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Dudo de lo que soy...

Dudo de lo que soy por lo que fui y, por tanto, dudo de lo que es por lo que fue.
Hubo un tiempo de higos y castañas en el que todo se arbitró en mí como futuro, donde el luego, el mañana, el pronto, el ya verás…, eran marbete constante y meta, hasta que caí en la cuenta de que el futuro es muerte (bien que lo explicó el profesor García Calvo en múltiples ocasiones –‘el futuro es un vacío que no nos deja vivir’–), una muerte total que siempre ha manipulado el poder con maestría y sin moral alguna –y ahora más–, ingeniándoselas para que lo entendiéramos como bienestar y posibilidad de crecimiento, cuando era –es– siempre trampa, una trampa terrible de la que no puedes salir hasta que desapareces, una trampa en la que la araña pérfida del capital te sorbe todos tus jugos hasta dejarte absolutamente seco. Por eso dudo de lo que soy y de lo que fui, y dudo hasta con emoción intensa de lo que es y de lo que fue.
Con el tiempo, ya condenado inexorablemente a esa muerte total y sistémica escrita y sellada por el capital, colegí –sin dejarme lugar a dudas– que el verdadero valor que alimentar y en el que fluir es ‘el presente’, hoy, ahora… Fue a partir de esta convicción donde clavé el piolet de mi vida y comencé, no sin sufrimiento, a trabajar con encono por cada instante preciso, por cada hora vivida y respirada, sin detenerme a considerar futuros cercanos o lejanos, futuros perfectos o mejores, futuros, en definitiva, que hicieran moderar mi ‘ímpetu de presente’para adormecerme de nuevo en esa proyección tan pérfidamente diseñada por la banca, la hacienda pública, las enormes corporaciones que lo dirigen todo y ese Gran Hermano escondido que te succiona entero sin piedad alguna. Comencé a poner solución a cada día en el instante de vivirlo, a sonreír en él y a hacerme fuerte; comencé a despreciar cada amenaza (siempre son amenazas de futuro: te embargaré las cuentas, te quitaré la casa, te dejaré en la calle, te pudrirás si no cumples mis normas…) y noté que el día pasaba igual para mí, pero que era dueño de mi tiempo, de mis alegrías y de mis tristezas. Aprendí a ser como el hombre primigenio que soluciona la comida y come, que siente sueño y duerme, que desea gritar y grita… Sin más.
Y desde esa duda del soy por lo que fui, comencé a comprender con clarividencia cómo funciona el mundo del hombre, entendí que la democracia es un placebo del gran dictador y que desde ella maneja sus mentiras de futuros usurpando la voluntad común y utilizándola como arma silenciosa contra el pueblo.

Dudo de lo que soy por lo que fui y, por tanto, dudo de lo que es por lo que fue. Y cada día invento un mundo mío en el que existir mezclándome con todos los esclavos e intentando aportarles luz desde esta libertad serena.
Mañana nunca va a existir, te lo aseguro.

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