
Salamanca no es una ciudad bonita si vas a ella como suelo ir yo: al hospital o a dejar a los hijos a su suerte. Ayer hice una de esas visitas roncas y me afectó psíquicamente y físicamente. Viajamos para trasegar todas las cosas de Mariángeles a su nueva residencia helmántica y ya el viaje de ida estuvo lleno de silencios larguísimos. Ya en Salamanca, encontré aparcamiento justo a la puerta del edificio donde residirá mi hija [tengo para esto una flor en el culo], descargamos y subimos hasta el piso cuarto con cierta emoción contenida [mi hija va a residir justo al lado de donde vivió sus duros años poéticos Aníbal Núñez… espero que se le pegue un poquito de aquel espíritu]. La vivienda es desoladora: techos altísimos, luz macilenta, pasillos infinitos, sensación de desalojo, suciedad y un silencio tenso. Y si ya hablo de la habitación donde mi hija pasará sus días y sus noches, pues me dan ganitas de ponerme a gritar: en un aproximado espacio de tres por cuatro metros hay un armario, una estantería, una mesillita, una cama de 80 con un colchón viejito y una mesa compuesta de dos burrillas y una pieza de tablex vieja que no ajusta ni apoya bien. Se completa el cuadro con un ventanal altísimo que cierra con dificultad y da a un oscuro patio de luces lleno de hollín y suciedad, así como con una lámpara de araña de cinco luminarias en la que solo hay una bombilla en uso de mínimo voltaje.
Mi hija nos miraba a todos con cierta cosa inquisitiva y sonreía nerviosa. Yo quitaba hierro apuntando probables arreglos de la estancia y asegurando sin creérmelo que un espacio se hace cuando se habita.
Pusimos manos a la obra e hicimos una lista de compras urgentes para dotar a aquel vacío inmenso en un espacio mínimo… y salimos de compras con la lista en la mano: cubrecolchón, sábanas bajeras, una almohada con dos fundas, toallitas, un flexo y una lámpara… y varias cosas más.
Después de las compras fue el turno de Guillermo, que quería merendar en un McDonal, así que fuimos a hacer el sacrificio con el crío y le dimos salida a un menú infantil, a unas hamburguesas, a unas cokes y a unos heladotes cremosos que nos dejaron la tripa hinchada y la sonrisa puesta durante un ratito.
La vuelta a casa fue algo más hablada, tanto, que, debido a las obras y a la conversación, me pasé los dos cruces para entrar a Béjar y acabé en Puerto, donde tuve que dar la vuelta para llegar a casa.
Habrá que hacer la magia más especial para que aquella estancia se convierta en hogar… ya veremos cómo y de qué forma.
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“Escribo con palabras que tienen sombra pero no dan sombra…” Guillermo Sucre en ‘De la vastedad’
Escribo con palabras de humo y fracaso con ellas, aunque me enseñan a no sentir temor de mí. Escribo con marcas de mis uñas en la piel y me hago daño, pero hay que construir del barro de alguna forma y apuntalar los días con algo de humildad.
Si me siento en el escalón más bajo, escribo con angustia… si me inflamo y me creo con la fuerza de un papel que representar, me sobro y no me gusto… si me hago un muerto o me presiento perseguido, escribo con la furia de lo que está acabando… si manejo mi vació, suelo entrar en la más nebulosa ilusión creativa… si miro al otro y me miro en el otro, tan solo puedo ofrecer mi desnudez silenciosa y abandonada.
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Si algo deseo de verdad, con fuerza y esperanza, es conseguir alumbrar una filosofía de mí. Y sé que a ello solo he de llegar por la poesía o por esa extrovertida condición de contar cada uno de mis días en este espejismo diario.
Una filosofía de mí que no mienta, aunque a veces se enrede en círculos concéntricos y otras entre en continua contradicción consigo misma.
Necesito saberme, y luego conocerme, y después intentar explicarme… y que todo se encauce hacia el uno plural que me siento. Necesito tener claro el camino para decidir continuarlo o detenerme.
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La bruja tenía esta mañana ojos de noche y andaba estirando manteles granates sobre las mesas. Se había pintado como en los días de fiesta y su braguita se marcaba bajo el pantalón negro como una elipse mágica que se perdía en los muslos. Le dije buenos días y me sonrió con su boca marcada por el carmín.
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Las ventanas de arriba siempre me dicen algo, y quiero que mis versos sean como ellas.
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Hay algo íntimo, mío, en lo que no sé entrar, y lo guardo como un secreto que yo mismo desconozco y no tiene aún expresión ni sentimiento, pero es como un abismo presentido que no atina a hacerse llaga, un latido, un tiempo que vendrá y que ya es memoria por su ensimismamiento.
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La poesía es una extraña indisposición del ánimo.
me has contagiado la tristeza de una habitación muerta, creo que no podría quedarme en un sitio así, aunque tal vez con un padre como tú podría, seguro...
ResponderEliminarmariángeles y tú me dáis envidia (sana).
unos textos muy mágicos... me siento extrañamente indispuesta.
bicos de madre sufridora,
Vaya gozada de entrada, larguita, como a mí me gustan (lo primero que hago cada día al entrar aquí, es mirar la longitud de tus escritos para administrarme las prisas...)
ResponderEliminarTu impresión al ver la habitación de tu hija no se distancia mucho a la de mi madre cuando vió mi piso... bueno..., ella llegó a llorar, y "para quitarle hierro al asunto" me miró a los ojos y me dijo: ¡"hija, vaya mierda que has comprado"! (la cara de mi padre también era un poema); pero no pasa nada, puse en marcha el Plan-Cenicienta, y ahora todos me dicen que si lo vendo, les avise (de boquilla, ya sabes...)
Las fotos chulísimas, las últimas, las robé hace un par de noches en una página de internet. y ¿los desnudos son de Helmut Newton?.
Bueno, no me enrollo más, que sé que ya estás hasta los webs de mí, (pero tranqui, que me marcho una temporadita). Te deseo una feliz salida y entrada de... MESSS. Que te vaya todo bien.requetebien, un besazo fuerte.
Ñoras, ñores: a cuidarse!!
pd.: Ya veo que Aldabra (la sirenita) ha caído también en tus redesssss¡!, jeje, es que es inevitable!!
¿Qué pasa, hermosa Dc, te vas de vacaciones?
ResponderEliminarSi es así, que te lo pases de puta madre.
Beso
Los hijos que se van a su vida, querido Luis Felipe, nos dejan una sensación extraña y nos pillan siempre con el paso cambiado. Y, lo que no sé bien si es malo o bueno, nos acercan más a nuestros padres.
ResponderEliminarRecuerdo hace mas de 25 años cuando vivi en varios "pisos" "zulos etc" en Salamanca, hoy vivo en un chalet adosado, tengo un BMW una TV de plasma etc...Pero nunca lo pase tan bien como cuando vivi en Salamanca, espero que tu hija dentro de muchos años tenga los mismos recuerdos que tengo yo hoy.
ResponderEliminar25 años despues somos esclavos del trabajo, de la familia, de la sociedad y de toda la mierda que nos rodea que por ciero es mucha.
Saludos y toda la suerte para tu hija.