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Al Canfrán a varear fideos...



Debe ser de cuando te mandaban “al Canfrán a varear fideos” o incluso de aquella mar salada de los ‘mecachis’... el caso es que siempre llevo puesto algo de casa [que es como decir algo de antes] en la jodida cabeza... y nado entre una pasión libidinosa por decir lo que me dé la gana y un quererme quedar en lo que era, que es lo que siempre ha sido... pero todo termina como un apresto en las caras, mientras el hombre de verdad dormita entre una sensación de miedo y otra de codicia... ¡brup!... lo siento, es el estómago que anda chungo... y tengo ideología, claro, muy marcada, y la jodida a veces no me deja ver bien, incluso consigue que me ofusque y me sienta perseguido... a veces hago listas de lo que no me gusta y de los que no me gustan... para qué, me digo luego, y las rompo... si al final todo quedará en lo plano y en lo negro, o en lo que sea, que al fin y al cabo será exactamente lo mismo... es por eso que hay días en los que me arrepiento de algunas cosas que he hecho, casi todas por pura visceralidad... y el tiempo es tan simple como pasar del maladrín y el rufián al natural hijoputa... ¡brup!... perdón de nuevo... que la vida es esto y esto y esto, como antes fue aquello, aquello y aquello, pero siempre con el mismo final... así, sí, así sí que puede uno resumirse como un pimpollo y quedarse tan pancho... ¡y me doy cuenta ahora!... ya me vale.
Un minuto, que subo a comprar tabaco...
Ya.
Arriba estaba un camarero de descanso conectado a internet con su portátil y la camarera que me cambió el billete de cinco me dio los buenos días [es por la tarde]... dos parejas entradas en años con unos cafés y una madre joven con una niña de meses con la nariz llena de moquitos catarreros... esto, esto y esto, que ya lo he dicho más veces, sin tener que entrar en más detalles ni en disputas absurdas... y si he molestado, pues pedir disculpas, pero con naturalidad, que vamos a morirnos igual... ahora me duele el cuello por la parte de la nuca, y el dolorcillo se extiende un poco espalda abajo... y eso también sirve, coño que sirve, claro... es estar vivo. ¡Ay!, ¿qué será el miedo? Fui a ver al viejo y se le ve el miedo en los ojos y en los gestos... ¡qué putada!, pobre... yo pensé alguna vez que creer evitaría esa impresión a fuego en las pupilas, pero debe ser que no... y es que no nos enseñaron a separar el miedo de la sensación de final, nunca nos lo enseñaron... más al contrario, nos hicieron parear ambos conceptos y amalgamarlos en uno... pero si morir es lo exacto, ¿por qué no quitarnos por lo menos el miedo pavoroso?, lo haría todo mucho más fácil, como ya se quita el dolor... en fin, un naufragio por donde se mire.
Y ahora recuerdo que ayer vino a verme Cipri para que le hiciera unas fotos. Charlamos un rato y entendí perfectamente todo lo que me dijo... es un tipo que sabe utilizar perfectamente las normas de la lógica y tiene, además, un magnífico don de la palabra. Mientras me hablaba, como yo ya sabía exactamente hacia dónde caminaban sus entrelazados silogismos, me dediqué a escrutar en sus ojos... son unos ojos tristes, quizás de no entender, pero en ellos no encontré miedo, no, más bien era decepción lo que había en ellos, y eso es lo que hace que el tipo me caiga bien, no sé por qué, pero ese contenido en los ojos lo consigue. Le hice las fotos de rigor y nos despedimos con una sonrisa –yo pensaba entonces en otras cosas, pero ahora vuelvo a esa sonrisa en mi memoria y sale nítida–... ‘sabe lo que es el dolor, pero no el dolor rabioso de un instante, sino ése que es hondo y perdura...’ me digo mientras veo la sonrisa en el exacto recuerdo de ayer... eso le debiera dar la autoridad de decir como le salga del alma, pero no lo hace, de hacer lo que le venga en gana... y aguanta, cede, intenta estar e intenta estar e intenta estar... quizás esté empezando a entenderlo todo gracias a esa sonrisa de Cipri, y juro que no era una sonrisa ideológica... era de verdad.
Ahora mismito tengo sed... me voy a pillar una Coke.

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