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Alberto Hernández y yo.





Llega Albertito y me regala un baño de luz para abrir boca en este día postcualquiercosa, me deja una carpeta completa de sus dibujos para que los deguste a solas... y lo hago en uno de los descansos coloqueros –aún no había recogido todo el material del mercadillo del día 24... el mismo día por cansancio y ayer porque comí tanto que acabé pujando en el servicio hasta que encontré acomodo... quedé agotado.
Y encontrarme de nuevo con los gestos de Alberto es un hermoso regalo para mis sentidos, sobre todo en esta nueva etapa pictórica de mi amigo, una etapa que viene desde su viaje a China, donde consiguió papel golosito, y de esta crisis cabrona que obliga a buscar materiales baratos sobre los que expresarse.
Lo nuevo de Alberto es absolutamente explosivo, menos negro de uso (recuerdo mientras escribo esto sus geniales espirales rotundas) y más argumentado en un proceso de búsqueda que en mi amigo es un auténtico ‘continuo’... encuentro múltiples referencias a sus etapas anteriores, como fugaces juegos de cámara que saltan en el tiempo, y muchos intentos de abrir caminos nuevos... pero lo mejor, para mi gusto, es la asombrosa facilidad que ha conseguido en la muñeca a la hora de trazar para decir (hace dos semanas, probando juntos unos lápices, hizo esos gestos delante de mí... eran unos gestos eléctricos que habrá ensayado un millón de veces y que yo me puse a imitar sin ningún éxito en cuanto salió por la puerta de la imprenta)... 
El caso es que extendí toda su obra sobre la mesa grandona de la imprenta y me quedé como ido contemplándola... cientos de horas de búsqueda ante mis ojos, quintales de ganas y un arte que ya no es descarado porque no necesita serlo.
Juro que me sentí un privilegiado durante un par de horas.
Gracias, colega.

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