Tengo un mal que me producen mis hijos, sobre todo los mayores. Es un mal que va minándome despacio, día a día, un mal del que quizá tenga yo toda la culpa por no haber aprendido nunca lo que es la severidad -–entre otras cosas, porque nunca me ha parecido un valor, sino todo lo contrario–. Yo siempre pensé que ser justo debía ir unido a tener y mostrar confianza, y así lo he aplicado siempre con ellos –mis hijos–, les he dado cuerda, caminos que hollar... y apenas los he dirigido, pues siempre creí que lo haría por el camino de mis frustraciones. Y he conseguido en ellos señales vivas de fracaso que son también mi propio fracaso. No entiendo cómo tipos intratables, auténticos estúpidos, tienen hijos cabales que van superando con éxito cada uno de los pasos que intentan. Mis hijos, no. Tienen todos mis defectos y han aprendido a magnificarlos hasta exasperarme. No comprenden nada que no sea en su propio beneficio subjetivo, no saben ordenarse y su desorden físico se traduce en una eter...