesila, no culna moleva.   Si murna la prona se aluma el moebo como las galunas, como el mul deteso, como ruma ampala, como siel ureno.   No culna moleva, que el sico fereno mestiba la humna y ayema el poemo.   Sé fiume acosalo, sé fiume y tusedo que lo fiume ausda…   Ausda en doleno.   … Y me quedo con ese ritmo enganchado en la cabeza hasta que, sin más, todo se torne lúcido y acabe apareciendo algo con sentido, con ritmo y con indicio. Entonces todo fluye.   Pues eso, que así me entreno.  

Carrera literaria

Hace un montón de años me empeñé en hacer carrera literaria, como si eso fuera como pronunciarlo con la boca llena, y aprendí enseguida que esa carrera se hace más por el ‘favor’ que por el ‘valor’, y ya sabéis cómo funciona la cadena de favores, destruyendo la autenticidad y malogrando lo que puedas tener de bueno en tu interior. Pasé aquello como un prurito o una suerte de acné juvenil raro y volví a mi ser yo, un hombre normal en un espacio bellísimo preñadito de seres anodinos. Entonces escribí de verdad, no de lo que molaba, sino de lo que me molaba, sin pensar en editores, ni en premios, ni en críticos, sin pensar en agradar a una o a otra cuadra literaria. ¡Joder!, dejé de existir para el poperío y pasé a ser un lemur raro y endémico de esta Bijarra alejada de cualquier sitio. Eso sí, veía a mis amigos literarios/tos/les subir escalafones a base de humillar en su escritura, intercambiando cromos en saraos culturales y mendigando palabras impresas con esas caritas de ‘lonecesitom...

Pajarito

  Pajarito tocaba las castañuelas como los ángeles en aquella corrobla trujillana llena de señoritos mientras corría la comida y la bebida por las mesas. No puedo negar que se estaba bien entre aquella gente y en aquel ambiente, pero afuera eran legión los niños intentado vender cualquier cosita pequeña para sacar unos soles que sumar a los escuálidos ingresos familiares, las caseritas sentadas en las aceras con cestitas de verduras, los que pedían directamente con la mano extendida y la mirada perdida en el infinito. En aquella corrobla trujillana, Pajarito era el bufón, un bufón al que le servían comida y bebida sin parar y al que de vez en cuando le caían unos soles al finalizar sus hermosos castañeteos. Confieso que me sentí mal pensando en el papel de Pajarito, pero ya en la calle me di cuenta de que era un privilegiado, porque cada día hacía lo que le gustaba, que no era otra cosa que tocar canciones con sus castañuelas, y a cambio recibía comida, bebida y algunas monedas. Ya...