3 de marzo de 2009 Jeroen Anthonissen van Aken, que fue un baluarte de lo anacrónico [andaba de gótico mientras el mundo buscaba el humanismo del Renacimiento], tañía en la simbología y en los secretos para armar una ‘tensión’ sobre la vida y la muerte, particularmente sobre la muerte. De tarde en tarde, cuando estoy entre chungalí y eufórico, me meto en su obra como en un teatro y percibo cómo se unen nuestros ‘simbolein’ [aquellas tablillas de cera que se rompían en dos trozos, quedándose con una parte quien la había realizado y entregando la otra a un amigo que debía viajar a otras tierras, de tal forma que, al pasar de los años, si los descendientes llegaban a encontrarse por un azar, pudieran, uniendo los dos trozos de la tablilla, identificarse y reconocer aquella unión como propia] y nos reconocemos hasta el punto de vibrar en un mismo tono negro y portentoso. Así, atados Jeroen y yo, me llegan noticias de la muerte, sus claves y sus nadas, su azar y su montura de huesos, su met...
Bitácora de Luis Felipe Comendador