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MATABUELOS

Se despertó matabuelos y apoyó su cabeza en mi pancita. Yo estaba grogui, pero enseguida le acaricié con mi mano derecha y noté que el pañal estaba a tope. Fue entonces cuando levantó su cabeza y la acercó hasta mi cara. Me miró con curiosidad y yo le hice un gesto infantil al que respondió con una sonrisa indescriptible que mostraba sin pudor sus cuatro dientecillos. Apretó su mejilla a la mía y le besé no sé cuántas veces, hasta que se zafó y empezó a darme pellizquitos en el pecho –él muestra su cariño siempre con pequeños pellizquitos–. Volvió a sonreírme y dijo algo incomprensible con gesto interrogativo, como invitándome a jugar. Yo encendí la tele con el mando y él me lo quitó de las manos. Se quedó extasiado mirando los anuncios durante un minuto y luego empezó a cambiar los canales como un poseso hasta que desconfiguró la tele, que quedó con un mensaje de alarma. Entonces matabuelos me miró a los ojos y se lanzó con fuerza hasta mi moflete derecho para darme un beso. Yo pensé …
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ENTRE VÓRTICE Y GURRUÑO

ENTRE VÓRTICE Y GURUÑO.

Ya andaba yo entre vórtice y gurruño cuando llamó el ciático a la puerta. Le dije que no estaba, pero, sin más, se alojó entre la rodilla y el costado, pasando por la ingle, y lo hizo como entró Pedro por su casa. Así pasé de lo derecho a lo torcido y de lo recto a lo quebrado. Fue entonces cuando reaccionó esa zona de mi cerebro en la que habita la atención, y de atender a lo exterior con ganitas pasé a poner foco constante al costado derecho, a la cadera derecha, a la ingle derecha y al interior del muslo derecho. Luego apareció esa cosa genética que heredé de mi madre: "si te duele, te ríes"... Así que entre risa y risa empecé a hacer esa rara ceremonia (que es como un galanteo de las aves del paraíso) de sentarme y levantarme con giros extraños y con esos 'sí, pero no' tan comunes a los ciáticos. Como soy un cliente fijo del pinzamiento molón y ya sé cómo encontrarle las cosquillas al asunto, paseé con cuidado por la imprenta –siempre apo…

NO SOY UN TIPO DE VERANO

No soy un tipo de verano. No lo he sido nunca, porque mis ojos claros se ciegan con la luz y me siento molesto y como amordazado, pues cuando no puedo mirar con foco y con contraste, tampoco me crecen las palabras. No soy un tipo de verano porque me quema el sol y mi piel blanca se cierra en escozor. No soy un tipo de verano porque me apisonan el ánimo los tumultos, las terrazas sin un lugar donde ponerme a orear, lo tipos despojados de obligaciones durante quince días jugando a la comparación con quien se cruzan. No soy un tipo de verano porque sudo y me agoto con cada grado, porque me cruzo de pronto con muchachos repletos de alcohol –o de lo que sea– saliendo de alguna fiesta y no entiendo nada. No soy un tipo de verano, y por eso me encierro en el averno de mi estudio huyendo del averno a ahí afuera y juego a ser Andrés Dorantes de Carranza en el Golfo de México, Tamerlán en Bagdad, Ciro el Grande en Sippar, Alejandro en Panyab o Trajano en Armenia. Sufro duros naufragios, acosto s…

Te invito a desayunar...

Te invito a desayunar, le dije, y se quedó perplejo, como si no entendiera que un tipo como yo, caucásico y primermundero, se acercasé a él sin conocerle y le ofreciera un café con churros. Aceptó con una sonrisa y su cara de hambre troco en satisfacción. Yo pedí un café con leche y un par de churros y él hizo un gesto con la cabeza para pedir lo mismo. Le indiqué al camerero que le sirviera dos porras y volvió a sonreírme. Tardó un par de minutos en beberse el café y envolvió las dos porras con unas servilletas. – Muchas gracias, señor. Yo las llevo a la casa si a usted no le parece mal. Mi esposa no ha comido nada desde ayer por la mañana, solo comió la niña un huevito al mediodía y un vasito de leche por la noche. Les llevo las porritas para que se las coman. Van a ponerse bien felices. Mientras hablaba, el camarero puso sobre la barra una tortilla de papatas recién hecha. Le pedí que hiciera tres bocadillos de aquella tortilla y que me los preparase para llevar. El hombre sonrió con …

¿Por qué?

¿Por qué mi nieto Mario lo tiene todo y al Chino o a Cucú les faltan todas las cosas indispensables para crecer sanos y felices? ¿Por qué mi nieto Mario tiene futuro y El Chino y Cucú no lo tendrán en toda su vida? ¿Por qué mi nieto Mario tiene los derechos básicos y El Chino y Cucú tendrán que luchar por ellos?… Y los tres sonríen si les sonríes, te abrazan si los abrazas, te quieren si los quieres, juegan contigo felices si tú juegas con ellos. El mundo es una sarta de mentiras envueltas en la doble moral y en un mar de contradicciones, y nuestra responsabilidad como hombres y como humanistas consiste simple y llanamente en apreder a compratir a diario hasta que todo vaya tomando la medida justa –de justicia–. Mi nieto Mario no ha hecho nada especial para vivir mejor que El Chino o Cucú; no ha hecho nada para estar cuidado, limpio y bien alimetado; no ha hecho nada para vivir en una vivienda digna y tener su cunita y su ropa limpia… ¿Qué han hecho mal mi Chino y mi Cucú? Yo, cada maña…

TRECE MESES YA

Trece meses ya y Mario se duerme en mis brazos mientras yo ya casi doblo moviendo acompasadas mis piernas para acunarle. Su gesto es de paz, de una paz generosa llena de esa tentación constante de achucharle. Le miro y me siento capaz de lo que sea, de todo, de cualquier cosa. Le miro y me veo acunando a su madre, a Felipe, a Guillermo, pero de otra forma. Le miro y me dan unas ganas incontenibles de reír y de llorar a la vez. Un par de horas antes pensaba en el mundo y sentía con cierto dolor una tremenda constatación de mi bajón físico y mental, de mi incapacidad para agotar a los demás con mis proyectos y mis ganas… Con él entre mis brazos volvió la fuerza, una fuerza inxplicable traída por sus párpados cerrándose, por su deliciosa boca en pompita, por sus manos posadas suavemente sobre mis brazos hechos… Me dije: ‘aún es posible, Felipe’, mientras le pasaba el niño dormido a mi hija para que lo dejase reposar tranquilo en su carrito. Mario es toda mi fuerza y toda mi esperanza, y en…

DE BIJARRA A NARRAGONIA.

En este sur del norte conviven como pueden el necio y el tirano, la premuerta y el que murio hace tiempo, el zorolo y el castojosé, el pureta y el zarzuelero lírico de aceituna y somontano frío…, pero ya todos como revenidos, como pasados de edad y hasta de tiempo. El cielo es como aquellos fondos de teatrillo que pasaban a pura manivela y se repetían constantemente, y el decurso político lo trajinan un par de catalinas con ínfulas extrañas y ridículas. La vida en este sur es humillarse a diario o dejar que te humillen, pasar vergüenza ajena cada poco y esconderse a respirar unos minutos donde no huela a incienso. Yo, he de reconocerlo, persisto en mantenerme entre estas ruinas porque hay un nosequé que me anquilosa y, a qué negarlo, un montón de cadenas. Con unos años menos hubiera huido sin más y hasta sin menos, pero en el sesenteo ya está todo trabado y bien trabado. Del roce con los ‘hunos’ y los otros va quedando una pátina de verdín en la piel y en las ideas, una pátina agria y p…