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Ser otro...




Ser la copa para llenar o el viento... y este calor que abrasa... y los pernos del cuerpo que no pueden ni siquiera con lo cándido.
Me gustaría ser otro, un otro decidido a dejar el mantel puesto en la mesa para que los pájaros se sacien con los restos, un otro al que no le preocupe si la luz quedó encendida toda la noche o se cerró la nevera... y decirle a alguien... ‘te mataré, cabrón’, como hacía Hank con Gibson en la página 134 de ‘La senda del perdedor’... me gustaría ser otro, joder, otro... no este ángel de cartón piedra que sabe perfectamente que el peor mal proviene siempre del que antes era bueno, no este tipo con oficio poético a ratos que encuentra satisfacción, se tranquiliza y se desinteresa... ser otro capaz de encontrar artículos de lujo entre los hombres y no entre las cosas, capaz de la juventud tardía e incapaz de trabajar en lo que no me guste... ¿por qué no lo soy?... si al final todo se resume en morirnos como perros asustados sin saber siquiera si cuando amamos hubo un sentimiento compartido.
Conocer me prohibe siempre vibrar en ese conocimiento (¿a qué escribir lo que otros ya han escrito o hacer lo que otros han hecho?), y por eso soy feliz e infeliz a la vez, pero no otro, ese otro que me gustaría ser, un pequeño granuja incapaz de desdoblarse, pero alerta siempre a diferenciar entre mí mismo y el otro, ser un tipo que no sepa encogerse ante nada, que sepa discernir entre lo ingenuo y lo cínico, que no se discapacite por cualquier ‘algo’ externo... y pasar de la ambición de dominio y ser voluptuoso y pasar de esperar... “¡Dejad al mundo que sea el mundo, y no mováis un dedo contra eso!”, es la individualidad lo que yo busco, una indiv¡dualidad indecente como indecente son cada uno de los hombres que se agrupan y truenan, una individualidad que no solo me llene el estómago, sino que me procure placer... ¿a qué una vida de otra forma?
Y este fragor de grados que es la tarde, con el sudor hirviendo... veo en los soportales de mi frente la euphorbia recién cortada, manando su leche pegajosa por el tallo; veo el rastro de cuentas brillantes que dejó el cuervo, a la loca orinando en la escalera de la iglesia y al cura desmintiendo la solera de su sombra alargada... y hay algas en la fuente, algas verdes... y suena una canción del viejo Zimmerman, y me pongo de espaldas con los ojos cerrados buscando una sensación de manos que me toman por detrás y que el sudor se mezcle y que se almizcle un olor compartido y que algo resbale y se sosiegue, y que haya tensión o simplemente una causa por la que dar el siguiente paso y el siguiente y el siguiente... y este fragor de grados que es la tarde, y el desnudo animal sobre el cemento y los pies desnatados en las chanclas, escuálidos los pies, rotos lo pies, sucios los pies porque no hay barro... y ser un epicúreo convencido, ataráxico a ratos y hedonista durante los meses más calientes del año, y calmar la sed en cualquier fuente, la que sea (la sed y la fuente), y no buscar seguridad ni sentir necesidades absurdas y armarme en un mundo de placer en el que los sentidos exploten constantemente... ¿es que es tan difícil interesarse por vivir, simplemente por vivir, y mantenerse excitado justo por ello?... y este calor atómico que me deja los días como un paisaje Faulkner, este calor cabrón que me indecenta y me deja absolutamente recesivo por caucásico, este calor que me hace lento, lento, lento... y me encierro en querer ser solo un punto de vista de mí mismo, y me desafirmo, y sudo mientras pienso en resbalar por algún cuerpo.

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