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Sordos...



Sordos tartufos, ladinos, de inflamada polla mientras van a misa y miran las curvas de esmalte lunático de una viuda tierna… sordos de New Albany, en 1987, también ciegos de ese dios terrenal de los vientos calientes… sordos cándidos con su astrolabio sin usar en el aparador de casa, con una palangana en la que lavarse los pies cuando atardece, con una tisana de arce entre las manos y los ojos enfocando la nada por unos lentes redondos… sordos generosos de Kaş, entre miel y almendras, domados por el olor a jazmín, adormecidos por el lento vagar de las olas que no saben romper ningún vínculo… sordos macondos detenidos en aquella edad del hielo al peso, cuando los hombres eran verdes y las mujeres transparentes… sordos aluniceros con gomina en el pelo los domingos, con baraja española rinconete, con su risa de alud y un golpe pendiente cada noche… sordos de Pulp Weird Tales, hechos por arquetipos como el hijo del herrero de Cimmeria que esposó con una Zenobia par a la JRJ, astrados por su locura enferma de querer ser lo que jamás será… sordos de guindas al marrasquino Luxardo, como tu lengua a veces, delicada y dulcísima… sordos pitiusos para perderse en sus blancos insulares con olor a fragarias… sordos muy Sharon Tate, tan asesinaditos como abruptas secuencias Polanski… sordos de tutti frutti Little Richard, frenéticos, rockámbulos, hermosos… sordos tracios nadando el Evros desnudos, como evangelinas sin tutú… sordos vintages como mujeres andróginas, gordezuelas, blancas… sordos cismáticos de sí mismos, en tranquilo desacuerdo, buscándose en el error… sordos capaces, pero quietos… todos sordos de sí y hacia sí, del otro y para el otro… sordos naturales, displicentes, fantásticos… y dejándose hacer constantemente por el ruido que no oyen… sordos para el desastre total que ya se aviene, egresados a la vida para perderla sin remedio… sin remiedo.

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