sábado, agosto 07, 2010

Pensando en mi Aisha.


Pensando en mi Aisha, que es rebonita y luminosa, me he puesto a trabajar en una especie de ídolo inconcreto hecho en piedra artificial y trabajado con papel, cola blanca y vinilo, algo que intente representar un antes que yo no conozco en parte, pero que me gusta imaginar, y sugiera un después en clave de destino.
La verdad es que apenas he intentado cosas sobre volúmenes, pero Aisha me pide novedad y estoy disfrutando como un crío chico buscándole al asunto cierta cosa chamánica a la que no sé llegar... el caso es que me he puesto manos a la obra [es decir, en pleno proceso destructivo] y me siento magníficamente instalado en un hacer con las manos que me tiene entre la curiosidad, la atención y el juego de acierto/error que tanto me gusta.
Os enseño unas fotinas de cómo va el asunto.









"Formol con Havana 7" (6)


En la Comuna de París, dos brigadistas hacían mofa de un joven diletante alemán que miraba embobado la Balsa de la Medusa de Gèricault mientras farfullaba en un francés lleno de aristas que el Infierno de Dante era una imagen perfecta de ese tiempo de hogueras.
Cuando el muchacho se percató de que era objeto de las burlas de aquellos hombres, les increpó encendido: «Miraos un momento. ¿Acaso os reís de mi gozo por la contemplación de esta belleza única?... ¿o quizás lo hacéis de vuestra patética revolución proletaria? Queréis el reparto igualitario de la riqueza y sois incapaces de saborear lo prohibido de este santuario del poder opresor. Si lucháis por comida y por dinero, tomad mis pocas viandas y estos escasos francos, gastaos hasta la última moneda en vino y en mujeres, pero no minéis mi hambre estética con vuestras sonrisas maliciosas. Dejadme disfrutar de esta belleza única que ha sido negada a los ojos de los proletarios...».
Los dos hombres, comiéndose el orgullo que les daban sus armas, fueron presa de una vergüenza digna y agacharon sus cabezas. Uno de ellos preguntó con la voz temblorosa: «¿Cuál es tu nombre, camarada?». El chico, ajustándose sus lentes de miope, le contestó orgulloso: «Peter, me llamo Peter Weiss, y soy de Norwaes».
En el Cerro del Hambre, las múltiples huertecillas que trabajaban los vecinos para pasar mejor la hambruna de la guerra conformaban una acuarela luminosa y verde.
Un afiche rojo y negro sobre una pared salpicada de metralla era el único indicio de entusiasmo.


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Deriva a cualquier parte...


Deriva a cualquier parte, como un barco sin velas o un asunto que va de boca en boca... piérdete sin querer en un caos de escaleras y que no se te ocurra volver a guardar tiempo en la alcancía, porque vas a perderlo... llama a gritos a alguien o detente a tocar las cartas viejas con las manos sudadas... mira y quédate todo lo mirado en la retina, y haz un archivo grande de imágenes que jueguen a mezclarse como la leche fría y el azúcar tostado...
Somos de contrapesos nítidos y también de pesas falsas, tortugas con su casa y con sus cosas siempre a cuestas... y también a veces un horno de miradas donde hacer dulces o pan reciente... entonces te llaman de un medio donde van a entrevistarte en unos días y sientes que su miedo es visceral, que te temen sin siquiera haber visto tus ojos una vez... y quieren saber todo lo que vas a decir, quieren saber tus luegos para ese control bobo de un absurdo directo que pasará de largo por miles de oídos sin atención ni ganas... ‘qué debo decir’ debiera ser igual que ‘qué quiero decir’, pero eso es imposible en el mundo mediático del control para todo y para casi todos... todo termina siendo un ‘ di exactamente lo que yo quiero que digas’... y me pongo a pensar en este turno de oficio que es la vida + la literatura + los medios, en este ‘todo debe ser mentira’ por aminorado y deshecho, por diluido y bebible...
El hombre es, en definitiva, un torno para el hombre, un torno donde modelarle y modular sus palabras y sus gestos, un torno que te haga parte del percentil y elimine las dudas posibles haciéndolas eternamente imposibles... así que me hago una lista y escribo, sin pensar, lo que pienso:

¿Qué quieres que diga para que diga lo contrario de lo que quieres que diga?

A veces el ‘no me gusta’ se cambia por un ‘no me parece adecuado en este momento’.

No quiero, pero sé que cada hombre es mi enemigo.

Follar es bastante mejor que matar... ¿por qué no es noticia cada polvo que echamos?

‘Pistola’ se puede decir... ‘polla’, no.

¿Por qué mi seguridad siempre es la falta de seguridad de quien tengo enfrente?

¿Tan importante es lo que yo pueda decir, que intentan silenciarme antes de abrir la boca?

¿Qué gano yo por decir lo que quieren que diga y callarme lo que me apetece decir?... ¿y quien me pregunta... qué gana o qué pierde?

¿Realmente puede ser interesante mi punto de vista sobre el mundo?... si es así, por qué tengo que callármelo... si no es así, ¿para qué me piden que hable?

‘Bomba lapa’ se puede decir... ‘felación’, no.

La verdad es antiperiodística.

La sinceridad no debe tener audiencia.

‘Pederasta’ se puede decir... ‘paja’, no.

Y recurro sin más al paisaje de la carne, la mía, como un dromedario lento y desaguado... y digo taxativamente que prefiero follar entre gemidos que aguantar una charla entre filósofos, que me va más tocarme que escuchar el descenso a los infiernos del último maldito de los medios, que prefiero sin dudarlo unas manos corriendo vientre abajo que los mejores poemas de la generación entera del 27... pero también disfruto arrasando con purito sarcasmo cabrón al que le niega el pan a los muertos por la violencia fascista de la derecha española cavernícola [a veces pienso que son peores quienes ponen un no sonriente y hasta educado que quienes dispararon las balas], también disfruto fumando mientras miro los cuadros de Ensor o de Nolde o simplemnte viendo el vuelo mágico de los cernícalos desde la ventana de la cocina de mi casa.
Luego, no sé por qué, pienso en la metáfora de soledad de Fernando Jover [será porque la tengo cercana y permanece reciente en mi cabeza]

viernes, agosto 06, 2010

"Formol con Havana 7" (5)


Cuando Marc Chagall estaba pintando «El muerto» en su estudio de San Petesburgo, su tío tocaba el violín sentado sobre la chimenea del tejado de la casa. En la calle acababa de fallecer un hombre de muerte natural y las vecinas habían rodeado su cadáver de velas mientras llegaban los empleados públicos encargados de retirar el cuerpo. Un barrendero hacía su trabajo de limpieza ajeno a aquel deceso sobrevenido como una parte más -no sé si la única- de la vida.
Mientras manejaba el pincel, Marc pensaba en cómo se ha de pintar una calle con formas físicas, pero sin literatura; en cómo construir una calle tan negra como un muerto, pero sin simbolismo.
Yo, entonces, aparecí por la casa, como era mi costumbre, para ver el trabajo de mi amigo y para departir con él.
Marc estaba risueño y triste a la vez, como casi siempre.
Le describí el rictus de la cara del muerto y el gesto patético de una mujer alborotando entre gritos y llanto y, en un instante eterno, le vi trabajar con los rojos y sumarle al cuadro un muerto tendido en medio del empedrado de la calle. Me sonrió levemente, como dándome las gracias, y me rogó que me sirviese un vodka del aparador de roble que estaba junto a la ventana del estudio.
El violín sonaba como una caricia eterna.
Tres años más tarde, en un viaje con Marc a Vitebsk, su ciudad natal, realizó una aguada rápida de aquel cuadro que regaló al director de la escuela Svanseva -su escuela de niño-. El director, Mijail Mariaska, se lo agradeció invitándonos a comer pescado en salazón en una de las múltiples tabernas del pueblo.
Fallecido Marc, viajé a Nueva York como invitado de la fundación Chagall de esa ciudad y, para mi sorpresa, vi colgado en el despacho de su presidente el mismo cuadro en una versión fechada cuatro años después de la realización del original. Era un cuadro lleno de sienas, rojos y azules intensos. Pregunté por su procedencia y me explicaron que mi amigo Marc repetía ese cuadro cada vez que tenía que agradecerle a alguien cualquier circunstancia de amistad.
Yo quedé triste, pues Marc Chagall nunca reprodujo «El muerto» para mí.


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jueves, agosto 05, 2010

"Formol con Havana 7" (4)


A Eduardo Arroyo no le preocupaba tanto la propuesta pictórica de su obra como la ésthesis que le llevaba a pintar.
Por aquellos días andaba enredado en una obra sobre Walter Benjamin que sería la insignia del diario «El País» en «ARCO». Yo le visitaba frecuentemente y, mientras él trabajaba, charlábamos de esa lógica estética tan bien diferenciada de la lógica del conocimiento formulada por Aristóteles o de la lógica de la voluntad que enunció y desarrolló Herbart.
Así, mientras que la belleza tenía franca correspondencia con la lógica del conocimiento y la benevolencia con la lógica de la voluntad, la lógica estética se abría a nuestros ojos con un claro componente de «no utilidad» -que no «inutilidad»-. No obstante, Eduardo insistía en dotar a su obra de una enseñanza, de un antes y un después narrativos que conformasen un paréntesis poético que resultaba ser la misma creación, sumándole una ética personal a esa estética globalizadora y llegando, así, a una voz propia perfectamente original y definida.
Debido a un viaje por el continente africano, dejé de ver a Eduardo Arroyo por unos meses. Cuando volví a Madrid, «ARCO» ardía en todos los titulares de prensa como la más rabiosa actualidad cultural del momento. Tomé un taxi y me dirigí hasta la Feria de Arte Contemporáneo –siempre feria de vanidades– con auténtica sed de conocimiento y abrigando la esperanza de poder abrazar a mi amigo.
Al personarme en el lugar me asaltó la duda del valor de esta pantomima con el apellido «Arte» blandido como bandera incontestable. El público era numeroso y la oferta ciertamente irregular.
En el stand de «El País», uno de los más prestigiosos –según rezaban los comentarios del día en «El País»–, colgaba el cuadro de mi amigo Eduardo sobre Walter Benjamin. Un grupo de escolares reía delante de él mientras un par de sesudos diletantes con gafas redondas y barba de varios días comentaban el descenso de calidad en la última etapa de Eduardo.
Los insulté a voces, defendiendo lo que consideraba una verdadera obra de arte.
Dos guardias jurados me sacaron del recinto a empellones mientras los diletantes se sumaban a las risas del grupo de chavales.
Ahora, por lo menos, se reían de mí.
No he vuelto a saber de Eduardo Arroyo desde entonces.

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"Formol con Havana 7" (3)



Salvatore Quasimodo recogió su premio Nobel y se fue a comprar almendras agrias, dejando a la curia política sueca con dos palmos de narices.
En el puestecito donde compró las almendras amargas se encontró con un anciano español y se enzarzaron en una conversación en la que se mezclaban el inglés, el italiano y el castellano.
El anciano español, que respondía al nombre de Alberto Segade, le mostró su admiración por saber degustar esas difíciles almendras, y Salvatore Quasimodo le dijo: «Amigo, la poesía arrastra a la vida y la política empuja a la muerte; por eso necesito sensaciones físicas no demasiado agradables al paladar, porque vengo de un acto político en el que he sido protagonista y al que he asistido sólo por dinero».
Alberto frunció el ceño y aprovechó para contarle su azarosa vida entre El Ferrol, Barcelona y un pequeño pueblo de Salamanca, mientras salpicaba la historia con algunas anécdotas de políticos infames. «Habría que hacer una nueva revolución» -terminó diciendo.
«Sí -respondió Quasimodo-, la poesía se beneficia de las revoluciones porque puede participar en ellas con un sentido constructivo...».
«Pero, ¿es usted poeta?».
«No soy político, don Alberto, no soy político».

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El día 14 de agosto, a las doce del mediodía y en la Casa de la Cultura de Malpartida, se presenta el libro "Pedro Mirón García. Antología de su legado documental", escrito por Higinio Mirón, acto en el que tengo el honor de participar como homenaje a las víctimas del terror franquista y, en especial, como homenaje particular al padre de mi amigo Higinio.

miércoles, agosto 04, 2010

"Formol con Havana 7" (2)


Estaba yo escuchando ese día la ópera «María», de Astor Piazzola, cuando llamaron a la puerta con cierta insistencia. Abrí.
Ante mis ojos estaba el mismísimo Friedrich Hegel con un legajo entre las manos.
Me rogó que le permitiera descansar para reponerse del esfuerzo que le había supuesto llegar hasta mi casa -vivo en un sexto sin ascensor.
Mientras Hegel descansaba, le pedí con la mirada que si me dejaba echarle un vistazo al legajo, a lo que asintió con una leve sonrisa.
Una leyenda que rezaba «Vorlesungen über die Aesthetik» ponía título al conjunto. Los papeles estaban teñidos de grafías ilegibles y apretadas, de tachaduras y correcciones.
– Son mis lecciones de estética -me dijo Friedrich.
Y pasamos el día y la noche discutiendo sobre esa teoría filosófica de lo bello que tantas horas de reflexión le habían llevado.
Sin atender a mis múltiples ofrecimientos de bebida, Hegel cabalgaba como un avezado jinete sobre las ideas de la crítica y la perceptiva, a la vez que intentaba definir una suerte de síntesis especulativa que fuera capaz de poner solución a ese principio único llamado arte.
Con la amanecida, empezó a zarandearme vivamente para hacerme entender lo que él mismo era incapaz de explicarse.
A las ocho, una hora después, se fue sin despedirse con su legajo bien apretado entre los brazos, y lo hizo muy enfadado.
Jamás he vuelto a verle.

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Y que me encontré con Fernando Jover...


Oye, que nada, que entre algunas malas noticias de muertes y enfermedades cabronas de cercanos, llegó Joselín de EEUU cargado con periódicos, recortables y una camiseta molona de San Francisco en color café y de mi talla... y que estábamos tomándonos una horchata de chufa y se me presentó como si nada el coleguilla Fernando Jover, director de cine y amiguete entrañable con el que enlacé hace justo un año, durante la Semana de Cine Español bejarana... charlamos, reímos, nos contamos penitas [entre ellas la muerte del poeta venezolano Alberto Arvelo Ramos, al que tuve el placer de dedicarle uno de mis libros que le hizo llegar Fernando ]... yo le regalé una cámara de cine americana de los años treinta y él me dedicó el DVD de su último trabajo cinematográfico, “Champagne Supernova”, una hermosa metáfora sobre el dolor de la soledad [más dolor que el dolor] protagonizada por la deliciosa Assumpta Serna y David Villaraco, una metáfora que juega al desconcierto y trae un tema grande [a muchos les cae demasiado grande] para las gentes de mi tiempo: la eutanasia.
Fernando consigue enredarnos con su trabajo, nos ovilla para luego desovillarnos mánsamente, como esa lluvia tranquila que cae en los otoños, el orvallo, y moja hasta los huesos sin sensación de chubasco, penetra y puede. Felicito a ese colega alto y generoso por su trabajo [cuenta ya con diversos galardones que le dan ese otro crédito hecho de oropel], felicito a su estampa de duro por esconder tan alta sensibilidad y tan buen gusto, felicito que aún marque con su corta coleta ese lazo que une el mundo de los hombres normales con el de los tipos extraordinarios... y me felicito yo por poder tenerle como amigo.
Luego recibí mail del gran Luis Alberto de Cuenca, mi queridísimo LA. me decía lo que sigue...

Querido Luis Felipe, el tiempo pasa, pero el cariño permanece (el que te tengo y te tendré hasta que me muera).
Me gusta saber de ti directamente. Pregunto por ti siempre a los amigos comunes, pero es cierto que hace un huevo que no hablábamos de tú a tú.
Mil gracias por hacer de *go-between* con tu viejo amigo De Cuenca (pero de Madrid).
Lo nuestro es para siempre. Sólo la Pelona será capaz de separarnos.
Muchos besos y abrazos para ti y para toda la familia.
Tu fraterno
Luis Alberto

... y recordé que tengo mil conversaciones pendientes, infinitas visitas por hacer y por recibir, mucho cariño que dar y demasiadas cosas por las que admirarme y sentirme feliz... hoy, que la muerte ha tocado por aquí un par de veces [y le abrieron las puertas de par en par], siento con nitidez que estoy vivo y que quiero vivir con los ojos abiertos y los brazos dispuestos a recibir... Fernando, Luis Alberto, Jesús, Antonio... ¿por qué me gusta tanto vivir cuando siento cerquita pasar a la muerte?

martes, agosto 03, 2010

"Formol con Havana 7" (1)

Me apetece un montón ir recuperando poco a poco en esta bitácora los cuentos que completan mi libro "Formol con Havana7" [Delaluna libros, Mérida]... Ahí va el primero:

Nunca nadie supo que Armand Després, después de su discurso sobre los malos efectos de la asepsia en la cirujía -pronunciado ante la gran aceptación de sus colegas en la Academia de Medicina Francesa-, asistió la operación urgente de su hijo Fernand -atropellado por un carruaje en la Rue Robespierre-, lavándose la manos con un fuerte jabón de sosa y esterilizando todo su instrumental con un cognac de extraordinaria añada.
Que una cosa es el prestigio ante la masa y otra muy distinta la familia.

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domingo, agosto 01, 2010

Josetxo Lamy expone en Béjar.


Esta mañana recibí un mail invitándome a la exposición de un magnífico amigo de la forma que sigue: "El próximo día 4 de agosto se inaugurará la exposición del artista donostiarra Josetxo Lamy. Será a partir de las 20:30 horas. Esperamos tu asistencia." Y
hace unas semanas escribía el texto que copio abajo para mi amigo Josetxo Lamy con motivo de otra exposición que inauguró hace poquito.
Estaré presente junto a J., que me apetece mucho, en el día de la inauguración... va el texto:

Pelados, tristemente naturales,
en inmovilidad de largas crines
desgarbadas, sumisos a confines
abalanzados por los herbazales,

unos caballos hay. No dan señales
de asombro, pero van creciendo afines

a la hierba. Ni bridas ni trajines.
Se atienen a su paz: son vegetales.

Tanta acción de un destino acaba en alma.
Velan soñando sombras las pupilas,
y asisten, contribuyen a la calma

de los cielos -si a todo ser cercanos,
al cuadrúpedo ocultos- las tranquilas
orejas. Ahí están: ya sobrehumanos.

Jorge Guillén


Un éxtasis, diez líneas destrazadas, algunas manchas nítidas, rotundas… y un gesto parecido a ese sonido que suelta el clavicordio en una Iglesia retirada del culto hace unos años…
Hace un tiempo leí como atontado la ‘Crítica del juicio’, del superclase Kant, con la difícil meta de afinar en lo posible mi criterio [si es que puedo aspirar a algún estadio de esa mercancía, que no lo sé]… y solo aprendí de aquella lectura, y ya me parece mucho, que el Arte puede tratar cualquier asunto y enredarse en cualquier sentimiento, independientemente de su moralidad, incluso en el horror, pero que tiene un solo límite, que es el asco. Así que vale todo o casi nada, que depende de lo escrupuloso que sea quien mira.
En fin, cosas de viejo que anda en el trazado de saberse… y no atina.
Que venía yo a estas letras, por encima de todo, a hablar de ese mundo Lamy destramoyado [solo muñeca, mano y sentimiento] y lleno de sensaciones oníricas y lúbricas… todo un diario en trazos y destrazos, sincero y elitista, lleno de feeling [emoción, sentimiento] y enganchado a un manierismo hermoso y masculino… un diario sincero de caballos y cuerpos, de deseos y estados parecidos a los de los jóvenes bañistas del Duina exponiéndose al sol en cualquier mediodía… y encontrarse en los ojos, mientras miras, graves textos de Wilde, poemas de Verlaine, versos de Pasolini, suspiros de Cernuda… e incluso alguna metáfora preclara y gongorina [que eso es puro equilibrio] de Javier Lostalé… y también un proyecto de muerte estética muy cercano a Kavafis.
Entrar en el protomundo de Josetxo Lamy es muy grecorromano, pues el descendimiento posible hasta un infierno incierto solo puede admitirse en parámetros netos de exacta decadencia [la decadencia es bella, como pétalos secos entre cartas antiguas]… y la ascensión más clara es hasta el justo Olimpo de las formas perfectas, de los músculos tensos, de las cadenas puestas de inflamado deseo.
Pero, además de todo lo que aquí queda expuesto, lo mejor, lo más denso… es que Josetxo late en cada trazo suyo con latidos de riesgo… y, además, es mi amigo, un amigo constante, decido y experto en no desamigarme…
Yo le admiro… y le quiero.



"La ciudad incuba huevos muertos". Metáfora oval para "La Webera"


Acabé por fin la serie que me encargó Cati para "La Webera"... y he quedado agotadito y con las manos hechas unos zorros.














Día completito con cernícalo.

Resulta curioso cómo las crías de cernícalo que caen todos los veranos desde el tejado de mi casa, siempre buscan refugio en mi coche...
o se esconden debajo de él o simplemente, como el que veis en la foto, se posan en el techo y esperan a que los recoja.

La verdad es que ayer el día salió completito... tuneé trece huevos, besé a mi Aisha bonita [que ya sale de paseíto con Sandra y You cuando cae el sol y la temperatura es soportable], abracé al tío Antonio [que andaba en camisetina de tirantes por la calle Colón a las once de la noche] y salvé a una cría de cernícalo que había caído desde el tejado de mi casa ensayando sus primeros vuelos [todos los años me toca salvar a algún cernícalo –este mes es el segundo– y ya tengo muy aprendido el sistema, pues tengo localizados los nidos y el acceso al tejado desde el que devolverlos a su seguridad... antes los entregaba al Seprona, pero eso no me dejaba buen cuerpo –estaban conmigo mis hijos y sacaron unas fotos del proceso–]. Así que dormí medio feliz, aunque poquito, que el calor está cabrón y me tiene acotadito el sueño.


El bichito de anoche era realmente dócil y en ningún momento hizo el gesto de picarme...
yo acercaba mi mano a su pico y él giraba su cabeza para observar mi mano.


Siempre los cojo con un pañito para no impregnarles de mi olor y, así, no provocar el rechazo de sus padres.


Y ahí lo tenéis, en el tejado donde tiene su nido...
se quedó un par de minutos mirándome y luego bajó a saltitos hasta el canalón donde están los nidos,
que en mi tejado tengo contados cuatro.


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