lunes, diciembre 08, 2014

57 años no son nada…



A primera hora me llamó mi hijo Yousouph para felicitarme y de pronto empecé a oír a los niños (Aisha y Seydou) cantar a dúo y a gritos… “Cumpleaños feliz, chúpate la nariz, y si no te la chupas, chúpate un calcetín”… y luego esas risas infantiles irrepetibles que resumen todo lo que he hecho en mi vida… y me digo… ‘esto lo hice bien, muy bien’… y siento cómo el tiempo utilizado no ha sido baldío, y sé que he crecido junto a otros hombres, que me he hecho como yo quería hacerme, que estoy y soy a pesar de los golpes constantes.
Sí, sé que soy el perdedor, el hombre agotado en el medio absurdo creado por el error social y económico, el cuesta abajo, el de la ruina lenta e inacabable… pero también soy un tipo feliz y empeñado en dos o tres cosas capaces de sacarme del lodo con facilidad, un tipo que mantiene amigos y vínculos, un tipo capaz de obtener satisfacción de muchas cosas pequeñas que para otros pasan desapercibidas… y eso es mucho,  a qué mentirme… y también me siento querido por mucha gente… y eso ya es suficiente para la justa voluntad de vivir.
El año, no hacen falta muchas explicaciones, ha sido duro como ninguno, difícil de tramitar en muchas fases, complicado en el trasunto profesional y absolutamente desastroso en lo económico… vino con algunas pérdidas irremplazables que siguen doliendo y con algunos golpes difíciles de tramitar (recuerdo todavía con claridad y tensión cómo empecé el año encontrándome a un ‘precipitado’ en la casa de mis padres)… a ratos me he sentido cero y hasta menos cero (la administración me ha tratado en varias ocasiones como a un delincuente), pero he conseguido ir saliendo de cada una de las trampas usando mi actitud tranquila y esta filosofía de vida que me capacita para darle a cada cosa la importancia que tiene y no otra. Lo peor quizás ha sido tener que despedir a otro amigo de mi empresa, a un amigo que siempre supo sacarme una sonrisa en los peores momentos… pero es lo que hay, además de este echarle de menos en el paso diario de las horas.
En el apartado positivo, pues que sigo manteniendo vital mi proyecto de vida con los demás, que sigo empeñado en que mi apuesta humanista tenga resultados pequeñitos y constantes, y que eso siga convocando a personas con sensibilidad social y con la idea de conseguir un mundo mejor y más justo… y que sigo escribiendo (con menos aire, pero lo hago)… y que sigo dibujando a mi bola cuando me apetece… y que existo para mí buscándome en el ímpetu creador (aunque no exista para los demás, que eso importa poco).
En resumen… que tengo ya 57 años y me va pareciendo que los he aprovechado con dignidad y muchos altibajos, que hago lo que quiero y sigo intentando cada día ser lo que quiero ser… y que hay gente extraordinaria que me arropa y me anima a seguir… y eso lo agradezco… lo agradezco mucho.

57 años no son nada… pero son tanto…

sábado, noviembre 15, 2014

¿Qué tengo que no me tengo?



¿Qué tengo que no me tengo? –me pregunto– y luego me descyrano para hacerme un Melchior Sternfels von Fuchsheim de pacotilla –lo dicen mi pantorrilla, mi muslo con su muslera, mi ingle derecha y torera y mi nalga de asturcón–… ¿dije cartón?… no, qué coño, dijiste ‘asturcón’, madroño. El caso es que me despierto –medio muerto–, me desperezo y empiezo a intentar salir sin daño del lecho que hace el engaño de una mortaja de paño, pero que tan solo es lecho, con su catre y su colchón, con sus sábanas lamidas, con dos mantas ‘Mora’ heridas y un voluptuoso edredón… digo que me desperezo y dejo caer al suelo de baldosas frigorosas mi cuerpo desencorchado mientras me agarro los flancos para sujetar los trancos de este dolor que me habita… ya en el suelo, se me agita la mente del despertar –es decir, que el baldoseo enfría mi cuerpo reo y me entran esos ‘memeos’ que dan al desabanar–. Levanto mi brazo fuerte buscando un apoyo sólido, hago palanca y, estólido, busco en quince movimientos encontrar el argumento del bípedo más sagaz –vamos, que en ocho minutos paso del puro decúbito al ‘de pie’ de caminar–. Ya embipedado, sin dejarme de apoyar en la pared protectora, bostezo, estiro el pescuezo, y me subo el pantalón de mi esquijama molón hasta cubrir el tripón y marcar mi paquetito como un torero chingón… de un saltito entro en el baño mientras enciendo la luz y me acuerdo del pendejo que tuvo la idea infame de colocar un espejo justito para hacer daño… me miro –que eso despierta– y paso de describir lo que mis ojos encuentran en mi reflejo mandril… me bajo los pantalones con la urgencia de orinar, pero al intentar sentar mis posaderas rosadas en la taza de uvecé, me quedo a medio agachar y no sé dónde apoyar el cuatro en que me quedé –y me meo, que me meo, y no alcanzo al uvecé–… no sé cómo –que el dolor me desmemoria– acabé como una noria rematando mi micción en el lugar adecuado… y otra vez a enderezar mi cuerpo grande y pesado, sacarle los pantalones, quitarle la camiseta y llevarlo en dura lucha –y en pelota– hasta el lugar de la ducha –como catorce minutos le calculo a este proceso tan chulo–… ya en la ducha, abro la llave del agua –la caliente– que sale a chorro potente, pero helada… ¡su puta madre!… me espasmo, y en el espasmo me asesta un latigazo la espalda, yo me arrugo y el chorro helado se clava en todo mi Victor Hugo, así que me desarrugo y el latigazo repite –así hasta que llega el quite del agua templada al fin–… me relajo y me caliento, me enjabono a ritmo lento hasta donde llega el brazo ––dos cuartas bajo mi bazo– y me abstengo de la espalda –que allí no llegan mis manos ni de coña– que acumulará la roña hasta que pase el proceso latiguero… corto el agua y, con esmero, intento secarme enérgico con la toalla grandona… pero al primer frotamiento con su felpa, se me latiga otra vez la espalda y llega a la pierna un dolor tan exclusivo, que siento que ya estoy vivo para lavarme la boca e iniciar la cosa loca de vestirme todo entero… y me visto como puedo –tarea para titanes– metiendo mis calcetines en los pies como si diera un revés Rafa Nadal a dos manos… me pongo los pantalones –que hay que tener dos cojones para aventura tan grave–… y, por no ser muy tedioso, en cosa de media hora estoy florido y hermoso desayunando un sorbito de leche entera del Aldi… y pasa el día… que lo que quiero contar requiere que pasé el día como un loquito de atar… y después de la comida, como siempre, me da por ir al café y tomo con mano neta mi crujiente furgoneta –no cuento lo que me cuesta entrar y salir de ella–, la arranco y voy despacito hasta ese orondo garito que se llama ‘La Alquitara’… y justo al llegar allí… hay un hueco fabuloso justo al lado de la puerta para aparcar… y no dudo… paso el hueco en paralelo bien pegado al automóvil de adelante y meto la marcha atrás… voy dando suelta al embrague y acelero... y cuando voy a girar se me latiga de nuevo la espalda… y en un azar giro más de lo debido y me empotro en la pared con el resultado higo de que la puerta molona de mi Partner de Peugeot ha pasado de ser puerta a ser palabra de argot.
Y ya acabo, que es lo suyo, recomendando a cualquiera que esté en jornadas pinzeras de ciático, que vaya a tomar café arrastrando poco a poco, y con los pies, su cuerpo por las aceras.

viernes, noviembre 14, 2014

Un poema ciático.



No está la dulce Ipsitila en la casa, no está desde hace años.
Recuerdo que me topé de golpe con el poema 288 de Catulo mientras era estudiante de Biológicas en la Universidad de Salamanca y sonreí como un chiquillo mientras corrí a leérselo a mi amigo Juanito Montero… luego llegaron Marcial, Ovidio, Giorgio Baffo, Aleister Crowley, Drummond e incluso Espronceda. La poesía erótica y pornográfica caló en mí de tal forma, que me hice coleccionista atento de poemas lúbricos y me encantaba leerlos en reuniones de amigos… pero hoy no está la dulce Ipsitila en la casa porque me duele la pierna como su puta madre por un azar pinzero y cabrón del ciático… oye, qué cosa… un dolor sordo y profundo que comienza en el centro de la cacha (llamémosla nalga) y  la rodea hasta llegar a la ingle para bajar a su bola por lo más profundo del muslo y anidar en el gemelo como un calambre a medias y continuo que no te deja andar… y menos pensar en otra cosa que no sea ‘tengo nalga, ingle, muslo, gemelo… tengo nalga, ingle, muslo, gemelo… tengo nalga, ingle, muslo, gemelo… tengo nalga, ingle, muslo, gemelo… tengo nalga, ingle, muslo, gemelo’… un dolor mantenido que me deja ridículo para bajar del coche, imbécil para salir a recibir clientes, tonto de baba para levantarme de la silla, absurdamente impedido para ponerme los calcetines… y yo me refugio en esa tontería de que ‘el dolor educa’, me empecino en sacarle partido positivo a esta cojera haciendo el ganso a ratos y sonriendo al jodido tendido si se tercia… y este dolor anopheles, pinsapo, cascarrabias, insiste y me acartona hasta que me doy cuenta de que no tiene ni puta gracia estar como tullidito… y busco en el estante de arriba, a la derecha, la edición viejecita de Catulo (inhumano alzarme hasta ese libro, pero lo hago)… y me siento y lo abro y busco el primoroso poema 288…

Te lo ruego, dulce Ipsitila mía,
encantos y delicias de mi vida,
invítame a tu casa por la siesta
y hazme este otro favor, si es que me invitas:
que nadie eche el cerrojo de la puerta
y ten tú la bondad de no salir.
Mejor quédate en casa preparada
para echar nueve polvos sin parar.
Aunque invítame ya, si vas a hacerlo,
que acabo de comer y, panza arriba,
atravieso la túnica y el manto.


Es un poema ciático… ¿no ves?

martes, noviembre 04, 2014

Estos ojos de lana vieja...



Estos ojos de lana vieja, que necesitan lentes, están como alambrados ante el mundo y todo lo ven fósil y bostezo, y ya no diferencian entre lecho y helecho (al fin y al cabo ambos hacen cama) ni entre un paraíso y un paraeso… pero el detrás es carne y huesos y miasmas, un yo de esa amalgama medio descolocado con los años, un antes paradigma que huye con fervor del paradogma, un mecanismo simple que ha perdido los ángulos de enfoque, pero que adentro  sabe y procesa las imágenes a la usanza fotógrafa de entonces… luz roja… papel Negra… negativo enfocado a puro ojo… segundos de luz neta contados a la usanza milcientoúno, milcientodós, milcientotrés… luz roja nuevamente… revelador… agua… fijador… agua… y secado en ventana para ese satinado que ahora es inencontrable… y así se va sabiendo que todo es espejismo cuando no es pura siesta, que la Ofelia de William Waterhouse fue solo el recorrido de un ardor personal con margaritas, que Anna de Noailles no fumaba Gauloises o que Georges Badin se libraba de los libros de otros dibujando en sus letras… y me gustan estos ojos de lana, y esta boca de napa violada por el plástico odontólogo matándome el sentido que me llevó a la gula centenares de veces, y esta rodilla afásica que duele sihacefrío, sihacecalor, silesaledesusputoscojones… y el trofeo cordado que modula mi espalda y me deja hecho un higo por un azar teúno/tedós y algún pico de loro… me gustan, no te asombres, porque esas justas taras son más yo que yo mismo, son mi fruto y no el de otros, son mi gasto y nunca la genética que juega a lotería… si haciendo lo que quiero me corto en una mano, es más yo el corte que mi mano… no sé si me comprendes… que soy más lo que hago, que soy más lo que dejo en mi cuerpo por lo que hago… y a esto le he dado vueltas como un zángano durante muchos años, como una mosca eterna y cojonera… y de este cavilar he comprendido que todo lo que tengo es valorable en términos de ‘yo’, y así, cada dolor, pequeño o grande, producido por mi trabada acción, es un trofeo nuevo que debo disfrutar… cada tara del cuerpo traída por un gesto que hice porque quise, es un placer extraño –lo sé– capaz de hacerme otro que el que debiera ser por alta bioquímica y eugenesia cruel… así, lo digo y lo repito, me encanta esta jodida lana que no me deja leer (la tengo por leer), me fascina la prótesis que hace que comer no sea ya comer (la tengo por hacer el bestia en una cancha… qué forma de crear otro yo en el yo mismo), adoro está rodilla que duele por doler (la tengo por usarla al límite una vez)… y entonces, la alambrada ante el mundo termina siendo buena, porque es ya ‘mi’ alambrada, ‘mi’ dolor, ‘mi’ tarita pequeña, ‘mi’ yo hecho sobre el ‘yo’ que es el azar de otros, ‘mi’  hecho en mí por mí.


Por eso me interesa que os quede muy claro que si me quejo a veces, no lo hago por ‘mi yo’, sino por ese otro que escapa a mi control.

lunes, noviembre 03, 2014

El viento...



Y de pronto el viento como en ‘La noche estrellada’ de Van Gog o como el mismo Céfiro soplando a la Venus Botticelli en la Galería de los Uffizi… y los cabellos volados haciéndole un flou al rostro redivivo de ese eterno y continuo que se llama ‘mujer’, y respirar de nuevo imaginando neto el cortejo dionisíaco y transformado por un segundo en el satyrisci último bailando como un loco al son de címbalos y aulos… es día de amazonas y lluvias racheadas, de un ‘llevatelotodo’ incontenible y plástico, coral, ambulatorio… y me siento fantástico notando este valor de inexorable que deja el ventarrón, porque me asumo libre y hay un azar de faldas que pueden levantarse, porque me noto ingrávido nadando en su marea de soplidos, porque me impele a todo, y digo a todo/todo… este viento me aloca y hasta me desescombra, me deja semibípedo y volado, me despega y me arranca como una Kawasaki Vulcan S, me parábola entero, me muellea, me cimbra y me acabala… y hasta me aplaza un poco los impuestos.
Este viento que me acaricia entero, que me tapa los poros, me universa, me llena de un contigo que me encanta, de un contigo precisamente ahora, que estaba grillo negro en un día de lluvia bajo el fango.

domingo, noviembre 02, 2014

Ni un solo aplauso...



Ahora mismito truena afuera, llueve con ganas raras. No hace frío.
Ahora mismito truena adentro, lloro con ganas raras. No hace frío.

Se alza el telón lamido… telarañas… y un foco acusatorio me sorprende sentado como el moho en una silla antigua que no importa… tampoco importo yo, inoportuno siempre en el proscenio… al fondo, una película quemada –en blanco y negro– se proyecta en silencio… yo vomito apoyando la frente entres mis brazos… el foco acusatorio languidece y lo que era contraste duro y sable, se transforma en tamiz… entonces hablo mirando fijamente a alguien del público…
Qué frágil era entonces y qué poco creía en que lo era. Qué hondo deseaba, cuánto fulgor había en mis ojos eléctricos, cuánto charol mi vida, cuánto ébano… pero pasó la iguana lentamente desplomándolo todo… sigilosa, se llevó mi cabello, devoró mi mirada indagatoria, succionó mi sonrisa siempre franca hasta dejarla mueca, chupó mi espalda y corvó todo el gesto de mi cuerpo, trituró mis riñones y orinó en mi deseo hasta agotarlo… como un venado muerto, me retiré al hangar de los vencidos y sopesé un revólver en mis manos, busqué una soga gruesa y hasta intenté un ‘sinaire’ en la bañera… pero no fui capaz… entonces me di cuenta de que hasta Robert Taylor era un tipo vulgar… y no importaba nada que no fuera morir serenamente un día, sin estruendo, sin quirófanos, sin olor a napalm, sin alguien preocupado por el respirador, sin ningún alzacuellos…
El foco acusatorio se apaga mánsamente… yo sigo como el moho pegadito a la silla… el vómito encharcado se irisa hasta lo negro… al fondo se suceden tranquilos fotogramas: un tren que ya se aleja, unos niños sentados comiendo su merienda, dos jóvenes besándose en un bar con terraza, un gesto Antoni Tapies en un rostro lejano y conocido, unos labios febriles medio desenfocados, Bigas Luna, Oscar Wilde, Fendetestas, la Maga caminando con una hogaza de pan entre sus manos…

Cae el telón lamido.

Visite el ambigú.


Ni un solo aplauso.

jueves, octubre 30, 2014

Una pregunta que me hago cada mañana y cada noche.



¿Por qué ha de ser difícil cada día, si llevo doce lustros ensayando este papel de hombre adocenado, si ya sé qué conviene o no conviene, si sé quién es el turbio o el castrado, si conozco al dedillo cada acción/reacción, cada exacto “ya es tarde”, cada barrera y foso…?, ¿por qué ha de ser difícil cada día si sé cada “tendríamos”, si recito al dedillo las leyes y los salmos que no fueron escritos, si el bancario diario no pasa aún de los treinta y yo soy un mordaz quincuagenario, si sé lo que me gusta y no me gusta y ya me da lo mismo la rima consonante que el verso libremente desquiciado?… 
¿Por qué cuando amanezco, después de tantos meses respirando, me tropiezo a la mínima con el aire que sopla justo al salir de casa… y caigo, y quedo oscuro como un nublado viejo, y me siento más nada que la nada, limitado por todo, distinto –muy distinto– del sueño que soñé hace diez minutos?… ¿Por qué, si sé quien soy –que llevo conociéndome nosecuantosmil días–, dudo al pisar la calle y no sé hacia qué lado dirigirme –si viene a darme igual– ni en qué bar recalar para comprar tabaco?…
Y porque al final, me ponga perro o gato, cada día es difícil… me tomo unos minutos para armarme de algún roce de piel antepasado, de una mirada lánguida que un día me atropelló los ojos como náufragos, de un cansancio tranquilo sesteando, de un minuto que tuve con luz propia, del amor que sentí durante un rato un día que me amaron, del agua resbalando en los cristales de las ventanas de mi cuarto, de una magia regada de palabras que terminó en un poema mío y charco, de un temblor rebonito con su vértigo –un vértigo de abrazos.

Y en días tan difíciles como éste, me viene Fonollosa como un trago… ‘La pareja perfecta es uno solo’… me dice… ¡Puto sabio!

domingo, octubre 26, 2014

Hojas secas...



Hojas secas alfombrando este otoño hasta el gris pasajero de mañana, hojas secas con ese olor a laca de las peluquerías en los sábados, con ese fulgor siena de las hojas premuertas y un puntito Topor en la mirada y en ese hangar del bosque despojándose, con ese azar de antro entre las sombras, con ese viaje al púrpura que me trae el rouge fundido en las mejillas… hojas secas que son como unos cromos repetidos de nostalgia, con su ignición de rojo en los bordes dentados, con su falta de viento y ese ahogo de las nieblas pendientes y borrascas con su lluvia de espejo y su filtrado ambiguo del paisaje… hojas secas y ser el capitán de quince años de este barco varado tierra adentro, y ser Nemo o sencillamente el fulgor y un beso suave en las manos que esperan, abiertas, las primeras gotas de una lluvia perlada de visillos y ojos… y luego Billie Holiday disolviéndome adentro con esa mermelada vibrando en mis oídos, Billie haciendo un deseo en mi cabeza y una pipa de kif entre las manos, un sebsi capaz de ardor o calma, e incluso de veneno… hojas secas en Exeter o New Hampshire, en Untermhaus o en Dresde… como cuadros de Conrad Felixmüller o tragedias de Dix, como gestapos mudas de este infierno monóxido… hojas secas  como la vieja oscura de la esquina con su fragor de muerte, como la última esquela en la pared, como el hambre sencilla… hojas secas como algas Gimferrer o versos Hugo Izarra, tristes y preciosísimas, dulcemente tiradas a la nada del suelo oceanándolo todo, restos sin más de los arces sublimes y los álamos altos, de los castaños de indias, de los tilos más altos, de los sauces llorones, de los cerezos lánguidos… hojas secas tan Faulkner, tan alzheimer, tan banjo, tan de los Apalaches y tan de lo Doyle Lawson… hojas que son tan yo, que son como este ramo de dedos de mi mano, como este andar cansino, como este fumar lánguido, como este ardor de huida que hierve patizambo, como esta piel blanquísima de mi pasar caucásico, como estas ganas quietas que empujan al desánimo, como mi gris perfume, como mis dientes falsos, como mi barba blanca, como mis ojos gálibos, como mi mente inquieta, como mi sexo estático, como el dolor chiquito de la rodilla a ratos, como el sonido hondo de mis fluidos gástricos, como mis ganas negras de destruirme a trancos, como mi miedo a todo, como mi sed de pájaros, como mi nada estética, como el Nesquik goloso que tomo como un sátiro, como el tabaco amargo que cicuta mis labios… hojas secas malditas, divinas, estuario del verano reciente, aviso de ese charco que ha de llenar mañana el hueco de mis manos.

domingo, octubre 19, 2014

Pensando en T. (QEPD).

by CUMEN / 2014

Este otoño enfermizo que se enfrenta a mis ojos cuando salgo, a mi piel cuando respiro, es también algo interior. Hoy escuché a Salvador Pániker decir que ‘la muerte solo es un problema para los jóvenes’… y sentí de pronto el otoño por dentro, arañando y tejiendo… sentí efectivamente que la muerte no me preocupa en absoluto y que voy desprendiéndome poquito a poco de este ego territorial y absurdo que llevo trabajándome cincuenta y siete años, que eso tiene también algo de muerte, una de esas muertes positivas y tan lentas como mis quemados Chester filter… pero de pronto se me vino el mundo encima y lloré mientras alguien me tocaba la espalda y me decía que ‘creyendo en Dios es todo mucho más fácil’… y lo mismo tiene razón, aunque quienes creían en Dios a mi lado estaban bastante peor que yo ante el desastre de ese cuerpo deshecho mientras estaba haciéndose… en fin, murió un muchacho y ya está, a qué darle más vueltas.
Este río de horas arrastra animales muertos, restos del bosque viejo de arriba y mucho lodo, ese lodo que ahoga y que hasta puede dejar pepitas de oro en los absurdos pozos de la gloria que hacemos cuando somos cascada… y pienso en el absurdo de unas lágrimas de verdad, unas lágrimas que suceden mientras el buitre negro me dice desde su silla negra… “me da lo mismo quedarme con tu casa por 69.000 que por 61.000 euros”… y yo le miro torcido con la seguridad de que va a morir un día y que será sufriendo… 
Cuando estoy aturdido se me mezclan imágenes y siento como un vértigo que me impele a no sé qué –yo presiento golpes–… entonces veo nítidamente cómo me han envenenado la vida y me han hurtado de mi movimiento natural, cómo han trastocado todos mis sueños y se han metido entre mis uñas como una lluvia ácida… siento que he hecho lo que podía hacer, que he intentado sin miedo salir de cada charco, que he sido adolescente casi siempre –y eso se paga caro en la buitrera–, que he sido como un cuadro de De Chirico que no miraba nadie… me duelen esas lágrimas de ahora por el muchacho muerto, el crecer de mi hija con el último golpe y los ojos vencidos de todos los que ayer reían a su lado… yo, que soy mitad fuerza y mitad miedo, quisiera engañar un poquito a la vida con una buena suerte y que “mi cuello sepa lo que mi culo pesa” (adoro la palabra sensata de François Villon), quisiera un tramito tranquilo hasta el final y que nadie me conociera o sintiera curiosidad por mí, quisiera ser un verso suelto en este espacio y este tiempo, pero no el descartable que articula el sistema por su azar de monedas… tengo hijos y padres… y eso es lo que tengo y debo tener, lo que debo mantener a toda costa sobre sus presupuestos y sus leyes, sobre sus intereses y sus créditos… eso, y matarlos de vergüenza por la mierda que mantienen cada día por un sueldo…
¡Ay!, si yo pudiera ser afuera el que llevo adentro.
El cuerpo joven muerto… en fin… y el turbio cuerpo infame encorbatado, enérgico, insultante y abyecto sigue aún en su silla con mirada de hierro, con números de mierda, con celo de usurero, con garfio de pirata, con calzoncillos negros, con camisa impoluta, con gomina en el pelo, con gafitas al aire, con reloj de cuatrero, con sus cigarros Winston, con su Dupont de miedo, con sus zapatos clásicos de cordones y negros, con su stmartphone de pijo… y ese sometimiento al superior infame que roba en black o negro, ese lamerle el culo, ese ser puro séquito de todo lo corrupto, ese esclavito ciego que lame donde pisa el perro de los euros…


Y el cuerpo joven muerto… en fin…

lunes, septiembre 08, 2014

...y aguarda...



Dibújame tu paz en las arruguitas gestuales de mis ojos… o tus guerras pequeñitas, que da igual si es tu mano la que traza… posa tus dedos como labios en mis mejillas y deja que deslicen como culebrillas nerviosas por mi rostro… mírame fijamente mientras tanto… a los ojos, en los ojos, con los ojos… y aguarda.
La costurera del cuadro ‘Los paraguas’, de Renoir, me mira preguntando, casi me taladra mientras le da lo mismo la lluvia y se recoge el vestido con una elegancia inigualable… es un rostro perfecto en el que me detengo con mucha frecuencia, un gesto dulcísimo y quizás algo triste, pura belleza que golpea y busca toda la pasión que contengo… que me miren así todo el día es lo que quiero y que el resto no exista, como el atento caballero que busca en el cuadro la atención de la chica… algo parecido me sucede también con ‘La chiquita piconera’, de Julio Romero de Torres, o la mujer de ‘The dream’, de Tamara de Lempicka…

Mírame como la costurera de Renoir, como la piconera y como la mujer de sueño Lempicka… funde esas tres miradas para mí… y aguarda.