Ir al contenido principal

Entradas

Mirar atrás.

Mirar atrás y darte cuenta de que ya eras una estatua de sal antes de volver la vista, que no hiciste lo que deseabas, ni amaste como querías. Mirar atrás como en un vagón antiguo de un tren en marcha, con el pañuelo al viento diciendo adiós.
Morir es otra cosa que acabar con el cuerpo, algo muy distinto del final en un nicho o una tumba, es ser consciente de lo que te has perdido, de lo que no has hecho ni tienes ya posibilidad de hacer. Morir es claudicar y vivir del recuerdo, sentirte agotado y decir ya no puedo más dejándote a la astenia. Morir es ubicarse, definirse, triunfar, acabar algo, sentarse en una idea y no enredar en otras, dejar de buscar, rendirse, sentirse obligado, seguir una moral a pies juntillas, admitir que no puedes, aburrirse, ceder a los chantajes de los otros, asentir sin tamizar tu sí en el pensamiento crítico, pagar todas tus deudas...
Morir es no salir cada día a la vida con la decisión de jugártela o simplemente dejarte caer en el sofá porque sientes que …
Entradas recientes

Condenado a ser libre

A mis veinte años, después de leer a Sartre sin entenderle demasiado, comprendí que la idea sarteana de que el hombre está condenado a ser libre era un magnífico punto de partida para enfrentarme al mundo. Así entendí mi condena como un ir desentendiéndome de los lazos sociales, de las diversas morales (las pacatas y las libertinas) impuestas a lo largo de los años, de las gabelas arbitrarias del poder en cada tranco político, de los absurdos religiosos, de los normalismos expresivos... En ese tono fracasé mil veces por ir a la contra, pero siempre empecinado en mi condena de libertad, siempre empeñado en el decir a mi bola, en hacer lo que me salía de las entrañas y en intentar ser ese otro de mí que no tenía nada que ver con el hombre anodino que se había diseñado para mí y para todos los jóvenes de mi generación. Y puedo jurar que en ocasiones llegué a ese estado de libertad, no sin sufrir golpes, agravios, insultos, puñaladas traperas... y no sin ser envidiado a veces por amigos y…

Miedo de tener miedo

Hanna Arendt formuló hace tiempo que el hombre contemporáneo apuesta por el determinismo porque tiene miedo de tener miedo, y es que la libertad está en esa comba latiendo siempre, porque un hombre libre es fruto del pensamiento crítico y el pensamiento crítico siempre es hostil.
El determinismo requiere siempre un antes en el que anclarse, y ese antes conforma la acción y los sucesos encajando el futuro y evitando la novedad revolutiva. Así, seguimos sin más en un estado ideológico impermeable que no permite un más allá ni el menor intento de novedad.
Los poderes deterministas son grandes estrategas en aportar una falsa seguridad sobre la que se hacen fuertes, juegan con el miedo a la novedad, al cambio, al giro brusco; y, sin embargo, la evolución social positiva requiere de esos caminos para no entrar en un proceso de podredumbre.
El proceso capaz de dar frutos nuevos debe partir siempre de lo intelectual para caminar hasta las bases sociales con solidez, insuflando ganas y una nue…

Mi antigua inocencia

Mi antigua inocencia, ¿dónde está? Busco en el laberinto de mi memoria y sé que fue, que existió hasta hacerme sonreír como un muchacho feliz, pero que ya no está, que no podré recuperarla si no es por vejez y olvido, por enfermedad mental o discapacidad psíquica. Quizás lo único bueno de la vejez sea eso, encontrarme de nuevo con mi antigua inocencia, y no saber ya más de las cosas oscuras de los hombres mal hechos, de los mal definidos, de los mal trazados. Mirar a un rostro y no ver más que luz y compañía, no ver más que lo que debió ser y no está siendo.
Virgen y felizmente desconcertado, sin razón intelectual, sin pena, sin melancolía, sin miedo, como injertado en mí y de mí, exótico, locuaz, sin sombra, encantador..., así me quiero.

No ese árbol viejo en el que nunca cantaron los pájaros.

Mi antigua inocencia, ¿dónde está?

¿Compañero?

Hace un par de días recibí la Propuesta de Futuro de Susana Díaz en la que, después de llamarme compañero –a mí, que solo me acompaño a mí mismo–, me habla de la bondad de sus intenciones, y lo hace con una prosa de quien no asistió a clase el día en el que explicaron lo de las comas respiratorias, las concordancias/discordancias y las iteraciones, con un discurso farragoso, además de nebuloso y con un vamosaganar que da mieditis.
Para empezar con cierto nivel de credibilidad, lo primero, por lo menos para mí, es que se demuestre la idoneidad con un discurso correcto, como poco, en su ortografía, que ser político no exime de la norma ortográfica, y menos si se aspira a gobernar a lo grande (este grande es espacial, por supuesto). Apunto que la moza no me cae bien de salida –yo siempre me fío de mi primera impresión– y, por tanto, accedo al texto con guantecitos y pinzas, y lo veo vacío de verdad y preñadito de cosas que todos queremos oír –que escuchar es otra cosa–. Pues bien, ayer c…

Fresas en el jardín

Fresas en el jardín como un escándalo y estas ganas de ser lo que no he sido, feroces como insectos de pantano. Coke fría a las diez –con aceitunas– mientras creo en mi Mac como en un dios menor y busco en el ratón esa conexión cándida del hombre con su extremo, Norfloxacino con agua y un pellizco de pan para pasarlo, recortar con tijeras unos logos prosaicos para un cliente breve, un Chester largo y suave, humo para sahumarme –fumar se ha convertido en un vicio laudánico– y alguna castración pequeña como un silencio.
Fresas en el jardín y estoy mayor porque sé lo que hay y sé cómo se arregla, pero ya no hay tiempo, nunca lo hubo.
Despreciar al que tiene y al que es quizás sea la clave, mofarse de su serio estar y pasar, de sus pequeñas mierdas sin otro interés que el de un futuro que no existe ni existirá jamás. Sonreír levemente si mueren de pronto y recordar que un día dije de mis niños peruanos que no tienen solución alguna, y ver que su solución es haber sobrevivido a cada uno de…

Outsider

Categóricamente soy un outsider, que no sé exactamente lo que es, y precisamente por ello debo de serlo. Y lo soy, quizás, por perezoso o por absurdamente harto de todo.
Hoy me levanté con los dolorcillos de siempre, me llegué hasta la imprenta sin ganas, como siempre en los últimos años, tomé las riendas de mi nada por un par de minutos y llegó el cartero con un libro: Verdad y media, una antología de aforismos españoles del siglo XXI bajo selección de León Molina y edición de La isla de Siltolá. Oye, que me vi allí de pronto en negro sobre blanco, como a trasmano, sin haberme enterado siquiera de que iba a estar formando parte de ese florerito de definidores frustrados. Un barullo en la cabeza, un no saber si era vanidad o cabreo lo que me hacía decir esos mecagoenlaputa que me salen cuando me absorto. Comprendí enseguida que todo es una cadena de favores, que yo soy porque otros fueron antes y para que otros sean después, vamos, que me sentí casi Susanadíaz, sin trabajo conocido, c…