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¡A la mierda!

Ahora resulta que la muerte existe y no habíamos caído ni en su ser ni en su estar. ¡Vaya! Y también acabamos de descubrir que los muertos de ahora son distintos de los de antes, incluso que algunos muertos de ahora son contabilizables y otros no, hasta el punto de que quienes tramitan las muertes contabilizables tocan el mármol de los héroes y los otros no. Esto es una mierda pinchá en un palo traída por los que nunca supieron tramitar la educación en términos de humanismo y no en términos de competencia. Morirse es normal, como vivir. Recuerdo ahora al doctor Piñuela, un bejarano de la época de la invasión francesa que dijo descubrir un específico contra el cáncer. Su problema consistía en que todos sus pacientes pasaban de tener la ‘sangre oscura’ a la ‘sangre clara’, pero se le morían siempre en el proceso curativo. Piñuela decía que su avance consistía en que morían sin cáncer, que ya era mucho, pues eran muertos de otra clase, una clase que a él le llenaba de un mérito absurdo. …
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Que ya les vale, coño...

Han pasado ya dos semanas y sigo sin llorar, con la sonrisa de mi madre colgada de los ojos y con toda una serie de gabelas devenidas de la desaparición. Debo contar algo al respecto, porque me consta que le sucede a mucha gente que ha pasado por un proceso similar. En noviembre, después de mucho papeleo, logré enviar la solicitud de ayuda a la dependencia para mi madre. Me contestaron a los tres meses de que había sido aceptada y que en breve recibiría la visita de un trabajador social para valorar a mi madre. El tiempo pasó y la dependencia de mi madre era cada vez mayor, por lo que realicé algunas llamadas, tanto a la oficina de Diputación (que siempre me indicaban que era cosa del servicio municipal por la zona en la que habitan mis padres) y a los servicios sociales municipales, de los que solo recibí promesas y jamás pisaron la casa de mis padres. Al final, justo tres días antes del fallecimiento, se presentó un trabajador social de Diputación (un buen tipo, amable y comprensivo…

ESAS METAS NO CONSEGUIDAS

Mi madre tuvo en su vida varias metas y puedo decir que las consiguió casi todas, pero una de ellas, una que quería conseguir como fuera antes de irse, consistía en conseguir que el cadáver de su padre, Felipe Sánchez Barbero, asesinado por los miserables franquistas y enterrado en una cuneta junto a otros bejaranos, recibiera sepultura digna. Eso no pudo conseguirlo y le dolió hasta el último día en que su cabeza procesaba con lógica. Mi madre también deseaba morir con dignidad y acompañada de los suyos, que lo manifestó en muchas ocasiones, y lo segundo se cumplió, pero lo primero, lo de morir dígnamente, no fue posible, entre otras cosas, porque no hay la fuerza suficiente para luchar con encono contra la moral pacata que no permite finales limpios y decentes. Muchos de los que vienen ahora a manifestarme su sentimiento –no sé si falso o verdadero– sobre mi madre, jamás apoyarían una ley de muerte digna, mientras se deshacen en ofrecer oraciones (?) y evocar recuerdos positivos de …

Aún no he llorado

Cuando llegas a cierta edad –mi edad ya me parece incierta–, la relación con la muerte se empieza a hacer infame y hasta vulgar, perdiendo esa calidad mítica que le otorgaba la juventud y tomando un cariz que se acerca más a la carnicería y al supermercado que al sentimiento profundo de lo inexorable.En los últimos meses me han tocado varias muertes cercanas –casí podría decir que muchas, porque han sido muchas– y algunas de ellas capaces de llevarme al sentimiento de lo perplejo –fundamentalmente por la cercanía de edad y por la afinidad vital y cultural–, y entre ellas, la de mi madre, en la que he sido un actor secundario de carácter y a la vez un espectador absorto de una sordidez final que no debiera estar permitida ni por ley ni por moral. Mientras mi madre acababa, yo observaba a mi hermana y a mis hijos, notaba su dolor y admiraba sus lágrimas –lágrimas verdaderas– mientras sentía estupor por mi entereza de ánimo –que a veces confundía con frialdad y sentía remordimiento por e…

Mi cabezota preciosa

Yo insistía en su oído: ‘Vámonos ya, que es tarde, que ya está todo hecho y te ha quedado bien, que te noto cansada y solo es un instante decir basta’, pero no me hizo caso. Seguía en su pum pum, pum pum, pum pum, como esa cabezota que fue siempre y me ha dejado como estigma o herencia, que aún no lo tengo claro. La besé en lo que alguna vez fueron mofletes y decidí cortar el oxígeno de esa máquina absurda y ruidosísima experta en aplazar lo inaplazable (confieso que temblé por un instante al hacerlo, que me sentí culpable de decidir por ella). Fue algo menos de una hora. Ella y yo solos, sin nadie con capacidad de testificar, pero siguió con más fuerza que antes, con mejor ritmo. Y volví a conectarla a ese pulmón de náufrago. ‘Ya veo que no estás por la labor, mi rebonita’. Y no hizo gesto alguno y siguió en el pum pum de ese “todo corazón” que fue siempre. En el tramo brutal del abandono (que han sido siete días de toma pan y moja) pasaron por su cama caricias y sonrisas, apretones …

Mi precioso juguetito roto

Mi precioso juguetito roto me aprieta un poquito la mano si le digo ‘te quiero’, hace ruiditos con la boca si le hablo de las antiguas historias de familia y gira un poquitito la cabeza si le pongo algunas de las canciones que cantaba en su juventud. Todo con tal levedad, que he tenido que aguzar mi percepción para ir comprendiendo sus respuestas. Yo soy faltón con mi precioso juguetito roto. Le digo picardías al oído y, cada vez que debo molestarle por esa obligación constante de limpieza y sanidad, le soplo en el oído que son mis pequeñas venganzas por aquellas veces que me levantaba de la cama amenazándome con el spray de insecticida, por todas aquellas veces en que me enseñaba con antelación los juguetes de los Reyes Magos y los volvía a esconder –dejándome lleno de ganas– y por tantas otras cosas pequeñitas que gestó para irme educando. Entonces mi precioso juguetito roto intenta articular alguna palabra, pero ya no puede, y yo juego a imaginar lo que quiere decirme. Hace unos di…

Dudo de lo que soy...

Dudo de lo que soy por lo que fui y, por tanto, dudo de lo que es por lo que fue. Hubo un tiempo de higos y castañas en el que todo se arbitró en mí como futuro, donde el luego, el mañana, el pronto, el ya verás…, eran marbete constante y meta, hasta que caí en la cuenta de que el futuro es muerte (bien que lo explicó el profesor García Calvo en múltiples ocasiones –‘el futuro es un vacío que no nos deja vivir’–), una muerte total que siempre ha manipulado el poder con maestría y sin moral alguna –y ahora más–, ingeniándoselas para que lo entendiéramos como bienestar y posibilidad de crecimiento, cuando era –es– siempre trampa, una trampa terrible de la que no puedes salir hasta que desapareces, una trampa en la que la araña pérfida del capital te sorbe todos tus jugos hasta dejarte absolutamente seco. Por eso dudo de lo que soy y de lo que fui, y dudo hasta con emoción intensa de lo que es y de lo que fue. Con el tiempo, ya condenado inexorablemente a esa muerte total y sistémica escri…