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Mirar a los ojos del otro y hablarle con ellos de verdad.

Que venga un amigo a compartir su nada y te nuble el día mientras te ciscas en todo lo que se mueve, porque no es justo que los buenos tengan esos jodidos castigos microscópicos que te dejan out. Y yo no supe más que abrazarle, coño, porque me quedé parado y atónito, sin comprender nada de nada. Fue entonces, en el abrazo, cuando me di cuenta de que también hay que estar ahí, en el puñetero sufrimiento del cercano, en ese sufrimiento que es más soledad que biología o que pobreza o que hambre y sed. Hay que estar para el abrazo, para la conversación serena, para apoyar con lo que sea y como sea..., y sobre todo para entender juntos que todo es pasajero y, ante lo inexorable, solo hay que dotarse de actitud. Todo va a suceder con independencia de que sonrías o llores, de que estés alegre o triste. Todo seguirá su curso y se debe aprovechar cada minuto en positivo, paladearlo y sentirlo como si fuera el último. Yo sé que esto que digo no es fácil, precisamente porque vivimos en un mundo complejo y nos hemos adaptado a esa complejidad que lo empapa todo, que lo que nos sucede en lo individual tiene siempre millones de lecturas sociales y de roce con el otro; pero en los momentos cruciales hay que aprender que la simplicidad es laudánica, cuando no curativa. Aprender que una sonrisa proporciona calma propia y ajena, que un beso alimenta y una conversación banal tiene un fabuloso efecto placebo; aprender que somos por comparación y es bueno compararse con cualquiera que te dote de energía (siempre habrá alguien en muchas peores circunstancias como para decirte a ti mismo que estás tocado por la suerte).
Hoy he aprendido que ser humanista requiere mirar a los ojos del otro y hablarle con ellos de verdad y con esperanza.

Habrá días peores y sonreiremos, coño.

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