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Aún no he llorado

Cuando llegas a cierta edad –mi edad ya me parece incierta–, la relación con la muerte se empieza a hacer infame y hasta vulgar, perdiendo esa calidad mítica que le otorgaba la juventud y tomando un cariz que se acerca más a la carnicería y al supermercado que al sentimiento profundo de lo inexorable.

En los últimos meses me han tocado varias muertes cercanas –casí podría decir que muchas, porque han sido muchas– y algunas de ellas capaces de llevarme al sentimiento de lo perplejo –fundamentalmente por la cercanía de edad y por la afinidad vital y cultural–, y entre ellas, la de mi madre, en la que he sido un actor secundario de carácter y a la vez un espectador absorto de una sordidez final que no debiera estar permitida ni por ley ni por moral. Mientras mi madre acababa, yo observaba a mi hermana y a mis hijos, notaba su dolor y admiraba sus lágrimas –lágrimas verdaderas– mientras sentía estupor por mi entereza de ánimo –que a veces confundía con frialdad y sentía remordimiento por ello–. Ellos apenas han tenido en su vida relación con la muerte, cosa que a mí me ha sido dada por un azar tremendo, lo que ha terminado construyendo en mí una coraza fuerte, a la vez que me ha educado en la tramitación de los finales inexorables.

De la muerte de mi madre he aprendido mucho: la doble moral que sujeta los protocolos sanitarios e impide poner dignidad cuando ya no queda nada, el ardido negocio de la muerte, la pesetera actitud religiosa de quienes administran sacramentos con factura y la diferencia que existe entre el hombre y las leyes armadas por el hombre. Mi madre murió deshecha físicamente, le sobraron semanas de vida que nadie quiso evitarle y eso propició que lo que iba a ser un recuerdo hermosísimo de paso, terminase empañado de dolor y de cierta sensación de miserabilidad. Mi madre no se merecía eso, ni ella ni nadie, y sé a ciencia cierta que se lo debemos a esos integrismos seculares venidos de la sinrazón religiosa (en unos días, mi padre le hará una misa, pero yo no iré, y no iré por decencia y por integridad moral y racional, que yo ya despedí a mi madre como se merecía hace muchos días y no necesito más teatro).

Como decía, he tenido la buena o mala suerte, que no lo sé, de asistir a demasiados finales –aún recuerdo al suicida que cayó frente a mis ojos en el patio de luces de la casa de mis padres un primero de enero– y eso me ha hecho duro. He llorado por algunos de esos muertos, pero aún no he podido llorar por mi madre, y quizás sea porque la siento aún a mi lado, sonriendo y haciéndome roscas de nata o deliciosos filetes empanados, porque aún soy capaz de pedirle prestados unos euros para salvar el mes y esperar su respuesta inmediata: ‘¿Necesitas más, hijo?’. Y quisiera llorar mánsamente, como lo hacen mi hermana y mi padre o como lo hacen mis hijos, llorar de impotencia. Imagino que un día de estos lo haré. Lloraré, pero no será de tristeza, como lloré antes por mis otros muertos, que esta vez lloraré de alegría por haber tenido una madre tan hermosa y tan buena.


Y eso.

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