Si me hubieran preguntado, habría asegurado que el tipo era un tragasables o un nazi atemporal... estaba rapado como los eunucos de los cuentos y tenía unas arruguitas de lagarto en la nuca, justo hasta donde se le extinguía el cuello. Se podría decir que era un gordito de esos que alguna vez se dedicaron a muscularse, pero que se agotó de tanta mancuerna y tanta hostia, y se dejó llevar por las cenas copiosas y las copas en el trasnoche. Agotó su cerveza de trago rotundo y subió las escaleras del chiringuito con una chulería que hacía compás en sus nalgas, bien marcadas en unas bermudas de cuadros blancos y azules. Me sorprendió verle abrir la furgoneta blanca y celeste, una furgoneta “W” de los años hippies, pero absolutamente remozada e impecable... no me cuadraba el tipo con aquella “lechera” extraordinaria... y seguí poniendo firmas putativas en los diplomas, como un zombi... sentí un portazo y volví mi cabeza hacia el lugar del golpe. Era el tipo de la lechera W, que había salido...
Bitácora de Luis Felipe Comendador