lunes, mayo 19, 2008

De una salida a la noche goliarda.


Salir a la noche como un furtivo a buscar con los ojos su cosita goliarda y libertina, su eterna ‘Fiesta de los Locos’ [el ‘Office des Fous’ de Pierre Corbeil] en honor del Señor circunciso; y ser los ojos por los que tomar la imagen del cura viejo haciendo cola en el prostíbulo, del yonki en su estrategia melopeica y zorola, de los jóvenes a oscuras encontrándose a tientas, de los tahúres casados rifando en los julepes el resto de su paga, de los borrachos tiernos llorando una canción o meando en la esquina, de los hermafroditas con la mano en sus sexos, del rompelunas ido que dormirá en la trena todo el fin de semana…
Salir a la noche como un furtivo, conduciendo mi auto hasta las tantas, enredando en las calles el poema necesario de mañana, mirando para ver y no olvidar, para imaginar y describir.
Anoche salí con auténtico fervor a estremecerme con el polen alcohólico, a mirar los pesebres donde los cuerpos retozan y mezclan sus licores… y lo hice con timidez y algo cansado, sin desprecio y sin aversión posibles.
Del viaje [fueron nueve vueltas en coche a la ciudad estrecha con diversas paradas] me quedaron imágenes tan nítidas como una gangrena: la gitana de rojo hablando por su móvil a voces y enseñando la prodigiosa carne de su cintura globulosa, la jovencita impía que no llegaría a los dieciséis años mostrando su hambre de hombre señalada en sus medias de malla y en una falda corta que dejaba entrever sus braguitas azules, el cuarentón beodo tirándole los tejos a una viuda alegre, el cornudo llorando, la madurita marcando sus pezones sobre una barra escueta, el lunático tres bailando un rock a pelo en el centro del parque, toda la gitanada escuchando a Falete en un coche estupendo, un rico con su chica huyendo apresurados, el magrebí sin ojo comiéndose un bocata, un camarero joven sudando entre las copas, la niña del moratón en el cuello llorando frente a un chico, el delincuente oficial jurando en arameo ante un par de guripas…
Y me lo traje todo para dibujarlo con un fervor de lluvia, y también me guardé a mí mismo en cien autorretratos de salida nocturna.
Hacía meses que no me asomaba a la noche, y me volvió a gustar.




La noche bejarana es como de herrumbre y alfileres, casi sin fiebre a la primera vista, pero con un calor tremendo en sus esquinas. Parece reumática al salir, sobre todo si la penetras solo y para verla; pero si la entras con ganas y agudeza, se te presenta con labios y pupilas dilatadas, turbia como un olvido y desterrada como una promesa.
Yo en ella he visto perros con brazos de mujer, suicidas transparentes, tipos alucinados y quietos como cadáveres, ombligos con vida propia en la hora tartamuda, ciegos sobresalientes de lucidez y trampas, bocas buscando alivio, emergencia, tranquila desmesura, moribundos a tientas con los ojos cerrados, tendones como trenes, óxido en las axilas de sus seres nocturnos, desazón en las espaldas socavadas, dos arterias sin tregua y una luna distinta en cada ojo mirado.
Noche como un caballo atropellando gente con su fiebre arbitraria, abrazándola en haces con alcohol y delirio, y metiéndola en antros de relinchos de grillos.
Noche abstracta y de verdad a medias en la que se vomita a la vez que se canta, noche de paranoicos coagulando su semen con el roce inconsciente, noche de incontenida exudación y de silenciosos cocodrilos, noche de ortiga y trenzas, de carneros y veinte dedos por cabeza, de vientres buscando amparo o una elegía…
Noche digna de ser pintada por Hieronymus van Aeken Bosch, porque tiene ojos y oídos [‘visus et auditus’] como un ser muriendo, porque es una ablación para el día siguiente o un extraño viaje al infierno de los apetitos, porque tiene algo apócrifo y confuso, porque es vulgar y lasciva, porque es bacante y apenas admite resistencia… porque es, sin darle vueltas, el mejor decorado para los ‘fratres jurati’ que ponen los manteles y los cubiertos en los que comerán todos los pecados capitales confinados en los cuerpos de los seres noctívagos.












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Acuso recibo con alegría y gritos de "Habitation avec les îles [Anthologie, 1984-1998]" en edición bilingüe, de mi hermanito Manuel Moya, traducido por François Luis-Blanc para la colección "Poètes des cinq continents" del sello parisino L'Harmattan. Conozco todos esos poemas al dedillo y juro que son importantes, muy importantes. Enhorabuena, amigo.

domingo, mayo 18, 2008

Jugando a ser Egon.


Fue en un venga ya. Aún estaba bostezando de mi noche Valpurgis y me iba acordando de Ángel sin querer vestirse, sin querer salir, sin querer hablar, sin querer hacer nada; y me hacía a la idea de un nuevo panorama en el mismo escenario de siempre, un panorama con un guión impar y con todos jodidos de nuevo. Aún estaba bostezando, repito, mientras atravesaba la plaza para dirigirme a mi estudio. Las siete cigüeñas de la torre de El Salvador ponían banda sonora con el tac-tac-tac-tac producido por sus picos y la gorda estaba tendiendo ropa en su balconcito con un cigarro encendido en la boca. Fue en un venga ya, porque al subir la calle de Las Armas vi el portón viejo sobre el que habían escrito con tiza “PUTA PITO” y una patrulla de la Policía Nacional tomaba los datos de un automóbvil al que habían robado durante la noche. Miré al cielo y ya empezaban a crecer las nubes para cocinar la tormenta de la tarde mientras un gato de atigrado canela y blanco se detuvo frente a mí y me miró fijamente a los ojos… ¡¡¡Sapeeeee!!! Solo me quedaba hacer acopio de tabaco en la máquina de la cafetería y encerrarme en mi estudio, pero un sostén azul se cruzó por mis ojos al recoger mi cambio y todo se hizo preclaro y luminoso. Corrí a encerrarme y tomé mi pluma de inmediato para jugar a ser Egon [o Luis Viñals] durante un par de horas que me han dejado 16 apuntes rápidos y nerviosos de cuerpos femeninos y algunas copias infantiles de pares dibujos de los maestros del trazo seguro.









sábado, mayo 17, 2008

Dándole mil vueltas, le hago una oferta a Antonio Gutiérrez Turrión.


Hay cierta historia en la pereza física que me hace potente en el terreno del pensamiento. Cuanto menos camino, cuanto menos me muevo, cuanto menos salgo… siento con más intensidad el baile de las ideas en mi cabeza y me percibo más capaz en los terrenos de la indagación y la comprensión.
Veo con admiración lejana cómo el amigo Antonio G. Turrión sale al campo con hambre y se trae el camino hasta las palabras, mezclando el bucolismo con la presentación serena de otras ideas con brillo y amasando la impresión del camino con la expresión ideológica o incluso con la mirada clarividente al mundo que excede al camino. Lo veo con admiración, sí, pero también me incomoda, pues la mayoría de las veces es como si me sobrase el paisaje para conseguir encontrar la intensidad de sus pensamientos, y entonces la lectura toma tintes complejos de explicar que la hacen algo tediosa a mis ojos. El caso es que me gusta mucho lo que escribe Antonio y siento cada día la necesidad urgente de entrar en su blog para masticarlo y aprender/aprehender, pero me quedo siempre con un regusto amargo que no atino a definir [me da mucha rabia no poder/saber hacerlo/expresarlo, pues siento que es una explicación que siempre le he debido al colega]. Lo que tengo claro es que la historia radica en una cuestión de estilo y en algo que comparto íntimamente con él, que no es otra cosa que el dejar la impresión de duda y el no acabar siendo taxativos en demasiadas ocasiones, otorgando un espacio a la razón de los demás.
Quizás podría buscar luz a partir de cómo me gusta recibir la escritura y de cómo no me gusta recibirla. Veamos, Antonio, a ver si somos capaces de analizar juntos:

• Me fascina la precisión en la idea, la simplicidad en su presentación y la desnudez [el decorado esconde la idea o la deja turbia].
• Busco impacto y razones que le den a ese impacto valor de ‘verdad’ [conozco a muy pocos escritores –vivos o muertos– que tengan la lucidez y la capacidad de Antonio para llenar de razones una idea, pues maneja a la perfección los procesos de análisis y síntesis… es quizás su valor más sobresaliente y el que me abre siempre hermosos caminos de conocimiento].
• Necesito brincos de ingenio/genio para mantener mi atención en la lectura [en todas mis lecturas tiendo a pasar por alto párrafos completos cuando aparecen descripciones que solo apuntan manchas de fondo sobre las que contrastar la línea firme de la idea central].
• Persigo nitidez [siempre a pesar de que yo suelo pecar de nebuloso en muchos de mis escritos], nitidez de la idea, pero también nitidez en la dirección de la idea, saber hacia dónde va, hacia quién se dirige y de dónde parte.
• Busco novedad en mis lecturas constantemente, y lo hago de una forma enfermiza, hasta el punto de que soy capaz de renegar de un autor que me gusta porque repite vocablos que taché de mi vocabulario por razones que no sé explicar. Y encuentro esa novedad, sobre todo, en el tratamiento metafórico de los textos y en el retorcimiento de las palabras hasta hacerlas cambiar de significado.
• Me fascina encontrar autores que sean capaces de crear un ambiente preciso en una sola frase y enrarecerlo en la siguiente. Mis ídolos literarios están hechos de ese barro [apunto aquí el nombre del amigo desaparecido Carlos Lencero, que era un maestro en ese palo, un maestro que me llena de envidia y me hace sentir pequeñito e incapaz… y cómo no, Buk].
• Idolatro a quienes ya escribieron lo que yo pensé alguna vez y no fui capaz de llevarlo a las manos ni al papel [Antonio lo consigue a veces y por ello me siento siempre en deuda con él].
• Siento la necesidad de conocer siempre la dirección de lo que leo, tanto la física como la metafísica.
• No soporto la dificultad expresiva y acostumbro a tachar páginas enteras de algunos libros, incluso llego a pintarlas de negro con tinta china. El hermetismo es el mal de la literatura y, por mucho que digan, no tiene nada que ver con la belleza.
• Aborrezco el artefacto en la escritura siempre que se quede solo en artefacto y no sea argumento inexcusable de la esencia de lo escrito.
• Me niego a la escritura que no deja abierta una trocha al lector para que se la camine solo.
• Odio la novela casi con ira, lo masticado y hecho.

No sé, y muchas cosas más. A lo que se ve, entro constantemente en contradicción, pero no me importa, que soy así.
El caso es que mi universo intelectual le debe demasiadas cosas a Antonio Gutiérrez Turrión, y siento la necesidad de explicarme, por un lado, y de empujarle a algo que quizás él no ha valorado aún o, simplemente, lo ha valorado y no desea hacerlo. Vamos a ello:
Amigo Antonio, creo que no debes irte de este mundo sin dejar una aforística intensa, un hermoso frutero con todas esas magníficas ideas que llenan tu cabeza preclara, presentadas con la contundencia de la sencillez desnuda, sin el decorado que exige el texto de más de tres líneas. Estoy convencido de que sería un trabajo brillante y digno de quedar en el tiempo con ‘valor’, un trabajo del que beberíamos muchos lectores con auténtica sed. Yo lo necesito, coño; necesito tener tus ideas desnudas sin los verdes caminos, sin los regatos, sin las fuentes, sin el paisaje onírico de nuestra tierra, sin el fresquito de la umbría o sin el calor sofocante de los julios, incluso sin la gente que te rodea. Solo tú y tu idea intelectual del Universo entero.
Yo me apunto a editarlo. ¿Te animas?

MIS OBJETOS PERSONALES DE ESCRITURA






viernes, mayo 16, 2008

Madrugón con viejas fotos rechulas.


Tuve que madrugar bastante esta mañana para acompañar a mi Guillermo hasta el autobús que lo llevaría de excursión a Toledo, así que estoy sentado en mi silla de trabajo a esta hora [son las 7:05 a.m.] y solo se me ocurre sacar librotes del estante de arte y mirar cuadros con envidia vespertina [tengo en las manos un librito sobre Hannah Höch y un catálogo grandote con la magnífica obra de Gustave Courbet]. Mi problema con la pintura es que me pone la mente loca y me entran siempre unas ganas enormes de pillar papelotes y mancharme/mancharlos de tinta y de ceras.
El problema mayor es que tengo el trazo fácil, pero no lo trabajo con voluntad… y el problema insuperable es que, cuando empiezo a pintar, se solapan cientos de ideas que terminan por dejarme agotado y con una cabrona sensación de fracaso. El caso es que nunca sé rematar un cuadro con satisfacción [tampoco sé volver a él para insistir, por lo que todo queda en una mala aforística plástica que no sé si me sirve para algo].
Hannah me hace fantasear siempre y me vuelca en la búsqueda de imágenes en mis viejas revistas y en recortar de inmediato todo lo que se me aparece como posibilidad de collage… Gustave me anima al trazo sinuoso y rápido, ése que lleva a los cuerpos femeninos desnudos y tumbados en perfecto relax, de tal forma que soy capaz de bocetar en media hora diez o quince figuras que terminan dejándome en desgana por purita desconexión entre mi mente y mi mano.
Sé que me ataca una urgente necesidad de hacer, que debo desatarme en lo que sea y con frenesí, aunque no obtenga resultados y solo consiga un poquito de calma… y al final todo se va en escritura urgente que resume sin ser más que escritura. Aunque escribir también es pintar y, visto de ese modo, siempre consigo algo.
El día ya va retirando sus visillos y va a llegar la hora del curro ‘oficial’. Estoy como agotado y me duele todo [me da la sensación de que estoy entrando en un pequeño proceso gripal]. No me apetece nada trabajar hoy.


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Entre bostezos, encontré una cajita llena de fotos antiguas y se me vinieron mil recuerdos. Una pasada de mañana.


Con Belén Artuñedo y Juanjo Barral en un encuentro literario.


Saliendo por la tele para presentar una de mis novelas.


Versión alcohólica de "Las Meninas" de Velázquez durante un cumpleaños de Juanjo Barral en Oviedo. La fotografía es del colega Javier Bauluz.


Con Juanjo Barral en la sede de La Nueva España, en Oviedo, durante la presentación de nuestras novelas.


Entrevista para la tele en Madrid.


Encuentro poético en El Escorial, con Pepe Hierro, Antonio G. Turrión, Ramón García Mateos, Abraham Gragera, Máximo Hernández, Juan Luis Calbarro, etc...


Con Pablo Milanés y Juanito en Salamanca.


Encuentro Literario en Morille. Con Jesús Urceloy, Raúl Vacas, Máximo Hernández, Eduardo Moga...


Con Luis Antonio García Martín en Huelva durante una presentación.


Vitoria. Encuentro literario molón y foto con el malagueño García Pérez.


Con Morante y Paca Aguirre en Rivas.


Vestidito de 'pollo pera' para un teatrillo en las Salesianas.


Mi equipo de basquet del cole: con Gerardo Rico, Amable García, Juan Ramón Martín, Javier Riobó, Hipólito Bernardino y Paulino Matas.


Noche loca en Huelva con David González, Manolo Moya y Juan Carlos Reche.


Firmando en la feria del libro de Castellón con Sara Montiel.


Encuentro en Rivas con Luis Alberto de Cuenca, Agustín Porras, Morante, Calbarro, etc...


En El Escorial con Ada Salas, Calbarro y Ramón García Mateos.


Encuentro de poetas castellanos en Ávila [entre otros, están el inefable Ángel García López, Jesús Hilario Tundidor, Máximo, Morante, Calbarro, Ignacio...].


Con Eduardo Moga y Claudio Rodríguez en El Escorial.


Con Fernando Arrabal durante una conferencia.


Comiendo con Ana María Matute.


Con la selección rusa que participó los Juegos Olímpicos de Barcelona. Parezco chiquitín, y eso que mido 1,90 m.


Comiendo con Sara Montiel.


Partido a puerta cerrada con la selección rusa de Tikonenko. En la foto están, entre otros, Vetra, Tikonenko, Ángel Calvo, Higinio Mirón, Ramón Hdez. Garrido, Susi Ovejero, Felipe Sánchez...


Mis años universitarios con mi mochila azul [se puede apreciar que ya usaba polos Lacoste... es mi debilidad desde los 13 años... lo siento].


Durante mi servicio militar en Córdoba [nótese mi disposición castrense].


Con Mario Lejarraga Muelas en Córdoba.


Día de piscinita con mi Mª. Ángeles arriba.


Dándole el biberón a mi Mª. Ángeles.

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Y la tarde, que se presentaba tranquilita y molona, se torció porque el abuelo se nos cayó por las escaleras de la Travesía de Santa Ana con el resultado de tres brechas en la cabeza, dos heridas abiertas en un dedo y golpe fuerte en la muñeca derecha. Debemos estar tocados por un hado cabrón o pinchados por un vudú joputa o malojados por una bruja con verruga en la napia o gafados de atar o meados por una sibila tuerta o pasados por debajo de una escalera o malmirados por un gato negro… o simplemente que estamos vivos, qué coño, y nos tocan estos postres.

jueves, mayo 15, 2008

Pensalientos.


• Siento un miedo terrible a terminar creyendo en algo, pues creer es darse por derrotado, claudicar.
• La definición ata de tal forma que termina destruyendo la idea, por eso huyo de todo lo definido… también de lo definitivo.
• Intentar es mucho más edificante que hacer, porque hay más fracaso en el intento que en el hecho, y también hay cierta predisposición a no acabar lo que se intenta.
• No quiero soluciones, solo quiero problemas en los que buscar.
• La novela es tan mediocre como el mismo hombre, y lo es porque no busca trascender ni elevar, solo describe como lo hace la cabeza del más primario de los hombres. La poesía es otra cosa [la poesía buena, claro]. Hace años que no leo novelas.
• Sí, lo mejor que tengo es rapidez… eso y una capacidad casi alucinatoria de ver los vértices de mis ideas. Desarrollarlo todo debe quedar para otras genéticas.
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Y a las siete me senté a mirar los cuadros lúbricos de Balthus y a morirme de envidia y de ganas de pintar. Y también a buscar a Rilke en sus muchachas, incluso a entresacar un no sé qué de André Breton o una cosita Camus… y hasta arelar en su obra los restos de Pietro della Francesca.
Un canto a la pureza mezclado con un trasunto de morbo que quizás pertenezca más a nuestras mentes que a la deliciosa mano del pintor magnífico y genial.
Sus muchachas me llevaron siempre a esa imaginación destructiva y tormentosa del adolescente enamorado, a un delicado lugar donde las palabras no pueden existir si no se hacen imagen, a un dulce estado de ataraxia en el que el equilibrio es la justa causa que desequilibra.
Está muy manoseado mi libro Balthus, tanto como mirado.
Es lo más cercano al placer que conozco mirar la obra de este tipo.














miércoles, mayo 14, 2008

Prensamientos.


• Cuanto más seguro me siento, más equivocado estoy. Lo tengo comprobado. De mi seguridad crece el error, la confianza que propicia el golpe y la incapacidad ante el fracaso de lo que me aportó seguridad.
• Hay que buscar simplicidad en lo diario, que la vida resulte fácil para mí y para los que me rodean. Que la dificultad de lo complejo quede para la cabeza cuando está a solas con mi cuerpo entero. Vida trillada y pensamiento en duro proceso intelectual.
• Debo estar al acecho cada segundo de los momentos prodigiosos que me depare el pensamiento… y quedarme a vivir en ellos.
• Llevar lo que sabes hasta lo que quieres decir es lo más complicado de la poesía… Llevar lo que imaginas a lo que quieres decir es bastante más fácil.
• Al final, la poesía termina siendo una habilidad… es entonces cuando el poeta deja de serlo.
• No me sirve nada de lo que me llega si no soy capaz de hacer el esfuerzo de recrearlo a mi modo. Entonces ya no es de otros, es solo mío.
• Cuando me siento débil ante alguna creación, del tipo que sea, es cuando mi mente está más dispuesta a aprender. De mi debilidad nace mi fuerza.
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Y después de cenar me detuve una horita en mirar un extenso catálogo que recoge la obra de Christian Schad, otro alemán potente que siempre me ha vuelto loco. Disfruté, no lo niego, y ahora escucho canciones de Boris Vian mientras intento buscarme en un mundo alemán de los años veinte.











martes, mayo 13, 2008

Debo juzgar con magnanimidad el tedio.


Hoy acepto la naturaleza provisional de mis escritos, la acepto y la comparto con la prevención de que en su mayoría no son más que manchas que intentan componer el cuadro de mi mente, un cuadro en el que un día soy capaz del trazo preciso y otros divaga la mano igual que la de un niño que busca las formas sin ser capaz de fijarlas más que en la mancha y el trazo grueso. También hay mil borrones que son la corrección precisa que he de hacerme, porque soy contradictorio y ciertamente contengo diploidía mental, esa cromosomía doble que no deja enfocar las ideas por exceso de foco o por distorsión.
Hoy tomo conciencia de que todo lo proceso con primera intención, pero repitiendo el gesto y pensando que es nuevo otra vez, otra vez, otra vez, otra vez…
Hoy declaro que mi constancia procede de la impaciencia total, a la que me someto, y que aspiro al olvidarlo todo para volver a crearlo y a nombrarlo como si fuera la primera vez.
Hoy sé que mi movimiento en círculos tiene ínfulas de eternidad, que repito para que nada acabe y todo se me quede colgado en un bucle infinito del que no pueda salir jamás y así creer que no participo de esa cosa zoológica que juega a vida y muerte en su sistema.
Hoy no sé si mi verdad es voluntad de verdad o simplemente atención a lo mío, adaptación a lo mío, a lo que quiero.
Hoy casi averiguo que cuando escribo mi diario me escribo a mí mismo y no a vosotros, que lo hago sin rigor y sin cansarme, porque me debo esto como me debo la mano posada sobre un cuello o sobre un vientre.
Hoy aprendí sin más que la imprecisión me hace ser latido, que lo preciso es muerte, que tengo curiosidad y eso es perfecto, que soy intelectual porque imagino y busco lo inverso de cada suceso que me roza, que lo que no comprendo termino por inventarlo a mi manera, que me he hecho capaz de sacar todo lo que pasa por mi cabeza y lo hago sin melindres, que sé que hay algo inesperado en cada esquina y espero que me golpee de frente, que educo a mi cabeza desestimando el mundo de los demás y ella me devuelve adivinación e instinto, que otorgo y quito valor como un pequeño sátrapa… y me sirve, que cuando me comprometo termino asqueado, que encuentro novedad constantemente aunque no podáis imaginarlo, que construir es dar la idea de construcción y que los demás trabajen atados en su desarrollo, que el tonto que soy me enseña mucho más que el listo que son los demás, que dejarlo todo en el plano de las ideas ahorra mi tiempo y lo multiplica… que debo juzgar con magnanimidad el tedio en el que suelo caer, porque de él termina emanando mi esencia.
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Cuando eran tiernas las hojas de los castaños y también las miradas, yo vestía camisas color guinda y pantalones crema cortitos con doblez. Entonces el salón de juegos era el largísimo balcón de la casa de mis padres y la calle entera. Yo tenía dos pandillas, la del colegio salesiano y la del barrio de San Juan. La del colegio estaba atada por el baloncesto y el intercambio de deberes; y la del barrio se armaba en los juegos salvajes de guerrilla, fútbol en el terrero de El Murallón y cientos de horas minicares. Entonces ya me enamoraba de las cosas [también de las chicas, claro] y hacía acopio de las que podía obtener en mi habitación de la casa de la carbonería: piedras con formas reconocibles o extrañas, insectos pinchados sobre corcho marrón con alfileres, varios montones de revistas y cómics diversos, mis libros favoritos [entre los que se encontraban “El libro del joven” o “La cruz invertida”], un trozo de piel de cocodrilo que robé en no sé dónde y una enorme colección de singles “Fundador” que solía poner en mi comediscos azul.
Cuando eran ácidas las manzanas reinetas, me enamoré de una chica preciosa con flequillo y melena que no me hacía caso, y yo sentía cómo el mundo se me venía encima y era infeliz, cómo había un motor extraño que me obligaba a decir tonterías en su presencia y cómo un calor indescriptible subía a mis mejillas y ponía un rojo contraste sobre mi blanco natural.
Cuando los melocotones se maceraban en vino con azúcar en una jarra de casa, pensé que había seres vivos e inteligentes en otros planetas y que los espíritus de los muertos venían a visitarme por las noches y se sentaban a mirarme en el sofá tapizado en cuadritos verdes y negros, pro no sentía miedo.
Cuando las uvas verdes en las parras de los corrales interiores, supe del Mayo francés y lo sentí importante, porque así lo necesitaba mi cabeza y mi primer brote ideológico… y quise ser un clandestino y me gustó la noche y su metáfora. Los hombres entonces se conformaban y decían que no les iba mal con el General, y andaban siempre a lo suyo, acumulando duro tras duro en las cartillonas que emitían las Cajas de Ahorros y el Monte de Piedad, comprando localitos donde crecer y casitas humildes en las que parecer algo más y dejar algo a sus hijos [colgaban siempre en los salones enormes cuadros horrendos con escenas de caza y colocaban candelabros niquelados sobre los aparadores de formica y ponían uno de aquellos monjes meteorológicos en la pared junto a una imagen de la Virgen María o del Sagrado Corazón]. Fue entonces cuando me dejé el pelo largo y desarreglé mi aspecto, cuando dejé que mi barba creciera a su libre albedrío y me hice compañero constante de una mochilita azul en la que llevaba todas mis cosas.
Cuando la tierra del parque fue sustituida por adoquines rojos y blancos, fue cuando empecé a pensar en que no había solución alguna y que, si la había, jamás estaría en mi mano.
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Y que hoy el día ha sido otra vez de paro total y me he dedicado a mirar con ojos golosos los dibujos divinos de Egon Schiele, con cierta turbación por el vértigo de ayer mezclado con este otro vértigo de las líneas mordiendo cada mancha lasciva del cuerpo.
















lunes, mayo 12, 2008

Sobre el espíritu de secta.


Declarar el gusto por algo dicho o escrito por otro es una concesión por parte de quien lo declara, y también una debilidad. Ahí nace la alienación, en ese justo lugar y en ese justo instante… de ahí procede la creencia y el espíritu de la secta, de mostrar y demostrar el gusto por algo que dijo o escribió otro y de defenderlo ante los demás hasta llegar a no conceder espacios de crítica. Esto es muy sutil en literatura o en arte, pero en el campo de la política o en los campos espirituales de las religiones se hace muy patente con altas dosis de intolerancia y mucho énfasis puesto en la toma de poder.
Expreso esto porque ayer tuve oportunidad de asistir a una disputa que fue creciendo y, gracias a los hados, terminó solo en malas caras. El ancianito recalcitrante y solitario de siempre, el que me trae loco con su soledad mal llevada, se acercó a mí con el recorte de un artículo de opinión publicado en ABC para que lo leyera. Yo me excusé porque no llevaba mis gafas de leer, pero mi compañero de café, muy amable –que no conocía al viejito aún–, tomó el recorte y lo leyó en alto [iba sobre la cosa de los piratas que secuestraron hace unas semanas un pesquero español e incidía con daño en que el ejército está para disparar tiros y colgar del palo mayor a esos corsarios, y no para pagar rescates]. Cuando terminó la lectura, mi colega le dijo al viejito [que se reía a mandíbula batiente durante toda la lectura] que la mujer que había escrito eso actuaba desde el clientelismo político sin sopesar la solución pacífica, y todo por hacer daño al partido gobernante, que le parecía miserable tanto la persona que firmaba el artículo como el artículo mismo y el medio que le daba pábulo… El viejito se puso pálido de ira y comenzó a despotricar en voz alta, a lo que mi colega le contestó que él había sido profesional del periodismo durante muchos años y que sabía de qué iba el marrón. El viejito le dijo entonces: “Si usted es profesional de la información habrá estudiado la historia de los piratas y sabrá lo que se hacía con ellos, colgarlos del palo mayor y no pagar jamás un rescate. Yo estuve muchos años en la marina y ése era el espíritu con el que comulgaba toda la tropa: no pagar nunca y eliminar la piratería con dureza y de forma ejemplar.”. Mi colega le respondió que todo dependía de quién diera la patente de corso y que hay más piratas de los que navegan por las costas africanas, piratas cercanos y bien vestidos para los que no habría palos mayores suficientes… y el viejito se marchó farfullando no sé qué que le puso colorado de ira y le inyectó los ojos con una mirada agresiva que contenía odio.
Cuando el viejito se marchó del local, le dije a mi amigo lo que ya he escrito aquí algunas veces [y por lo que he sido contestado por alguno con dureza]: “La vejez no es razón para el respeto ni para la conmiseración, sobre todo si no es una vejez tolerante y digna. Un hombre es un hombre siempre, o como poco hasta que toma uso de su razón o hasta que lo pierde. No hay edad que merezca respeto si no es capaz de ofrecerlo.”. Y nos fuimos a mascar la tensión y el cabreo a otra parte.
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Y que pasé la tarde saltimbanqui colgadete de las paredes de El Real de Bohoyo [hotel de cinco estrellas gran lujo enclavado en medio de la Sierra de Gredos] rotulando como un ratón miedoso, y que temblé a ratitos y disfruté cuando pisaba el suelo, y que luego rotulé en El Barco de Ávila y aproveché para pillar un chorizo de cerdo ibérico y un queso de oveja semicurado a un precio inmejorable en JMG, y que volví a casa hecho unos zorros, sucio, agotado, resoplando como una ballena blanca sin Acab posible. En fin, que es trabajo y basta, que de algo hay que comer.

domingo, mayo 11, 2008

Una paz de dicotiledóneas y ganitas.


Un paseo tranquilo por la humedad del campo me ha traído una paz de dicotiledóneas y ganitas de arreglarme la barba, que últimamente crece espesa y valiente cercándome la boca. Salí con mi Bonier a buscar agracejos, peonias, ababol, amarantas, ruibarbos, hortigas, filodelfos, droseras, euforbias, escrófulos… pero me quedé en un par de cigarros sentado en la humedad de una piedra y mirando el paisaje troquelado sobre un cielo plomizo en movimiento. Hoy todo es verde húmedo en la zona de Béjar y el cuerpo se me quería tirar entre los tréboles mojados sin pensar en ese después rojo de cistitis y riñones rampantes con garras de dolor de medio tono.
No me gusta tanto el paisaje de horizonte, pero me vuelve loco el de metro cuadrado, el que encierra en el campo de enfoque de mi Nikon, con su macro montado, una flora diversa con su fauna latiendo en un tam-tam… y la lluvia cayó, y yo callé aturdido por la belleza entera dibujada en la luz pobre del día. Con ella, con la lluvia, me perdí en un camino cerrado de vegetación, con helechos rizándose en mis pies con esas caracolas preñadas de pedúnculos que son la justa plástica a la que los hombres no sabemos llegar.
Caminé sin saber y sin querer, en una soledad de líquenes inabarcable y lúbrica… y acabé descansando los ojos en unos pechos pequeños acostados bajo un sostén tan rojo como la amapola muerta que encontré en mi camino, y todo junto al humo de un café con leche.
La ‘dulce muchacha triste recorría caminos en busca de una risa donde descansar…’ suena ahora en mi iTunes y dibujo un barco azul sobre un mar amarillo, el mismo de la canción de Pablo Guerrero. Me autoanalizo, me hago una pequeña crítica, bebo una Coke, leo a Michel Houellebecq, tengo frío y se eriza el vello de mis brazos, toco un ratito mi harmónica Hohner de blues y luego le busco el mismo blues de la harmónica a mi guitarra eléctrica [se me da bastante peor] y termino ensuciando las dos piezas que mejor toco de Bob Dylan, dibujo una página de mi libro con un cuerpo de mujer a base de manchas de tinta blanca, leo un par de páginas de los Cuadernos de Paul Valery, me enciendo otro cigarro y presiento que me siento bien.
De puta madre.