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Recuerdo que hubo un tiempo en el que dejé de creer en el hombre, un tiempo en el que me hice miserablemente individualista –que hay un individualismo que no es nada miserable– y me dedique a mí mismo como engolosinado en lo que hacía... pero poco a poco fui dándole la vuelta a ese individualismo para encontrar en él una salida digna hacia mí mismo –me sentía mal en el estado egoísta–. Y el tiempo fue pasando y, poco a poco, fui enfocando que la edad es una hermosa ventaja sobre los demás, pues desde ella miras con algo más de criterio lo que es y lo que debe ser... te das cuenta de que lo que has de hacer en la vida es realmente fácil: creer en un camino y andarlo sin pedir cuentas y sin darlas más que a ti mismo... y así vas comprendiendo que todo, “todo”, es fácil si en ti existe decisión y sabes quitarte los complejos de encima, que no debes morder un bocado demasiado grande para conseguir tus metas, que bastan las ganas de ‘comer’ para que todo el mecanismo del ‘hacer’ se ponga en movimiento.
Yo he sido siempre un tipo bastante implicado en mi comunidad –y quiero que se entienda como ‘comunidad’ mi entorno social, mi entorno político y mi entorno cultural...–, he pertenecido y pertenezco a diversas asociaciones con fines muy diversos, he militado en un partido político y he tenido cierta representación, he estado presente en la creación de algunos grupos con fines culturales, sociales, de cooperación... he creado proyectos individuales y comunales que han crecido con diversa suerte y siempre me he implicado hasta el jodido cabreo en casi todo... y de todo ello llegué a concluir que el hombre precisa líderes para moverse, necesita delegar, que delenguen en él y que le ordenen; necesita dudar hasta de lo más insospechado... y diría con absoluta seguridad que quiere fracasar siempre para ponerle final a sus cosas y poder comenzar otras.
En todo mi historial asociativo y de impronta común he asistido a cientos –por no decir miles, que no exageraría– de reuniones tediosísimas de las que jamás se sacaban conclusiones –pues generalmente asistía a ellas alguien con intereses creados y con un discurso bien preparado para llevarse su gato al agua– y que solo servían para que cada uno de los asistentes saliese abatido o alegrísimo del resultado en función de que saliesen adelante o no sus premisas previas... reuniones estatutarias, de cierre de cuentas, para escoger presidente o consejo delegado, para votar alguna acción o a algún tipo propuesto para diputado provincial o presidente del Ampa –esos nombres siempre están escritos antes de las reuniones, coño–, para hacer el ágape de fin de curso, para comprar lotería de Navidad, para aprobar el último acta, para hacer carteles, para repartirse un pastel –que los hay que no son dulces–, para llamar a alguien al orden, para ‘ver qué hacemos’, para quedar un día para cenar, para decidir quién gana un premio y quien lo pierde –ese tipo de reuniones son feas y he estado en muchas y con magra comidita incluida–, para hacer un libro, para expulsar a alguien... y en esas reuniones cada uno soltó sus monólogos con los oídos cerrados, cada uno votó sin saber lo que hacía la mayoría de las veces... y siempre terminaban con los larguísimos turnos de ‘ruegos y preguntas’ en los que cada quien se iba por sus ramas y era norma que todo se sacase de contexto... y fue de ese empacho de lo que me vino este afán por caminar solo, sin que nadie marque mi ritmo ni mis formas, sin que nadie pueda decirme que le debo o me debe... todo lo traduje a una lógica del intercambio en la que estoy absolutamente bien asentado... yo te doy, tú recibes y me das algo a cambio... y yo con eso hago lo que me parece que debo hacer sin tener que justificarme más que ante mí mismo... si fracaso, fracaso yo solo... y si las cosas salen bien, pues las comparto con quien me apetece... y en ese camino es en el que me muevo desde hace unos años, en una suerte de individualidad positiva que para mí tiene sentido, pues afecta positivamente a ‘algunos demás’ cuando las cosas marchan y me la como yo solito cuando se marronean los asuntos. Y no sucede nada que no deba suceder porque nadie puede hacerme perder el control de lo que llevo a cabo... y así funciono en casi todos los campos de mi vida.
Un ejemplo que a mí me sirve cada día es el de la gestión de SBQ... tengo algún flash con el que conseguir ingresos para las causas y lo llevo a cabo por mi cuenta, lo desarrollo como sé y como puedo, y lo lanzo –siempre bajo la premisa de dar algo a cambio que tenga más valor que lo entregado por quien desee colaborar–... y, con lo que obtengo, hago lo que me parece que debo hacer sin miedo a tener que justificarme ante nadie por fallar o equivocarme... y funciona, claro que funciona, pues al final se va tejiendo por sí sola una pequeña red colaborativa en la que nadie tiene gorra de plato, en la que cada uno se ilusiona o se desilusiona en función de sus ganas y lo hace porque le da la gana, sin que nadie obligue, seleccione o determine... y el asunto crece como lo hacen las plantas en los caminos que dejan de pisarse, crece y evoluciona, crece y proporciona resultados (pequeños, pero resultados)... y todo sin reuniones, sin actas que aprobar, sin ruegos ni preguntas, sin obligaciones ni cargos, sin premios ni castigos... todo a su bola y alguien que decide usos porque se lo va pidiendo la lógica del cuerpo... y funciona, y crece poquito a poco, y engancha sin que se trabaje en campañas de gancho... y arroja resultados.
No tengo la cabeza limpia, ni ganas, para darle forma a este trazo que estoy seguro que tiene que ver con cierta ideología de individualidad que no se parece en nada al funcionamiento social de los hombres en Occidente, pero sí sé íntimamente cómo se hace e intento hacerlo cada día, entre otras cosas porque sé nítidamente lo que quiero conseguir y solo consiste en ir proponiéndome pequeños modelos y poner manos a la obra... es una ideología de la facilidad, pues así todo es fácil, y de la lógica, porque cada uno de los pasos que se dan responden a ella. Lo siento... solo pensaba en alto.

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