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Shintaishi


Tengo un mal que me producen mis hijos, sobre todo los mayores. Es un mal que va minándome despacio, día a día, un mal del que quizá tenga yo toda la culpa por no haber aprendido nunca lo que es la severidad -–entre otras cosas, porque nunca me ha parecido un valor, sino todo lo contrario–. Yo siempre pensé que ser justo debía ir unido a tener y mostrar confianza, y así lo he aplicado siempre con ellos –mis hijos–, les he dado cuerda, caminos que hollar... y apenas los he dirigido, pues siempre creí que lo haría por el camino de mis frustraciones. Y he conseguido en ellos señales vivas de fracaso que son también mi propio fracaso.
No entiendo cómo tipos intratables, auténticos estúpidos, tienen hijos cabales que van superando con éxito cada uno de los pasos que intentan. Mis hijos, no. Tienen todos mis defectos y han aprendido a magnificarlos hasta exasperarme. No comprenden nada que no sea en su propio beneficio subjetivo, no saben ordenarse y su desorden físico se traduce en una eterna contradicción en su forma de ser, pensar y hacer.

Y todo esto es para mí como una enfermedad terrible a la que no sé atacar de forma alguna.
Yo quería hijos libres y probablemente esté creando tristes esclavos de sí mismos, pobres hombres, fracasados en lo más importante, en su capacidad de razón y de autocrítica.
Ahora bien, asumiendo mi culpa, que debe ser casi toda, me cisco en todos los planes de enseñanza y en sus putas madres, porque cuando llegan a sus centros de enseñanza se dan de bruces con una pandilla de inútiles que no comprenden más que lo que les indican los absurdos planes de estudios. Niños de 12 años aprendiendo lo que es el trigémino, la octava real, el milagro de los panes y los peces, el nombre de los instrumentos de viento africanos, cómo construir una estructura para un edificio de seis niveles o las aventuras y desventuras de los electrones ante un campo magnético.

En mi tiempo de estudiante no había clases obligatorias de música, la religión era una hora para hacer los deberes, en gimnasia se hacían cuatro flexiones y en dibujo se hacía un retrato de la Virgen del Carmen mientras le mirabas la calva al profesor de turno. Las asignaturas troncales, en las que te enseñaban a escribir, a leer, a practicar con las operaciones matemáticas... ocupaban las horas de más concentración, lo que se resumía en tres asignaturas de auténtico peso y unas cuantas de verdadero descanso. Ahora, ¡Dios santo!, un crío tiene que estudiar ética, moral, dibujo técnico, solfeo avanzado, anatomía y mofología humana –en gimnasia– y la hostia en verso.
Y con cada chaval que fracasa, fracasamos todos... y estamos fracasando de cojones.

(22:40 horas) La tarde la eché en aprender a manejar nuestra nueva encuadernadora junto a Ríchar y el técnico de la marca –un rollo infernal–, pero a eso de las las cinco se me arregló el asunto con la llamada de los colegas vallecanos –ya había olvidado que había quedado con ellos para una entrevista junto a Luis Pastor.
Fue muy entrañable volver a escuchar al colega, aunque fuera de lejos, y oírle decir que necesitaba un concierto en Béjar para resarcir a los que nos quedamos a dos velas en el 73 –creo que fue ese año–, cuando estaba programado en Béjar un concierto de Luis y de Pablito Guerrero y prohibió la autoridad gubernativa.

Adelanté también el principio de su biografía leyendo parte del primer capítulo que tengo escrito y recibí el cariño del amigo hecho palabras.
Buen rollo el vallecano y excelente tipo mi Luisillo.

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