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Pensando en T. (QEPD).

by CUMEN / 2014

Este otoño enfermizo que se enfrenta a mis ojos cuando salgo, a mi piel cuando respiro, es también algo interior. Hoy escuché a Salvador Pániker decir que ‘la muerte solo es un problema para los jóvenes’… y sentí de pronto el otoño por dentro, arañando y tejiendo… sentí efectivamente que la muerte no me preocupa en absoluto y que voy desprendiéndome poquito a poco de este ego territorial y absurdo que llevo trabajándome cincuenta y siete años, que eso tiene también algo de muerte, una de esas muertes positivas y tan lentas como mis quemados Chester filter… pero de pronto se me vino el mundo encima y lloré mientras alguien me tocaba la espalda y me decía que ‘creyendo en Dios es todo mucho más fácil’… y lo mismo tiene razón, aunque quienes creían en Dios a mi lado estaban bastante peor que yo ante el desastre de ese cuerpo deshecho mientras estaba haciéndose… en fin, murió un muchacho y ya está, a qué darle más vueltas.
Este río de horas arrastra animales muertos, restos del bosque viejo de arriba y mucho lodo, ese lodo que ahoga y que hasta puede dejar pepitas de oro en los absurdos pozos de la gloria que hacemos cuando somos cascada… y pienso en el absurdo de unas lágrimas de verdad, unas lágrimas que suceden mientras el buitre negro me dice desde su silla negra… “me da lo mismo quedarme con tu casa por 69.000 que por 61.000 euros”… y yo le miro torcido con la seguridad de que va a morir un día y que será sufriendo… 
Cuando estoy aturdido se me mezclan imágenes y siento como un vértigo que me impele a no sé qué –yo presiento golpes–… entonces veo nítidamente cómo me han envenenado la vida y me han hurtado de mi movimiento natural, cómo han trastocado todos mis sueños y se han metido entre mis uñas como una lluvia ácida… siento que he hecho lo que podía hacer, que he intentado sin miedo salir de cada charco, que he sido adolescente casi siempre –y eso se paga caro en la buitrera–, que he sido como un cuadro de De Chirico que no miraba nadie… me duelen esas lágrimas de ahora por el muchacho muerto, el crecer de mi hija con el último golpe y los ojos vencidos de todos los que ayer reían a su lado… yo, que soy mitad fuerza y mitad miedo, quisiera engañar un poquito a la vida con una buena suerte y que “mi cuello sepa lo que mi culo pesa” (adoro la palabra sensata de François Villon), quisiera un tramito tranquilo hasta el final y que nadie me conociera o sintiera curiosidad por mí, quisiera ser un verso suelto en este espacio y este tiempo, pero no el descartable que articula el sistema por su azar de monedas… tengo hijos y padres… y eso es lo que tengo y debo tener, lo que debo mantener a toda costa sobre sus presupuestos y sus leyes, sobre sus intereses y sus créditos… eso, y matarlos de vergüenza por la mierda que mantienen cada día por un sueldo…
¡Ay!, si yo pudiera ser afuera el que llevo adentro.
El cuerpo joven muerto… en fin… y el turbio cuerpo infame encorbatado, enérgico, insultante y abyecto sigue aún en su silla con mirada de hierro, con números de mierda, con celo de usurero, con garfio de pirata, con calzoncillos negros, con camisa impoluta, con gomina en el pelo, con gafitas al aire, con reloj de cuatrero, con sus cigarros Winston, con su Dupont de miedo, con sus zapatos clásicos de cordones y negros, con su stmartphone de pijo… y ese sometimiento al superior infame que roba en black o negro, ese lamerle el culo, ese ser puro séquito de todo lo corrupto, ese esclavito ciego que lame donde pisa el perro de los euros…


Y el cuerpo joven muerto… en fin…

Comentarios

  1. Buenos días, Luis Felipe Comendador:
    Esos prepotentes miserables convierten nuestro paso por la vida en un infierno. Ellos son los que nos ahorcan, día a día. Los que hacen el trabajo sucio a los encopetados imbéciles de guante blanco, que desde sus poltronas y tronos nos toman a todos por tontos.
    Y es que lo somos.
    Un abrazo.

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  2. Hoy tus palabras parecen universales y patrimonio de la humanidad.

    Un bes LF

    ResponderEliminar

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