Hoy he salido tremprano a desayunar con mis hijos varones [la moza llegó a eso de las seis de la madrugada y sólo atinó a decirme en una extraña melopea somnífera: «tráeme algo rico, papá»]. Pillamos unos colacaos con bollería y reímos juntos un ratillo hasta que Felipe, en el que ya hierve una cabrona adolescencia, me montó su número diario de enfados sin razón. Quería que le diera cinco euros para comprarse no sé qué, y yo le oferté la mitad con la sana intención de negociar, pero se lo tomó mal y puso unos morritos que aún deben durarle. Si será cabezón, que no pilló los dos euros cincuenta que yo le daba y que volvieron a mi bolsillo. La pubertad preadolescente es poco práctica. Guillermo estaba radiante de felicidad con su desayuno puesto entre pseudoesquiadores de tirilla y nada. Me encanta desayunar con mis mozos. (11:34 horas) Enredando en mi biblioteca me doy de bruces con una edición de Jean Piaget [«Lógica y psicología»] que me sirvió de apoyo durante el tiempo en el que int...
Bitácora de Luis Felipe Comendador