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Esas viejas hormigas rojas...



Del cabello brotaban viejas hormigas rojas mientras yo miraba aterido y absorto porque, sin quererlo, me había unido a él como el musgo a la piedra... y decidí de pronto que nada es demasiado importante y que hay que dar el paso siguiente... y el siguiente... y el otro... y que ninguno de esos pasos es descartable independientemente de hacia dónde nos lleven... así que decidí seguir enfocando solo el minuto presente... y me tome un café con mi amigo Alberto (los cafés con Alberto son siempre los más entrañables)... y lo somaticé todo en cuatro o cinco dibujos rápidos que miro interrogativamente de vez en cuando... y me acerqué un poquito más a la gente que aprecio (aunque muy poquito, que me cuesta)... y enfadé a un camarero porque tamborileaba sin parar y sin querer en la barra del bar... y cargué todos los libros SBQ con desgana e intentando animarme con esos ‘venga, venga, venga...’ que con frecuencia me digo en silencio... y leí con fruición a Girondo... y monté mi puestito mercadillero donde nadie lo hubiera montado con la que caía, pero lo monté porque se me puso en los cojones y había que hacerlo... y fumé aterido mirando la lluvia y sintiendo la dura caricia del viento en mi cuerpo... y sonreí todo lo que me quedaba mientras se congelaban mis pies mojados... y me atreví a ir a dar una mano de funeral (suelo evitar esos trances como sea)... y desmonté mi puestito porque no había manera de que aquello funcionase, y lo hice alegre, coño, alegre... y, lo que nunca habría hecho en otras circunstancias, acepté ir a la fiesta de Petra y fui para sentir que la gente es linda, linda, linda... y hasta acepté ponerme un sombrero de cowboy para no desentonar demasiado en la fiesta... y apenas pude dormir, porque las viejas hormigas rojas aún no me dejan conciliar el sueño, pero no importa, porque sé que las viejas hormigas rojas son ahora mis viejas hormigas rojas, y que debo domarlas con tranquilidad y con paciencia... y sé que me enseñarán mucho en cuanto atine a domarlas un poquito, porque yo quiero aprender todo lo que pueda de las viejas hormigas rojas... y que tengo como un vértigo aquí adentro que no es malo, un vértigo que me empuja a hacer cosas nuevas, un vértigo que me obliga a ‘intentar’ de nuevo a pesar de cada uno de los fracasos... y que lo mismo esas viejas hormigas rojas son mi mejor tesoro porque yo quiero que lo sean...
Hoy me levanté temprano, me duché y cambié las sábanas de mi cama con la ventana del cuarto abierta de par en par... luego salí a la calle y paseé tranquilo esta humedad hermosa bejarana... me detuve un largo rato a mirar la carrera incesante de las nubes, su divino color plomo llenito de matices de grises y decidí dedicar la mañana a la lectura... cuando iba por Colón hacia mi estudio, tres perros comenzaron a ladrar escandalosamente... miré y tenían acorralada en la acera de enfrente a una rata enorme... la rata daba saltos increíbles y los perros la atacaban con temor... en uno de las saltos logró zafarse y desapareció por una alcantarilla cercana... los perros quedaron nerviosos olisqueando alrededor de la alcantarilla y yo me encerré de nuevo en Girondo... no podéis imaginar cómo me alegra leer a este poeta grande, cómo llega la euforia cuando avanzo en sus versos... y ahora fumo tranquilo.

Comentarios

  1. Que disfrutes de esa lectura, Luis; yo he hecho lo mismo, he llamado a los libros de siempre para que me contesten a las mismas preguntas que no tienen respuesta.
    Un fuerte abrazo.

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  2. Buenas noches, Luis Felipe Comendador:

    Gracias, POETA.
    Muchas gracias por todo.
    Por ser como eres.
    Por tus escritos.
    Por tus dibujos.
    Gracias.

    Un abrazo

    ResponderEliminar

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