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Mostrando entradas de julio 19, 2009

Quiero a Céline...

Terminé con “Rayuela” [aunque no la he dejado aparcada, pues creo que consultaré sus páginas con frecuencia diaria] y con “Cien años de soledad” [creo que no volveré a abrirlo en mucho tiempo], y pillé mi ejemplar de “Pulp”, editado por Anagrama en 1996, cuando solo cinco vehementes sabían en España quién era Buk y lo que traía debajo del brazo [de su poesía no se conocía nada de nada por entonces]. Yo recordaba el libro como una novela dinámica que me despertó en su día simple curiosidad por el autor, una novela que recomendé con profusión durante unos meses a amigos y conocidos.

Yo estaba sentado en mi oficina, mi contrato de alquiler había vencido y McKelvey estaba empezando los trámites para desahuciarme. Aquel día hacía un calor del demonio y el aire acondicionado se había roto. Una mosca se paseaba lentamente por encima de mi escritorio. Extendí el brazo con la palma de la mano abierta y la puse fuera de juego. Me estaba frotando la mano con la pernera derecha del pantalón cuand…

Aquella periquita.

*[Esta entrada tenía una imagen, pero he decidido quitarla...]
Sé que es una maldad, pero no me resisto a contarla porque me arrepentiría de no hacerlo. Hace unos meses, cuando montaba obra propia como decoración de un hotel en un pueblito de la Sierra de Francia, durante uno de los descansos de aquel ajetreo decorativo, me acerqué a la plaza del pueblito para tomarme una Coke fría, pues hacía un calor del carajo. Para mi sorpresa, allí estaba uno de mis más admirados amigos sentado junto a una lindísima chica argentina a la que me presentó como su pareja. Yo, alegre de encontrarme a mi amigo, acepté la invitación de sentarme con ellos a tomar mi refresco y charlamos animadamente de cosas banales. Debo contar, antes de continuar con el relato, que tengo muy mala memoria cercana [y también lejana] en lo que se refiere a nombres, calles y números de teléfono, por lo que uso nombres icono que me sirven siempre para salir del paso. Si el objeto del olvido es un varón, lo llamo siempre ‘chiqu…

Se vencían las marioplumas...

Y de pronto Cotázar se transforma en Oliverio, pero peor, aunque se atina el dejado homenaje y se perdona... y a mí me sirve para desenroscarme de la duda de ayer, que fue dolosa y dolorosa, casi como un cilicio de sufriente profano. No importa si en la letra se hace homenaje al padre, no importa siempre que se sepa, que uno mismo lo sepa...

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entrepluma…

... tomarse los senos con las manos...

“No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de los vasos de cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo. La Maga acababa por levantarse y daba inútiles vueltas por la pieza. Más de una vez la vi admirar su cuerpo en el espejo, tomarse los senos con las manos como las estatuillas sirias y pasarse los ojos por la piel en una lenta caricia. Nunca pude resistir al deseo de llamarla a mi lado, sentirla caer poco a poco sobre mí, desdoblarse otra vez después de haber estado por un momento tan sola y tan enamorada frente a la eternidad de su cuerpo.”.
No has estado atento otra vez, ¿ves? Hay algo en el pasado que siempre debe recordarse o llevarlo encima como una medallita de la Virgen local o esas pulseras necias que lucen algunos hombres en las muñecas. Tú tenías que haber recordado cada día de tu vida que habías leído a Co…

Pola Paris... Fernanda...

Después a Oliveira no le pareció extraño que Pola se mostrara perversa, que fuese la primera en abrir el camino a las complacencias, que la noche los encontrara como tirados en una playa donde la arena va cediendo lentamente al agua llena de algas. Fue la primera vez que la llamó Pola Paris, por jugar, y que a ella le gustó y lo repitió, y le mordió la boca murmurando Pola París, como si asumiera el nombre y quisiera merecerlo, polo de París, París de Pola, la luz verdosa del neón encendiéndose y apagándose contra la cortina de rafia amarilla, Pola París, Pola París, la ciudad desnuda con el sexo acordado a la palpitación de la cortina, Pola París, Pola París, cada vez más suya, senos sin sorpresa, la curva del vientre exactamente recorrida por la caricia, sin el ligero desconcierto al llegar al límite antes o después, boca ya encontrada y definida, lengua más pequeña y más aguda, saliva más parca, dientes sin filo, labios que se abrían para que él le tocara las encías, entrara y rec…

Rayuela

“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.”. Así empieza ‘Rayuela’ y así debiera terminar, y es por eso que escogí hace ya muchos años la poesía como forma de expresión mejor y sigo empeñado en ello.
Hace unas semanas me propuse volver a leer poco a poco todos los libros que me marcaron en mis di…

Si me hubieran preguntado, habría asegurado que el tipo era un tragasables...

Si me hubieran preguntado, habría asegurado que el tipo era un tragasables o un nazi atemporal... estaba rapado como los eunucos de los cuentos y tenía unas arruguitas de lagarto en la nuca, justo hasta donde se le extinguía el cuello. Se podría decir que era un gordito de esos que alguna vez se dedicaron a muscularse, pero que se agotó de tanta mancuerna y tanta hostia, y se dejó llevar por las cenas copiosas y las copas en el trasnoche. Agotó su cerveza de trago rotundo y subió las escaleras del chiringuito con una chulería que hacía compás en sus nalgas, bien marcadas en unas bermudas de cuadros blancos y azules. Me sorprendió verle abrir la furgoneta blanca y celeste, una furgoneta “W” de los años hippies, pero absolutamente remozada e impecable... no me cuadraba el tipo con aquella “lechera” extraordinaria... y seguí poniendo firmas putativas en los diplomas, como un zombi... sentí un portazo y volví mi cabeza hacia el lugar del golpe. Era el tipo de la lechera W, que había salid…