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Mario

Mario fue un corredor de fondo que ha legado el nombre a mi nieto para perpetuar en él su memoria, y me gusta, me gusta mucho que mi bebé tenga en su nombre una razón y un contenido, que lleve el signo de una amistad indeleble y el valor hermoso del recuerdo. Mario, hoy mi nieto, es divinamente vulnerable, delicado hasta el suspiro, bellísimo en sus gestos y causa absoluta de orgullo personal. Su madre, mi hija, me ha hecho el regalo más precioso que se puede hacer a un padre, y lo ha hecho con valentía, sin miedos, siendo una mujer entera en todo el proceso y demostrándome que algo tuve que hacer bien en su educación y en su formación como persona. Jaime, el padre de mi nieto, es un padre ejemplar, preocupado, atento siempre a las necesidades de mi hija y de su hijo, y yo le estaré eternamente agradecido por su forma de ser hombre y por el amor entero que se percibe constantemente en su trato hacia mi niña y hacia mi bebé. Gracias a los tres por hacerme tan feliz.
Por lo que a mí se refiere, qué decir... Todo el proceso me ha llenado de sensibilidad y, por qué no reconocerlo, de preocupación. He afinado el trazo de mis prioridades, me he sentido a ratitos vulnerable y hasta indefenso, y en otros ratitos me he sentido el rey del Universo y el hombre más afortunado del planeta. Ver a mi hija en el proceso del parto me ha dejado profundamente emocionado y me ha hecho pensar en el concepto de vida para replanteármelo, y tener a mi Mario entre mis brazos me ha hecho llorar como un niño con una sensación mezclada de felicidad y de temor que no sé describir con palabras.
Hoy sé que soy mejor porque me han hecho mejor Jaime, Mariángeles y Mario; que soy más mayor (de cabeza y de grado) porque mi bebé me ha procurado un fuerte golpe de responsabilidad que no sentía hace tiempo, que soy verdaderamente feliz cuando le miro, cuando le acaricio, cuando le beso, cuando siento su peso leve entre mis manos toscas.
Ya soy abuelo, el abuelo canillas blancas, y me siento tan bien, tan bien...


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