
El cráneo barnizado de algún/a pobre salmantino/a reposó sobre la mesa de mi habitación durante un par de años. Yo mismo le abrí las suturas con garbanzos introducidos por el foramen magno del occipital y puestos en remojo con agua para hacerlos hincharse y que presionasen hasta separarlas. Yo solito lo herví durante media hora en una enorme perola con agua y perborato sódico para que blanqueara y luego le di tres capas de barniz brillo.
Al principio me parecía un hermoso elemento de diversión, y poco a poco terminó resultando una perfecta excusa para el pensamiento. Algunos días charlaba con él de tú a tú y por las noches me despedía pasando mi mano derecha por su pulido cogote. Con el tiempo le puse una vela sobre los parietales que dejaba encendida durante las horas nocturnas de estudio… y terminé aburriéndome de su vacía mirada y se lo regalé a un coleguilla que estudiaba medicina y que siempre que me visitaba lo miraba con auténtico deseo y me decía mientras lo acariciaba: “¡Qué hermosa sutura sagital, Felipe!”.
Con el tiempo lo he echado mucho de menos, hasta el punto de que hace pocos años llamé a mi amigo, que ejerce la medicina en Extremadura, y le pregunté por él con la escondida intención de que me lo devolviera, pero mi amigo me contó que lo había extraviado en una mudanza, lo que me dejó triste.
Hoy recuerdo aquel cráneo, al que le llamaba Rogelio sin saber si había pertenecido a un hombre o a una mujer, y paso mi mano por el mío, presionando para sentirlo y sentirme con cierto valor de objeto pasajero y ser efímero.
Somos hermosos y absolutamente vulnerables, y no sé cómo hemos llegado hasta aquí ni puedo imaginarme como empezó todo, aunque me niego taxativamente a la figura de un dios creador; y me maravillo de cada uno de mis movimientos, y me asombro de mi poder expresivo, y me espanto con gozo de mi pensamiento.
Nunca sabré qué soy ni por qué soy, pero me empeñaré en seguir siendo magia completada a base de física y química, en seguir con gravedad el decurso de mis ideas, en amar como pueda y me dejen, en mirarme en el espejo y volverme a asombrar cada madrugada.
Soy el después de Rogelio y el antes de todos los hombres que me sucedan, y me encantaría hacer de palmatoria a la vela de un joven dentro de unos años.
Un verdadero Hamlet a la bejarana. Un compañero de la Residencia Universitaria tenía una calavera, pero que yo sepa nunca llegó a conversar con ella.
ResponderEliminarUn abrazo
Y será verdad!!
ResponderEliminar(jeje, viniendo de Vd. Sr. Comendador, me puedo esperar cualquier cosa porque desde luego imaginación.... telita marinera!)
Por fin he leído "Formol con Havana 7". Creo que los del wikipedia están que echan humo conmigo (venga a buscar nombres, y dale y dale. Jo, me estoy acomplejando con esto de no saber), pero bueno, que he disfrutado un montón. Que sepas que flipo contigo, te lo digo en serio. Cuando cerré el libro me cayeron dos lagrimillas (yo creo que de pura impotencia, por mi parte claro, y de repugnancia hacia tanto escritor "Rogelio-celebrity" que anda por ahí suelto vendiendo y vendiendo, y cuyo único mérito es el de salir por la tele).
Por cierto Sr. Savoranola, que si enciende Vd. alguna hoguera, me avise, haga el favor, pq estos días también he leído un par de novelas que quisiera incendiar urgentemente. La madre que los parió!!
Un beso. Donce.
Qué casualidad, Pipe, que yo tuve una calavera anónima cuyos cuévanos me sirvieron de cenicero y que era puro gusto ver de noche, tan brillantona y con las ascuas. No recuerdo si acabó -por obra y gracia de las manos de mi madre- en la basura o si, como a tu colega galeno, perdido en una mudanza. Yo no le puse nombre.
ResponderEliminarPor otra parte tus deseos pueden ser realidad. Sólo tienes que donar tu cuerpo a la ciencia por escrito y dejar constancia tus deseos sobre la conservación de tu calavera. Mi primo Joaquín solicitó una en la universidad Complutense y ahí la tiene, sobre su mesa de trabajo.
Un abrazo grande.
PS: ¿Se sabe algo, que tengo al patio nervioso?