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© foto de Russell Lee |
Decídeme, como haces con las peras dulces cuando las llevas a tu boca, hazme presa en tus dientes de ocelote y tira de mis músculos con ansia, brújula de ojos grandes y un misterio de Gog en tus pupilas hartas de luz y noches… luego vete a dormir sobre los helechos verdes de la fronda, allí donde anidan los momentos de luz de Pisarro o Degas y los torvos ofidios afilan sus opistoglifos componiendo mil miedos… duerme como una madre, alerta a cualquier ruido, tensa como el arco que eres, pura mantis con sueño, luz felina hacia adentro, como una digestión.
Yo, herido, rasgado de ti, seré harapo en las sombras, capibara vencido por tu hambre, crisálida pendiente del cremáster finísimo hecho por tu saliva, dependiente absoluto del arañazo próximo y el mordisco siguiente.
Y este calor que arrasa y me deja sin aire… y ese infierno de al lado –a cualquier lado– que me hace dudar de mi conciencia, de mi ‘ser hombre’ junto a todos los hombres… quizás un largo viaje a mis cenotes interiores… o un viaje hacia afuera –uno Cravan–, sin regreso posible, mirando los pantanos pasar desde una camioneta destartalada y roja, y fumar mansamente mientras algún monzón se instala en mi cabeza y me llueve de todo lo distinto a esto que tengo y soy… que nada es lo que era.
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