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Un punto Baudelaire...




Un punto Baudelaire en la cintura –maldito decadente derrespirando en Béjar sin contar con un Maistre– sin un barrio latino que llevarme a la boca, sin un Mènard con el que hablar de aquella joven virgen que pasa por la acera, sin Sarah ‘La Louchette” a dos francos la hora... ¡ay!... una Jeanne Duval a media puerta, una Jeanne morena y sin costuras... decía que hoy tengo un punto Baudelaire en la cintura y una cosa Gautier en la mirada... y en el vientre un trasunto Nerval que me deja romántico y piporro paseando por Valois o siendo Fausto en mi silla de cuero con ruedines... y leo a Francisco Pino, que lo encontré sin querer en la limpieza de mi estudio... “Esa nube fue y se fue. / ¡Qué limpio ha quedado el aire / la pureza de ese ser / que existió para negarse!”... y tomo entre las manos mi palo pulidísimo de acacia espinosa (el que me hace anciano de la tribu tatoga) y lo acaricio como a un cuerpo deseado... y pienso en esa chusma de tipos del dinero que juegan a la guerra cambiándose los muertos en Suiza... “ése no lo tengo, te doy tres sirios por ese congoleño”... qué absurdo su juego del dinero... guerras para vender armas, para vender medicamentos, para reconstruir lo destruido... es un juego simple... te ayudo a matar y me pagas, te curo las heridas que te hicieron con mis armas y me pagas, reconstruyo lo que te destruí y me pagas... y si no puedes pagarme, pues que me quedo con tus materias primas y te hago un triste títere que se mueva a mi antojo... todo el mundo sin un Louis Mènard, coño, capaz de reconocer sus limitaciones y ensayar caminos nuevos con decencia.
Y ensayo un buen traguito de Pinord... está dulce... y miro mi rodilla de indonjuán... y atuso mis cabellos con la mano derecha de escribir... y juego a imaginar los muslos hechos ochos y otra piel... y me dejó caer en el sofá como una venus gorda Willendorf... y cierro mis ojitos de croissant... y vuelo a no sé qué cantando algunos temas del Dear Heather de LC... y quiero dibujar, pero no sé... y viro hacia el edén (Huanchaco está al final), donde las musas visten de satén y duermen con blusón de tafetán, sin bragas ni corsés... sus cuerpos nada más... y miro cenital Chincha como un papel arrugado y el mar lamiéndome los pies... y la arena pegada que pica y pica el mar sus olas... y mis pies... ¿me los quieres lavar?... y me vuelvo a elevar, porque el Pinord eleva, y veo el par, las montañas gemelas en el Riff, la luna de Cheshire en el cielo disfraz de la noche Mangola... su antifaz trazado por los vuelos con motor sin gálibo... es brutal que aquellos aviones LTU rompieran la belleza singular de la noche salvaje y animal sentado en la sabana con los pies picados por falsísimas tse-tse, bebiendo Mambo o té, comiendo arroz templado (wally rosti) con carne de cebú, fumando Dunhill africano... y vuelvo a ser el tipo de las cuatro, el paraqué de todas las mañanas, el que camina solo por el paso cercado, el vistebién, el que saluda amable, el que paga sin ser, el imbécil de turno, el tonto con relé, el dulce descartado, la carne para hacer, el ciego, el todo inválido, el círculo cerrado, el de cada traspiés, el eterno vencido, el que calla, el ciprés pendiente de una tumba, el que no sabe hacer otra cosa que esto, el  que mira y no ve, el que jamás se atreve, el que se asusta, el cero hacia la izquierda, el que debe deber, el que no cuenta nada, el que tiene los pies hundidos en cemento, el que va del revés, el que no tiene suerte aunque la busque a ratos, un jodido burgués agotado de asuntos que no tienen aquél... y no quiero que pare el vuelo, no deseo volver a este ojosabiertos, no quiero parecer lo que soy realmente, no quiero estar, ni ser, ni tener... 
Ya lo dije... un punto Baudelaire, una cosa Gautier, un trasunto Nerval... y el Pinord... yo qué sé.

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