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Béjar por la mañana es menos Bosco y bastante más Brueghel el viejo.


Béjar por la mañana es menos Bosco y bastante más Brueghel el viejo. Basta apostarse en una acera con un cigarrito en la boca y esperar a que vayan pasando los personajes deliciosos que pueblan el lugar.
Hoy, ante la falta de curro, decidí posarme en una acera durante una hora larga cargado de Chester y con los ojos dispuestos a pelear el tedio. Allí la santa con el pan del día que olfatea sus bragas antes de ponerlas a lavar, allí el anciano despertando a la muerte con su bastón pulido de castaño mirando a la argentina grandona como con hambre, allí la mamá indescifrable que presiente mi mirada mientras va con su vástago afanosa moviendo sus tejanos como una actriz antigua, allí los dos adolescentes que se gustan pero que no se atreven, allí la cubana y los tres africanos con sus mochilas llenas y sus móviles, allí la cruz de unos ojos que perforan como queriendo sumar y multiplicarse, allí un estremecimiento y unas ganas, un casi desmayo y una refriega escueta con el municipal que no deja aparcar a la justa hora de la salida del colegio. Y en un momento se arremolinan madres y abuelos esperando el goteo de los críos y confundiéndose como en un letargo. Y pasa el fontanero –como todos los días– y me saluda, y corre la criada extranjera detrás de su señora –que tiene inflado el culo por las ínfulas del ‘doña’ que le dice la mucama–, y el que por la noche se pone hasta el culo de cubatas reposa bajo el sol aguardando a su retoño, y la peluquera que pasa y me sonríe con un movimiento de cabeza, y el cura jubilado con su panza bien llena bufando por los doce pasos que acaba de dar, y otra vez el fontanero en su furgón con su saludo… Y las madres, apresuradas, llegan con botas altas y los pantalones remetidos, en chándal blanco y rojo escondiendo sus mallas de la horita de batuka que se acaban de pegar en el gimnasio, con jerselones Belle de Jour, con gafas de sol que les tapan media cara, con carritos de la compra llenos de verduras, con sostenes de tirantes transparentes que brillán en los hombros con los rayos del sol, con cinturones de hebillas desmesuradas, con tacones y manoletinas y tenis blancos y botitas de running… todas me saludan porque nos vemos siempre a la misma hora y en el mismo lugar, y pasan las dos gitanonas vestidas de negro como tapando la calle con sus enormes zamoranos de reserva.
Béjar a las 12:45 a.m. no está como fallecida porque la gente se roza en las aceras o se retuerce sorteando a los coches. Y si lo miras bien, verás que todos ellos se apetecen, se buscan, se acometen deseando palparse… e incluso se codician con cierto ardor de calle.
Y de pronto dejé como colgados mis ojos infantiles en las cornisas breves y abandoné mi oído a todos los sonidos familiares que me llegaban sonámbulos como charcos pequeños. Todo se hizo viscoso en esa necedad de mirar lo imposible… Cal viva en el misterio de las cosas comunes que pasan y no sé percibirlas, cal viva para ocultar las víctimas de mi mala memoria perceptiva… y atardeceres turbios, y angustia de pan reciente, y olor a nubes bajas, y seducción anónima mirando unas caderas, y grillos en los ojos, y lenguas que se mueven, y alacranes de musgo humedecido, y el eco de unas manos… porque en el asfalto frío no caben las huellas de los hombres.




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