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16 días sin Mario

Otra semana más y me deshago mirando tus mohínes por el móvil (hasta whatsapp ya me parece humano), tus sonrisas dormido tomadas con amor por esa atrapasueños que es tu madre, tus bostecitos leves, cada después del baño o la comida, algún abrir de ojos que me hace escudriñar en tu futuro e imaginar que miran a los míos para decirme fijos que son tuyos. A ratos llega gente con regalos que son fruto precioso de amistad y de afecto. Te quieren, Mario, y aún no te conocen (hoy te llegó un chupete, que me encanta, en el que se te nombra 'humanista pequeñito'). Y yo me pongo triste porque no tengo tiempo para estar a tu lado, y luego me contento imaginando todo lo que podrás ser y hacer, tus manos primorosas aprendiendo a entregar y a recibir, tus ojos ávidos dispuestos a mirar con criterio al mundo y a sus cosas, tu posibilidad aún sin estrenar... Sueño que haremos algo juntos y te sentirás grande a mi ladito, que sentirás con ímpetu las ganas de vivir y pondrás en mi frente una divina corona de orgullo.
¿Sabes, Mario, que me has descabalado la cabeza, que todos los conceptos que había asentado en ella como ya definidos se han abierto de pronto y admiten complementos, involuciones, cambios de dirección..., que ya el amor –que lo tenía claro– busca definición y nuevas vías, que la pasión es otra, que el sentido asombrado de la vida ha dado un giro extraño, alucinante...? ¿Cómo puedes cambiar en dos minutos –los de verte y sentirte– todo un proceso largo y reflexivo de interpretar el mundo y de comprender al hombre? Ahora sé con certeza que eres yo y otros muchos, que eres legado y camino abierto, que estoy en ti tanto como tus padres y sus padres y los padres de sus padres, que eres flecha lanzada al infinito y has de continuarnos a cada uno de nosotros de frente y de perfil.
Hoy me encontré a tu abuela Carmen tomando una cañita en el 'Armando' y enseguida nos cruzamos una sonrisa abierta y hablamos de ti, y recordé de pronto a tu padre tomando un puñadito de caramelos de mi mano en aquella tiendita de bebés que teníamos en Colón. Era muy vergonzoso y bien lindo, como tú. Y recuerdo a tu abuelo Manuel, un hombre íntegro y afable, que entonces era mi vecino, mientras siento un profundo dolor porque no te haya visto como yo te veo, que no pueda sentir este vértigo indescriptible. Me hubiera gustado tanto compartir con él esta felicidad. Sabes, Mario, tú has hecho que los quiera, que quiera muchísimo a Carmen y a Manuel, que los sienta profundamente como parte importante de mi vida, que también es la tuya.
En fin, mi niño hermoso, que aguardo como un crío a que llegue la próxima imagen tuya hasta mi iPhone, el vídeo siguente, la noticia de que has mamado bien o que has tenido hipo y luego te has dormido como un ángel..., que espero que vuele esta semana y estés ya aquí para que yo te quiera con los ojos y con las manos, con todo lo que tengo.

Un beso, Mario.
Otro.

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