Otra vida preciosa dejada en la carretera. Esta vez Cristino, un chaval de diecinueve años que tenía aún por vivir todo lo interesante que ofrece el mundo. Dios es ciego y debe tener bastante mala conciencia [todo a pesar de no existir]. La desaparición de Cristino ha vuelto a traerme a la memoria el rostro de mi amigo Juanito Montero, el del colega Moreta, el del hermano de Iche, el angelical rostro de Antonio Álvarez Maíllo… y, con ellos, otra vez el miedo traído por los hijos hasta el justo centro, ese miedo irreductible, tremendo, agotador. Los coches son armas terribles y el personal sigue empastando sus sueños con un capó, con el aire en la cara, con la velocidad como signo angustiado de libertad o huida. Mi fuerza entera para los padres de Cristino, mi tristeza entera, mi sensación de incapacidad y rabia, mi apoyo para lo que haga falta… porque debemos ser para llevar juntos lo que más pese, porque somos colinas y valles, ríos y mesetas… y nuestro final cierto se merece un ‘siga...
Bitácora de Luis Felipe Comendador