Persisten las descargas eléctricas en mi zona lumbar y me siento como extranjero en este cuerpo descoyuntado que envejece a saltitos a días y a trancos a semanas. No estoy mal, pues aprendí a asumirme hace bastante tiempo y sé llevar mi descenso con un poquito de teatro y algunas sonrisas para esconder las muecas [siempre me gustó exagerar algo mis expresiones de malestar, patentizarlas como el bufón que soy en un juego de sonrisas y aspavientos tragicómicos]. Lo que peor llevo es el constante empeño ajeno en que me medique, ese galeno chamanero que le sale a cada uno cuando te ve el dolor en la cara… algo que, por otra parte, es de agradecer por lo que contiene de afecto y deseo de que te sientas bien. A mí, sin embargo, siempre me interesó indagar en la arqueología del dolor, dejarlo que suceda para probarme en él, tramitarlo con intención de conocimiento y sentirlo como proceso personal de crecimiento… en esa arqueología también me interesa mucho que el cuerpo se entrene y se autor...
Bitácora de Luis Felipe Comendador