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No, padre, no te vayas a detener ahora en la lectura.


(Desde el poema ‘Subway’, de Juan Cameron)

No, padre, no te vayas a detener ahora en la lectura, no estropees las cosas leyendo a los marciales escritores de tu tiempo, y menos a los santos varones que son presa segura de estudiosos para ganarse el pan que no merecen; no me vengas ahora con esas naderías de ‘lo que me he perdido…’, que no tendrás razón.
Sigue a tu justo paso, con la mirada puesta en el edén chiquito que se ve desde casa, con las manos seguras dando valor al peso y solidez temprana a mis días azorados. Tú no necesitas leer, padre, pues perderías tu tiempo, y aún te resta camino para atrapar las cosas por tu saber de oficio.
Te basta con alzar la mirada para comerte el mundo y entenderlo, y no es asunto tuyo toda esa pantomima de cervantes y lopes, de kunderas o joyces.
Podrías ofrecerles a todos esos tontos letraheridos [entre los que me incluyo] el canto más hermoso de las amanecidas con solo alzar tu mano, la solidez magnífica de un gran carácter, la postal siempre nítida de una vida hecha a tragos y a puros empujones… también de la belleza podrías dar lecciones magistrales, como del ser tan fieramente humano como tú lo eres. ¿A qué leer ahora, padre? Que lean los que viven de las letras de otros por no saber ni hacerse el nudo corredizo en la garganta, que lean los dormidos del mundo, los que atesoran tiempo y no saben qué hacer con él, en él… pero tú no, padre, no leas a estas alturas de la vida.
Sabes, padre, me espanta no saberte empeñado en tus luchas ancestrales con tornillos y puntas, me aturde hasta pensar que no estás peleando en la última venta o que no estallas los nudillos en la mesa porque algo salió mal.
¿Para qué necesitas tú molinos de viento o mágicas noches de Macondo, si sabes ayudar donde se necesita, si enseguida percibes las dobleces del otro y las tramitas rápido, si no le tienes miedo a casi nada y aprendiste muy pronto a protegernos con esos brazos fuertes y esa rabia tan tuya? No leas, padre, no vayas a perder ahora tu tiempo, que es el mío, con toda esa zahúrda de adocenados vates que miran por encima del hombro y se arrugan si tienen que beberse una cerveza de más o si tienen que compartir el pan de su mesa.
¿Qué sabrán ellos de los agujeros que dejaron las balas en los paredones de Oviedo, de los gusanos entre las lentejas… qué sabrán de los quince de mes sin nada que llevarse a la boca [y sonriendo]… qué sabrán del que humilla con los bolsillos llenos?… Y es que leen, padre, ¡fíjate tú!, leyeron siempre… y ponen el gesto sobrado de ‘saber’ allá donde recalan con sus pesas falsas y sus vidas escuálidas, con su gorgeo de buitres y sus frases hechas prendidas en los labios para herir.
Tú eres de otra pasta, padre; siempre con palabra y abrigo, con justa rectitud, con dos cojones para afrontar lo que venga y como venga.
Así que no leas, coño, que ya lo haré yo mientras tú haces el mundo y lo ordenas como debe ordenarse. Que un hombre es lo que hace y deshace… nunca lo que lee.


•••
No se cansa el reloj de macerar el tiempo con su tac-tac machacón e impertinente, ni los espejos descansan de reflejar la imagen que se peina. Los objetos son constantes en su trabajo siempre, que es estar sin servirse de la gente. Yo apenas salgo [porque ando pillado de nuevo por un trabajo urgente que me exige atención].
Llueve.
Me recreo en mirar. Llaman mil veces a teléfono y no lo cojo. Estoy hasta los huevos porque me desconcentro cada vez que suena ese armatoste infernal… después de mil llamadas [como poco] pillo una con la intención de hacerle pagar toda mi ira entera al que la hace… y a agachar las orejas, que es el amigo José María Cumbreño con su familia hermosa [su hijo Manu es un campeón total y me ha regalado un par de Gormitis para Guille] y con un ejemplar de “Estampas bostonianas” [de Rosa Montero] para regalarme. Desinflado de la ira, me dedico un ratito a mis amigos y ya está [roto el ritmo, se acabó la rabia].
No se cansan ni el reloj ni el espejo, pero yo estoy ya agotado y sin cumplir mis plazos fijos. Será cosa de irme hasta mi casa a cenar un poquito para luego volver con fuerzas renovadas.
Hoy, París es una siesta.

Comentarios

  1. ¡quien profesa admiración hacia los padres supongo que tiene un tesoro!

    bicos,

    que tengas una noche de sábado provechosa.

    ResponderEliminar
  2. Pues nada, ni caso, yo escribo en esta pantalla y con letras bien gordas:
    "TONTO QUIEN NO LO LEA"

    "Hoy, París es una siesta"
    "...y el último tren..."

    Jo, qué bonito!!!!!

    ResponderEliminar

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