Salamanca no es una ciudad bonita si vas a ella como suelo ir yo: al hospital o a dejar a los hijos a su suerte. Ayer hice una de esas visitas roncas y me afectó psíquicamente y físicamente. Viajamos para trasegar todas las cosas de Mariángeles a su nueva residencia helmántica y ya el viaje de ida estuvo lleno de silencios larguísimos. Ya en Salamanca, encontré aparcamiento justo a la puerta del edificio donde residirá mi hija [tengo para esto una flor en el culo], descargamos y subimos hasta el piso cuarto con cierta emoción contenida [mi hija va a residir justo al lado de donde vivió sus duros años poéticos Aníbal Núñez… espero que se le pegue un poquito de aquel espíritu]. La vivienda es desoladora: techos altísimos, luz macilenta, pasillos infinitos, sensación de desalojo, suciedad y un silencio tenso. Y si ya hablo de la habitación donde mi hija pasará sus días y sus noches, pues me dan ganitas de ponerme a gritar: en un aproximado espacio de tres por cuatro metros hay un armario,...
Bitácora de Luis Felipe Comendador