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QUE YO ME VALGO...

Ahora que mi Mario camina y yo empiezo a gatear, con el deber incumplido y todo por barrer, con la sonrisa siempre –¿por qué no?– y un punto de angostura al fondo del paladar –como el mejor pisco–, siempre mejorando lo presente y medio ausente del trastodo…, me encuentro con que de un intento de disculpa, por mi falta de concentración, me achuchan los colegas con más fuerza que nunca y con más cariño que el que yo puedo procesar, y me jode un punto no tener palabras para el exacto agradecimiento, ni siquiera para hacerles comprender que no pasa nada y que fuera del cariño, que ése lo tomo hasta el último sorbito, debo ser yo quien tramite cada uno de mis fracasos, igual que gozo de mis tontos éxitos. 
Saber que te quieren los colegas es la ostia sin hache, una ostia inexpresable, como ya he dicho, molona, erizadora, bruja, instigadora de alguna que otra lágrima de purita alegría… Todo debiera quedar ahí, porque así debiera ser para no obligarme a ‘obligarme’ y para no hacerme sentir ‘mal’ de purito bien. ¿Me explico? –así me dice siempre mi dentista cuando me va a doler.
Mirad, el mundo en que vivimos es cruel para casi todo, y vienen de genética la usurpación, el engaño, el pisotón, la puñalada trapera, la usura, el egoísmo individual…, pero no sirven si simplemente decidimos que no tengan sentido en nuestro diario. Las cosas, los locales, los negocios, el dinero… son solo eso, milongas del jodido ‘posesivo singular’ en el que respiramos. Si las obviamos, seguimos respirando, seguimos mirándonos con franqueza, seguimos sonriendo y abrazándonos. Estamos metidos en la mierda y el mejor valor es saberlo y procesarlo en positivo. La agencia tributaria o el banco con sus usuras diarias no deben modificar ni un ápice nuestra sonrisa, y por eso yo no entro en su juego de temores y miedos pavorosos, de últimos avisos con esos ‘ya verás lo que te pasa’. A mí no me pasa nada, colegas, ni me va a pasar, pues todo les pasa a ellos, y que con su pan se lo coman bien comido hasta que se atraganten. Un ideal no admite terribles acuses de recibo ni se espanta con multas o aranceles, y yo tengo un ideal precioso y los mejores colegas que puedan imaginarse.

Pues que gracias y gracias y gracias… Y parad el carro, porfa, que yo me valgo.

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