
Hoy hace la hostia de años que la vida le dio finiquito al General, y, por fin, me olvidé de salir de casa con mi pajarita roja en el cuello –como he venido haciendo cada año desde que finó el asesino–. Sí que he tenido un recuerdo para mi abuelo Felipe, para sus tres rosas de sangre en el pecho, para la terrible soledad que dejó en casa, para mi abuela Antonia y para mi madre.
Todo pasa, hasta las pajaritas de alegre luto. Y me da la sensación de que me voy reconciliando un poquito con el pasado en la medida en que entro en conflicto con el presente. Olvidé mi pajarita, abuelo, pero nunca se irá de mi cabeza tu recuerdo inventado hecho de un par de antiguas fotografías, tu chaleco de asesinado –que guarda mi madre como un tesoro en su armario– y todas las historias sobre ti que me contaron abuela y mamá.
Soy para intentar serte, abuelo.
Con pajarita o sin ella, te has acordado, eso es lo importante. Estoy contigo, aunque a mi abuelo sólo estuvo a punto, ya estaba en la fila del paredón. Pero necesitaron albañiles.
ResponderEliminarAl final hemos bailado sobre su tumba, al menos yo lo hice un día. Literalmente.
A mi bisabuelo Manuel, que escribía versos en el Diario de Ávila en su -fíjate cómo son las cosas- periodo socialista, le invitaron a beberse un par de litros de aceite de ricino. Estoy seguro que su última arcada manchó más de una canisa azul. El resto de la familia paso hambre y miedo. Y a fuerza de esas dos cualidades le dieron al olvido y la desmemoria.
ResponderEliminarDesde mi copa alzada brindo por nuestros abuelos y también por nuestros hijos.
¡Salud, camaradas! ¡Salud, amigo!