Como una película de Jacques Tati con música, por ejemplo, de Eric Satie, ha sido mi tarde noche con Guillermito. El chaval empeñado en asistir a la última entrega de “La hora feliz” del colectivo evangélico bejarano –tan bien liderada por la familia Vaquero y su gente afín–. Su empeño fue obligación para mí, igual que otros veranos, y me comí la hora y media de proselitismo juguetón de medio tono. Antes de seguir debo explicar que me encanta esa gente, su fuerza y el ardor luminoso que ponen en todo lo que hacen, el valor de bondad –que imagino que también será máscara– y el empeño feligrés. Lo que me molesta un poquito es que ‘ataquen’ –no sé si este término es el más adecuado– por la debilidad infantil, que intenten vender ideología religiosa por la facilidad del regalo y la puerta de la risa. En fin… no me parece un gran problema… y más si se compara con la milonga diaria de la Iglesia Católica, pues estos tipos me parecen mucho mejores, más dispuestos a currarse en la calle sus co...
Bitácora de Luis Felipe Comendador