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¿Qué trepana?




Por la tarde me enfrasqué en volver a la palabra como sea (llevo ya varios días de vacío y duele)... y me busqué en ese azar magnífico que es la escritura automática, que tantas veces me ha servido para los empezares.
¿Qué trepana la musa?... ¿cómo?
No es colirio, pero encierra lepantos en sus ojos de azufre, cadáveres flaquitos en sus labios de crema, ancianos persas en sus cabellos líquidos y una punta de lápiz en su voz de pantera... se afila por las noches y dibuja en mi centro colibríes rizados que vuelan sin moverse frente a mis ojos lánguidos... luego muda, harta de ser crisálida, y echa vuelo indeciso hacia todo lo incierto... y el viejo sigue como la muerte, al acecho... y obstante hoy no es obstáculo, ni plétora supone exceso alguno... como silbar... y yo juego a exprimirla con los dedos, con los ojos cerrados, con las uñas lamidas y dañadas... juego a sacarle el jugo como a una fruta nueva... y rezuma vasitos de licor, claraboyas altas, espejitos de plástico, diminutas lombrices de tierra y un trago de Cointreau que se hace arisco al pasar la garganta... y no puedo, no llega la escritura ni con jugo de musa a tragos largos... entonces me desperezo como un bonobo viejo que se siente castrado por el gran dominante, me desperezo a tirones de gato para ir sintiendo a pocos los tendones dispersos, los músculos ya fláccidos y esta falta de lengua que es como de domingo... y de pronto me invade cierta cosa de pastos con sus reses dispersas en un rumiar sin pausa, pastos verdes de Eire, azulados de Shelly Manne tocando sus tambores para ‘El hombre del brazo de oro’, amarillos como poemas raros de Elmer Diktonius (“Letargo, podredumbre, / zumbido de moscardas en la carne hedionda de los cadáveres, / vida putrefacta –eso es el mundo...”), rosas como la voz templada de Regina Spektor, grises como yo mismo ahora, en este instante ciego y descartable... y de los pastos se arrebata una química que es duende, una química simple y capaz de hacer palabras, de hacerse palabras.

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Sopa de lluvia, así llamaba mi madre a la sopa que hacía con el caldo del cocido y con esas bolitas diminutas de pasta que nevaban los platos hondos... y yo siempre flipaba con ese nombre poético, desde bien pequeñito... sopa de lluvia.

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Recibo “Pasos en la arena”, del colega José Luna Borge. El primer libro que me llega este año y es un diario... estoy de suerte. Lo leeré con ganas, Pepeluna.

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Son las doce y he ido a que me pongan cristales nuevos en mis gafas... que quiero ver el mundo mejor... no sé si lo lograré, porque en la óptica me ofrecieron primero unos cristales llenos de filtros y ventajas ópticas, pero mi presupuesto no alcanzaba para tal maravilla... al final me voy a tener que conformar con los más baratos (36 €)... y aún resultan caros para mi economía... manda huevos, antes de poder ver el mundo mejor ya tengo problemas con las lentes que me permitirán hacerlo.

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Después de la visita al óptico, he decidido cortarme el pelo... mi peluquera me ha dado hora a las cuatro de la tarde... voy a empezar el año con cambios diversos para ver si empujan a otros cambios... de momento sonrío.

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Fue llegar de la peluquería y llamar a mi Morante para darle un abrazo telefónico... está absolutamente perplejo con lo que está sucediendo. Yo también.

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